viernes, 10 de diciembre de 2004

04. Ultrapop

Ultrapop registra con su cámara nuestro furor en carrusel. Cada vez que nos mira, habla el demoledor deseo de imprimirse big star, en decenas repetidas, colores primarios y ampliaciones bancarias. Es un héroe de ocaso y sentimiento, uniforme 501 y grandes agujeros que se reconforta en el desliz de una chica: mi chica cuya sonrisa, subrayada como fuerza de oposición, me escandaliza a las cinco en punto y que, sin exageraciones, borda en mí cicatrices antiguas.

Mi chica es toda lluvia dorada, prime choice, reportaje nickel de portada y páginas interiores, divino lustre que besa mis heridas sin demasiado artificio. Ultrapop la capta abierta, emergiendo en super slow motion con su cara de discordia; me capta en buenas vibraciones, buscando un show de talento tendido en la cama. Es ella, mi chica de calma rota; soy yo, una sierra, apenas desajustes al enchufar una armonía que hace ver el fracaso como algo positivo. Somos dos disparando vagas cenizas en dirección a un vencimiento logrado a priori. Juntos, mi chica y yo, damos vida o idea de una mentira como veleta que no deja de girar: somos un fomento de fondo diverso, el reflejo de unos cursos con diplomas y medallitas, una maniobra de 17 años que hasta ayer fue fiel a sí misma como el funk diabolum en los ochenta [Una voz en off que no reconocemos se sitúa inquieta en la escena como rayo de luz].

Ultrapop nos absuelve con movimientos rápidos y el fulgor de su flash, vitaminado hasta la última fila por nuestra dicha de sal, nos envuelve en crudo efecto celofán. Es caribe tornasol y suicida. Mi chica y yo no paramos de fornicar al lente de garage interior, mi chica moderna devora todo lo que poseo, le saca jugo a mis entrañas en un tilt up; cree que soy un ticket premiado, un disco de doce pulgadas. Yo le hago sentir desdichada, boxeo, muerdo sus pechos de bronceado veraniego y trapeo todos sus temores en víspera de terapia antes de girar en dirección a su culo ye-yé. Me enciendo, la enciendo fácilmente, soy tan violento y simple como tambor de contingencia urbana, el disparo inocente que inició nuestra plegaria en delay.

Ultrapop nos amenaza con su armada de cables y micrófonos, su aullido es la señal de corte. Al escapar del encuadre, siento la presión legal de ser protagonista con el uno por ciento de probabilidades y el escote triangular de mi chica, empapado, sudoroso, pegado como pesadilla a mi piel calamar. We’re bumpos, estamos encandilados por el último secuestro, semilla de noche vieja y triste cuarto de hotel sin estrellas. Imaginándonos, sensibles, la muerte de Poch; en el escaparate, saludando a Balthus; en Nueva York, desnudos tomando el sol; aquí, rompiendo números sin suerte.

Ultrapop sigue en marcha, el close up de nuestros periféricos lo recrea en stamina, respira profundo y grita: “¡Sois perfectos!” [La voz, cada vez más próxima, enlista sus cosas favoritas]. Mi chica se ríe, yo pongo mis cojones candado en el piso. Ultrapop quiere diálogos calientes, oraciones a María, desatinos azules. Yo quiero beber y mi chica se divierte al decir palabrejas en francés. “Don’t fuck me with your cultura de barrio fino”, le contesto. Si somos idénticos; que más dá hacerlo o no.


—Detesto el cierre de tu boca, qué pálida luz.
—Inserta esquizo, edema de Kostabi— grita mi chica pegada al estéreo.

—Pelea o finge. Give me good clean fun.

Nos separamos muertos de risa. Mi chica y yo. Ella, transgresora como ensueño, se levanta y camina segura, desnuda noticia que carcome, con destino a la mesa. Yo la sustituyo con la firmeza del puño de dios. Enfermo de monotonía, Ultrapop nos pide más. Una pelea de fondo, algo que explote en el momento justo, bofetadas o sangre, otras sonrisas que destruyan el optimismo. Ultrapop es experto en su negocio. Nada de tomas aburridas, paisajes muertos o pirotécnicos dobles de tinte fluorescente. No, Ultrapop quiere nuestra cercanía entablada en el frenopático y puesta al día. Apasionada e irritada, dolorosa y punzante, coloquial y certera como poema de Panero; lo demás, asegura, siempre serán filtros de azar que no sirven de nada.

