martes, 20 de julio de 2004

04. GOING UP TO PASADENA, CALIFORNIA

¡Esta ciudad apesta! fue lo que paso por tu mente y sin duda así era. Otro crimen más sale en la nota roja de los diarios, el encabezado es harto reconocible y te trae un ligero flashback: "Otro ejecutado al estilo mafia". Esas eran las noticias de ayer.

“Es divertido ¿no?”, piensas al insertar el compacto en el cd player, “constatar que tan sangrientamente nos matamos los unos a los otros. Los matamos o nos matan, la apuesta parece ser quién quedará al final.”

Ahora, pensándolo bien, te parece tan estúpido verte en esta situación: cargando un cristo jorobado sin saber el porque, pero es mejor no hablar de ciertas cosas. Mejor aún no preguntar ni saber de más; en este negocio, los soplones y curiosos son a los primeros que se carga la chingada. Esa fue la primera ley que aprendiste de ese código invisible. La ley, te ríes y tu risa desemboca en una sonora carcajada al pronunciar esa palabra. La ley.

Por el momento, sorteas como un experto los baches del camino y frente a ti, la frontera se abre de piernas y te das cuenta que los soldados americanos con sus perros droga-entrenados no tienen ni puta idea de quien eres. "EL GATILLERO MÁS BUSCADO DE LA REGION" según una nota publicada en otro diario y "un tipo malo de lo más cabal" según un corrido prohibido en la radio. Eres un fugitivo famoso, un fugitivo de esa maldita ley que unas veces camina a tu lado y otras veces, intenta chingarte por los mismos motivos.

Esnifaste unas habituales líneas justo antes de cruzar. Recuerdas, entre risa y risa, como conectaste una dosis extra de merca por si acaso necesitabas un aliviane al momento de pisar el acelerador para dejar atrás la ciudad. Eso te da siempre gran seguridad pero no, hoy no y nervioso tomas el freeway en ruta a Pasadena. Tú lo sabes, en el camino todo está en juego. Hay que escaparse del destino para llegar primero. Esa es la eterna lucha por la vida que tanto gozas poniendo en peligro.

La mirada fija en la carretera y en los letreros que señalan el límite de velocidad. En un momento todo se bifurca y se hace gris; el mapa indicando salida a la derecha y otro freeway que seguir, otros letreros que leer y tú con esa impaciente prisa que no puede vencer al límite de velocidad. “Chingados”, piensas, “¿qué voy a hacer allá?” Nadie te espera, eso ya lo sabes. La música de Miguel y Miguel deja de sonar, veinte millas recorridas y un repentino chipi-chipi empieza a llenar de agua el cristal del carro. Desde ayer no has dormido. Agotado e impaciente, paras a comer en un Burger King.

A esas horas, los únicos clientes del restaurante son ancianos homeless, viejos desencantados bebiendo el café de Reagan y deseas, si lo deseas, que no existiesen los viejos. Te recuerdan a... ¿cómo se llama tu padre? Carlos E. Suárez, El Hombre Que Toda Su Vida Tranzó Por Conseguir Esa Maldita Seguridad Que Da El Dinero. Cuando la obtuvo, lo primero que hizo fue conseguirse una putita veinteañera con la cual hacer las cochinadas que no aceptaba practicar tu madre. Riendo te acuerdas que a los 18 años tuviste la *pelea definitiva* con él, le tumbaste dos dientes; ese fue el único gesto tuyo que agradeció eternamente tu madre. Después de propinarle esa madriza, estás en la calle sobreviviendo a punta de la debilidad ajena. Tu risa se convierte otra vez en carcajadas cuando recuerdas que en ocasiones lo llamas por teléfono para decirle "Chinga tu madre, viejo cabrón". Él sabe que eres tú.

Impaciente estás pidiendo a una coreana inmunda y desnutrida que no habla bien inglés dos hamburguesas, unas papas fritas grandes y una soda LARGE. Le extiendes un billete de veinte dólares, no esperas el cambio. Un ligero hormigueo en la nariz y unas ganas por explotar. Impaciente, devoras todo ante los desorbitados ojos de un viejo homeless de mal olor y dientes podridos, veterano en sabe dios que guerra.

Matar, droga, poder, dinero, hijos ilegítimos, corridos, botas de piel de cocodrilo, botellas de whiskey, putas de 200 dólares, policías corruptos, luces de carros, periódicos... estás pensando en todo ello. ¡Oh, carajo! ¡Yaaa...! No aguantas, en un par de segundos matarías a ese pinche viejo hambriento que no deja de mirarte pero no, impaciente vas al baño, esnifas el resto y te arrepientes por no haber pedido más.
Fue un error, Pasadena todavía está muy lejos

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revisión 2004: Otro relato inspirado en el newspaper.