jueves, 23 de diciembre de 2004

02. la cancion disco

La city brillaba por la oferta eterna de las luces de neón. Los Happy Children de la Revolución tomaban la calle principal para confundirse con los turistas, eludiendo a las chicas fantasma que amenazan con destruir tu reputación y un etcétera de gente en vértigo por la implacable búsqueda de felicidad. Todos caminábamos distraídos, con cierto miedo, sin seguir el punto en el que dicen hay que estar. Como death trip psychos que nadan por primera vez. Sabiendo de antemano que todo puede pasar cuando tienes la fe guardada en esa ánfora llena de anfetas y mensajes urgentes; cuando la frase de “Come on, baby. Get down and dirty” es sólo el inicio, un proyecto de noche.

Johnny encontró a Sara en la pose clásica para ligar: los labios mojados, entreabiertos y la cabeza apoyada ligeramente en el respaldo de la silla, atontada por el esplendor sicodélico de los estrobos. Esperando inquieta, con el cuello impregnado por el reflejo fluorescente de un letrero, con una sed anterior a la tardanza de hoy. Sara, estrenando moderno corte de cabello, llevaba de regalo unos EP’s de rare grooves, idm y techno pop que compró en su última excursión por Europa en un amable intento por hacer las paces. Johnny, en franco desdén y estocada, le contó de la repentina muerte de su hermano y del importe de sus estúpidas llamadas telefónicas por cobrar.

Hasta ese día no hubo nada que celebrar. Irredentismo puro, teenagers in black clothes, dolor fuerte y ecos del mejor Bowie. En esos términos, empezó la charla. Sara y Johnny hablaron por un momento de libertad condicional, de flores muertas y esa práctica continúa de sexo público como si fueran simples ensayos didácticos de orquesta. Entre tanto, Miki —con su habitual camiseta de Mogwai— saludaba a William en desfase total y todos los demás —qué curioso, ¿no?— bebíamos cerveza lager. Parte del crowd de gringos estúpidos coreaba drunkie el “Vive le rock” mientras otros igual de estúpidos miraban al conjunto de blondies enfundadas en ajustadísimos trajes lycra y camisetas de «Freak out tonite». Dos a.m. Apenas.

Diez o quince minutos después, el DJ anuncia eufórico el tradicional concurso de tetas teniendo como fondo esa canción de hip hop que sólo a él le gusta. Sara, tan complaciente cuando está borracha, no deja de sonreír al ver a Johnny besar en los labios a todas sus amigas —Katerine, Sadie, Cindy, Angélica, Munki— reunidas por el simple efecto de aburrimiento. Por un instante, pensamos todos —que enfermos, ¿no?— en aquella chica con el rostro de niebla que escapó de la masacre, esa que vimos bellísima con su t-shirt de «Inside Me» la madrugada de ayer en la televisión por cable. Un estado general de entusiasmo.

Inicia el concurso. Desde la terraza, sólo escuchamos los aplausos y los gritos. Sara y Johnny coinciden en que nunca se habían puesto límites; antes él la golpeaba a cada rato y Sara, riéndose con todo el cuerpo, le pedía más cosas buenas. P-u-s-h-i-t, it’s really good. Los excesos eran gustos compartidos entre notas secretas y archivos de fotos, entre la rutina de la tele video y esas cenas tontas en las que se hablaba de un peculiar gusto por la kultcha tedesca. Ahora Sara confiesa, con lágrimas que casi traspasan sus divinos lentes Optical Affairs, que tiene las heridas de Cristo y Johnny se sonroja. De verdad, le dice, tengo hambre, tengo un STD en cuentas por pagar, tengo miles de anuncios por vender.

Oye chica, le contesta Johnny en un tono que recuerda ligeramente a Bryan Ferry en su mejor época, “No me vengas con historias. Remember: el caos es una palabra de cuatro letras y el escudo del Capitán América forever me protege”.

U-n-b-e-l-i-e-v-a-b-l-e

Viene la descarga de insultos y luego, la pelea. Ella le dice que se haga una prueba, que fue su culpa. “Fuck you, I always use a condom. You know that, Sara”. Alrededor no entendemos lo que sucede; sin embargo, nos parece hermoso ver como cae el remedo de falsa espiritualidad tras los susurros de un proyecto de interés social. Ahí va toda la filosofía de primera fila y ese feeling so weird de estar instalados en el spotligth de un asunto menor. El talento doblega al orden como gato al sol. Despejadas las variables, ella repite como loca aquello de “Quiero vivir mi vida, quiero divertirme, quiero ser feliz”. Jump, jump, jump around. Sus gritos, de rigor extranjero, nos provocan un ataque de risa cuando, cinco o diez minutos después, la vemos agitar ligeramente sus tetitas que Johnny muerde con gusto y dedicación, sin importarle que alguien, uno de los gringos hornys, tome una polaroid en plena faena. Enferma o no, Sara se da cuenta que Johnny y ella son uno mismo.

Sh-sh-sh-sh-sh-shake it!

Serge, recién llegado de otro bar, ve sorprendido como una concursante muestra, con increíble desparpajo, lo clásico del calendario. La vida es un placer, “Take it off, baby” es el grito que une en un esfuerzo a gringos macarras con el contingente de local kids. “Take it off, bitch”. Miki, como siempre, pelea por un palco de honor y, en el intento, empuja sin querer a un trolo cuya cerveza moja a William. “Take it off, bitch” es la respuesta de libido y persuasión ante el estímulo visual de pechos bronceados y traseros de acero. “Take it off, bitch”.
We want some pussy.

Es inevitable, sucede todas las noches [no se vale el olvido sobre ecos de censura]. Un golpe seco rompe la calma e inicia la contracción de la parte por el todo. Otra disputa a ritmo del último remix de un éxito electro de los ochenta. “Take it off, bitch”. Miki es too smart, street smart a tope, esquiva el derechazo del trolo, suelta una patada killer directo a los testículos que levanta al pobre tipo que luego se dobla del dolor, lo que aprovecha Miki para ensañarse con la percusión. William, que no sabe bailar, se pone esquizo al ver los pezones rosados —erectos por el frío— de Irina que juega, contagiada en espíritu, a intercambiar saliva con Sadie en una de las esquinas. “Take it off, bitch” es el reclamo que se repite una y otra vez. La concursante número seis juega a complacer a la audiencia para ganarse cien dólares y una botella de tequila. Another round of beers!, gritamos entusiasmados al mesero bilingüe. Miki gana la pelea y, al trolo, un nobody con el uniforme oficial de Nueva York manchado de sangre, los primates de seguridad, amigos nuestros, lo echan del club.

En la terraza, el match entre Sara y Johnny termina. Risueños, miran acercarse a un tipo muerto de sed, quien recita de corridito:

“Hey brothers and sisters / la última canción disco me jode sin cesar / es una remezcla de esquina peligrosa / muertos los poetas del noventa y ocho / todas las putas cervezas / las reviento con mis jodidos dientes / soy un perro en brama / soy la Wonder Woman / soy el scratch maldito en la sinfonola / la canción disco que nunca termina.”

Sara y Johnny, borrachos por completo, caen al piso. El poeta, con mucho toque y una cierta indiferencia a los sistemas de control, se abalanza rápidamente sobre las bebidas. Incursiona sin medir el peligro, neutralizando la ansiedad, logrando concretar al instante. La música suena tan apabullante que minutos después, cuando Sara y Johnny logran incorporarse, todo vuelve a ser exactamente lo mismo.