—¿No te parece que ya fue suficiente? —inquiere mi chica.

Voy por ella. Sin tropiezos, erecto, ruidoso como libido chupa-chup. Ultrapop tira otra cinta por uno de sus agujeros. Me emociona su dirty entusiasmo. Mi chica atrapada en la mesa, en pose cautiva, se dispone a decidir su tragedia carcelera; mi chica es una diosa clavada a punta de martillo; mojada en espíritu y con mis dedos incrustrados hasta el fondo de su pubis indigente. Otra vez, soy yo el rimadero 280 en sintonía tóxica.

—¡Qué bonitas lágrimas vierten tus nalgas! —le dice Ultrapop a mi chica.

Ella responde con el timbre de fax japonés y yo, congelado underground, no sé si creérmelo o no. Un descuido placentero para decir: “Some things come from nothing”, modifica nuestra
situación.
Ahora es ella, en primer plano, el ángel que domina las esposas y juguetes de amarre esperanto. Es un feeling tan divertido ver a mi chica perturbada, deleitándose en los afeites, veloz y sensual en el propósito de malas maneras. She bangs the drums y yo, como James a los quince, pido más tensión, más smog. Una bendición industrial; soy powderkex de mi placer calabozo. [La voz desconocida aplaude primero luego, al sentirse comprimida, siente el peligro]. Ultrapop sigue diciendo: “¡Sois perfectos!”. Los golpes no ahogan mil atracos citadinos, soy un tipo sencillo con sólo un vicio: mi chica alias galore toda agujas, que persigue el bienestar social en un lugar equivocado.

—Baby, you’re the best...

Poco a poco nos hacemos viejos reciclando impulsos. Predicamos nuestra urgencia de cambio trenzados como parias. Un dolor pequeño de bolas chinas en camino al orificio. ¡Qué sorpresa!, mi chica envuelta en fuego encontró en mí su punto G y la salida de emergencia. Nada la detiene, se consume a cachitos. Ultrapop nos mira al revés por el monitor, no puede contenernos. Somos cerdos de museo interactivo, somos historia viva, somos algo más que stills hechos de frío. Ultrapop se lanza al ruedo sin idea, tartamudo e infantil. Ya nadie nos dirige, sowing seeds.

Encarnizados, perdiendo el equilibrio por las fuertes quemaduras e iluminados en el ajetreo manual de 100 dólares por hora, escribimos la nueva historia. Un plus de autoenfoque visceral que mejor nos retrata en perspectiva hardcore. Ponemos la marca, creamos un mosaico de oportunidades, anotamos al instante, un pedazo de onda.

Ultrapop no es como nosotros, es débil piel blanca, tierna y nerviosa. Alguien que nunca se había puesto en línea de combate. Ingenuo jail bait de cadencia sin sentido, un noble candidato al date rape de música disco. Ya nos cansamos de tatuarlo, de mandarlo sin lubricación por los extremos, de convertirlo en nuestra mascota y joven bidet. Exige, reclama, suplica su año sabático. [La voz se aleja, camina presurosa hacia la salida, sus ojos expresan cierto miedo y no poca repulsión]. Pero no, nosotros le administramos disciplina inglesa al 100%, reconocemos sus espacios de saliva, lo conectamos con su inner-self más deep y lo encerramos por ahí para que muerda fuerte la oscuridad. Como debería ser.

Mi chica y yo volvemos a la colección de juegos e ítems opuestos, rellenamos otra hora en referencia y agonía estética que nos muestra un poco vulnerables. Vibramos, hacemos un squish que nos sale perfecto, estrenamos servicios que reciclan viejos placeres y celebrando la diferencia que nos une, oprimimos el botón de STOP antes que el dolor llegue sin explicación. Después ya recuperados de pelear con rubios insectos, mi chica y yo nos ponemos la camiseta de Juventus Laika para tratar de resolver el crucigrama del periódico de hoy. Es tan complicado que en ello se nos va el resto del día.

---------------
revision 2004: Este texto se publico en Yubai (la revista de la UABC) y, si no paso nada, apareció en otra el pasado mes de noviembre 2004.