jueves, 5 de agosto de 2004

02. NO TODOS PODEMOS SER JUNIORS


Ella, siempre dispuesta a escuchar mis diatribas, acostumbraba a llamarme diariamente por teléfono. A mí me encantaba esa terapia sin costo. Por años me había sentido derrotado y sin una respuesta. “¿Cuál es el camino correcto?”, me preguntaba a mí mismo a cada instante. Ella me daba algunas pistas, pero la situación era vaga, apenas bosquejo de emociones inciertas sobre conexiones que no se daban. Habría que ver si eran genuinas o no.

(1. El eterno inconforme es un líder de derechas
y sale casi a diario en los periódicos.)

A dónde diablos, le pregunte a ella, se llevaron nuestras sonrisas y bromas juveniles, en dónde torcimos el rumbo y en qué segundo de indecisión se fueron nuestras ilusiones al carajo. (¿Por qué siempre me pasa esto a mí? hay quien dice que es cuestión de karma pero yo lo dudo). El verano de nuestra vida se empieza a marchitar, ya somos adultos y no sé porque eso me rompe el corazón. (¿Cuál era la política del aburrimiento y aquella otra de la buenaventura? A ver, quién puede explicármelo). Ahora todo lo que escucho es "Ten cuidado con lo que pides que puede que se te cumpla".

(2. Esa chica rara tuvo una época atroz, un aborto
y un intento de suicidio; ahora se pasea arrogante y nunca responde a nuestro saludo.)

Y ella me contesto, con su peculiar tono pausado, diciéndome esto: "Si quieres vivir Fer, tienes que eliminar los placeres pasajeros y reemplazarlos con lecciones divinas más duraderas. Explorar el potencial de la conciencia humana, eso es lo mejor y chance que sea tú única opción". (Como si eso fuera fácil, cosa de ir al supermarket a comprar un manual por cien pesos y ya...)

3. Los pequeños idiotas e indeseables del salón van por la vida de cuello blanco y corbata para disfrutar tangiblemente el escurridizo éxito.)

¿Y ahora qué?, le pregunte una noche al salir juntos de una fiesta. (Creo que fue una buena pregunta ¿no?). Ella, al verme totalmente ebrio, me quito las llaves del auto y se ofreció a llevarme en el suyo a casa. En el camino le confesé lo que mis buenos amigos me habían dicho: "No te preocupes, estamos chamacos y todo va a salir bien". (¡Qué risa nos dio! que estúpidos fuimos, somos y seremos). Y proseguí: "¿Puedes ver el estado de situación? Los maestros y nuestros padres nos decían, nos prometían, nos mentían: el futuro es de ustedes. Ahora me pregunto ¿es qué acaso no lo sabían?, es que no se enteran que la vida te enseña, la vida se ensaña y nunca conoces el por qué". (Suena desolador pero no era así, hasta entonces todo marchaba bien, se los juro). No sé quién empezó la discusión, ella o yo, pero al llegar a mi casa me baje furioso del auto y le estrelle en el vidrio delantero la botella de whiskey que me había robado de la fiesta; ella no me hizo ningún reclamo tan sólo se marchó y, más enojada por mi estupidez que por el cristal roto, dejo de hablarme por teléfono casi seis meses.

(4. Mi mejor amiga antes bailaba y reía mucho, ahora
triste no acepta, como tantos otros, el fracaso de su matrimonio. Rueda mi mente pensando en que nuestros
posibles hijos hubieran sido más bellos y divertidos.)

Recuerdo que, por esa y otras tantas razones difíciles de admitir, un día triste de agosto de mil nueve noventa y dos me fui de aquí porque quería olvidar, pero al mes volví a mi casa. A mi ciudad. No podía escapar de mi historia y de mi vida en paralelo con ella. Y ella siempre me lo advirtió: todos nos podemos equivocar, la vida te atrapa y a veces, sin merecerlo, te da una segunda oportunidad. (Para eso, yo ya estaba a punto de alcanzar mi revólver, harto de proteger mi humanidad ante una multitud de falsos sueños). En ese instante de confrontación y crisis existencial comprendí que no todos nacimos para ser juniors y que yo apenas estaba aprendiendo a vivir la vida de trabajo y sufrimiento, una tarea larga y aburrida que mutila algo más que ilusiones.

(5. La chica tímida, que nunca supo en donde tenía el clítoris,
se cambió de religión y se perdió dos años en rumbos extraños;
en su equipaje llevaba nuestra amistad
y hasta la fecha, ella no sabe en que sitio la perdió.)

Casi diez años después, en nuestras reuniones todos mis amigos de escuela hablan de sus hijos, de sus coches, de terrenos y vacaciones, de aventuras y divorcios, de mil cosas. Pero ninguno habla de sus sueños más personales, esos sueños que creo se perdieron con el paso del tiempo, entre las opciones y los deberes con los que nos tantea y distrae la vida. (¿Qué es eso de sentar cabeza, carajo? una nueva táctica experimental o el asunto ese de la madurez). Todos corren tras el dinero y yo... ya no me atrevo: se me acabaron las ganas, me quede sin speed. Justo ahí, en una de esas fiestas, me entere que...

(6. Ese chico tan hablantín se canso representar ante
nuestros ojos una insípida mentira: ahora, para sorpresa de todos, vive feliz con su simpático novio y le importa un comino si lo aceptamos o no.

Mis mejores amigos, mis compañeros de escuela y cómplices de aventura son más que extraños. Muchos de ellos, aspirantes de viajes autónomos, escogieron reintegrarse y formar parte del rebaño y ya no quieren acordarse de las fiestas en las que disfrazados nos reímos tanto. Yo ya no entiendo su lenguaje, ni ellos el mío. (Por cierto, nunca ha sido una cosa que me preocupe mucho). Los únicos que parecen entender de qué va el rollo son esa pareja -ella en eterna dieta y él experto en computadoras y música heavy de los ochentas- que adopto a un niño mongolo; ellos, divertidos y muy viscerales, son los únicos que siguen en la misma sintonía de furor adolescente, videando películas porno y pidiendo por teléfono pizza a domicilio.

(7. Aquel otro murió de forma chistosa -no preguntes como- luego de enterarse por celular que su padre en bancarrota se había volado los sesos.

Yo no me explico en qué fallamos, el trato era no ser iguales a nuestros padres, pero esa noche al salir del último party se rompieron los lazos. (Tengo el momento justo grabado en video). Es triste admitirlo, pero no hay amigos para siempre. Es inevitable, sucede y, ahora sólo quedamos ella y yo hablando por teléfono, riéndonos al recordar que, en esa última reunión, alguien me preguntó: "Y ahora Fer, ¿cuáles son tus planes?". Yo, sin un dejo de ironía en mi voz, dije: "Este año sí quiero aprender a manejar correctamente" y me eché a reír otra vez.
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revision 2004: Un texto para responder al "Oye, ¿tú qué has hecho con tu vida? ". El motivo por el cual no me invitan ya a las fiestas de generacion de mi primera carrera.