martes, 12 de diciembre de 2006

Mubi

“We don’t belong here”, repetía cada vez que nos veía tristes. Niños de brea, sonrisas azul melancolía tras el aparecer fortuito de la lluvia, algo corporativo y recurrente que pronto morirá. Pensar que hicimos un gran esfuerzo por evitar esta situación [el fracaso, la confusión, el sindrome de Clérambault]. Todo eso que nos hace ser tan abstractos al ver pasar desnudo al desencanto. En la mente lo opuesto se hace realidad, puede ser una opción química a seguir, una red de seguridad o una maniobra de evasión que obliga a compartir lo que nos queda con los que siempre estuvieron fuera. Sombras nada más.

Mubi dice, Mubi promete, Mubi se arrepiente. Mubi nos enseño a recrear conciertos en la soledad de nuestras habitaciones. Cada vez que se abre la puerta, estamos allí esperando que llegue a inundar todo con sus canciones, efectos especiales y risas pregrabadas. Una fiesta dentro de un vasto vacío, tres mil detalles que en algún lugar, en otro momento alguien contará. Algo tan intenso que si se ve de cerca, se destruye como la ilusión de un birthday wish excepcional. No es extraño entonces recordar que cuando le vimos caer por primera vez, ensordecimos. Un huracán entrando a tierra firme, una e-card diaria en la bandeja de apreciaciones posteriores, una presencia caótica que, paradójicamente, tranquiliza nuestros impulsos más gramscis. Mubi es así.

Lo que Mubi nos mostró fueron básicamente señuelos, ideas, deseos, verdades a medias. Una realidad tan hermosa como increíble. Ahora lo que vemos o escuchamos es un asalto cotidiano que nos ayuda a enfrentar la existencia [fragmentos de guiones, estrofas, video clips, mp3’s, lluvias de abril]. ¿Por qué inicio todo esto? ¿Por qué no vimos el alcance? ¿Por qué no regresa para decir cualquier cosa que nos haga sentir que todo estará bien? Nunca hubo una promesa ni la firma de un contrato con cláusulas en letra pequeña, pero la angustia es puro miedo a perder; la apatía sin sentido, una defensa temporal; y la crueldad de las palabras dichas en una ocasión desafortunada, eso que consume lo que nos queda de alma. Un double play que conduce a la nada.

Con Mubi al frente, todos hicimos trampa, bloqueamos esos pensamientos de pérdida e hicimos ajustes a un presente perturbador. En un momento determinado, todos necesitamos testigos de nuestra vida para poder vivir; un traductor entre el deterioro personal y el placer de hacer. Violencia adecuada como el único camino viable para llegar a ser más que los gustos propios. El aplomo de medio centro buscando los puntos débiles de selección, escudos humanos derribados por un contra letal [ser idealista es peligroso]. Al ocurrir lo que nunca encajo, ya no se pudo mantener la mirada en alto, ni siquiera percibir el desastre o tratar de evitarlo. Caímos en la trampa de la puta cotidianidad: hemos pasado los últimos instantes evocando lo vivido, intentando sentir las mismas cosas que antes. Algo cambió, ya no es posible. Algunas veces los sueños —aun los peores— son mejores que lo que uno realmente posee: una masa amorfa de coincidencias y destellos, un malentendido sentido de libertad, la sumatoria de velocidad, escenas perdidas y jingles que nos informa que lo nuestro sigue siendo lo mismo. Somos nómadas desde siempre.

La vida es lo que tú quieras que sea. Nos mantiene solos, nos mantiene unidos, nos rechaza y nos congrega. Cualquier decisión implica demasiado esfuerzo, rangos de atención que describen un proyecto ambivalente. Prófugos, en eterna búsqueda, off limits. No siempre se puede escapar de lo que se quiere olvidar. Una buena intención, la promesa, el esquivar de semáforos y coches, todo eso que nos hizo trastabillar como el vértigo por no despertar y malsoñar. Eso no basta, una buena pelea nunca será suficiente. No se puede jugar un juego que siempre es igual [no es divertido, no es justo, no es un buen juego]. Esta es una situación de emergencia, la pregunta de motivo y oportunidad, esa misión en caída libre, los objetivos que se fueron eliminando con el paso del tiempo. Somos nuestro propio refugio en riesgo de derrumbe, too smart hasta para pedir ayuda [¿qué tanta sangre puede quedarnos?]

Mubi nunca quiso aparecer en nuestras polaroids, se justificaba al decir que así todo sería más fácil. Tras los abrazos de polvo, dejamos de esperar cosas. Todo lo importante ya ocurrió antes. Si salimos perjudicados es casi una señal, una analogía de fractura y desilusión, la resaca que inevitablemente indica que estamos vivos. Esa fue nuestra elección. El riesgo forma parte de la apuesta, lo que debemos pagar o el inventario de lo que nunca quisimos / debimos dejar pasar. Nuestra vida siempre ha sido una puerta abierta, el disfrutar de la oferta telegénica, la idea romántica de ser feliz sin los efectos del mono.

Sin embargo, hay gente —¿nosotros?— que se ahoga en una posible victoria como aquel homeless nunca habituado al frío del cemento; vivimos la sensación de rompimiento que sobrevive a cualquier intento de plática, algo que no podemos dejar. Por eso, tan sólo por eso, sería mejor estar al margen, reconocer que la nostalgia es una droga que sirve únicamente para embellecer el pasado [en caso de emergencia, rompa el vidrio].

¿Alguien sabe cuál es el problema? Nuestra tristeza ya no recibe donaciones; es un lastre que no vale la pena cargar pero que responde a nuestro “Quisiera olvidar todo”. Funcionar en crisis, conocer secretos, dejar de complacer o pugnar por multiplicidad de opciones y los cambios rápidos, emprender la marcha sin decir adiós, flotando en la superficie, soportando largos silencios que promueven un nuevo sentido, el aprender a captar la esencia de las cosas y hacer algo más con ella que el simple reacomodo de viejas posiciones. No es tan fácil.

Mubi —triste pero tranquilo, impaciente pero feliz— nos acompaño en el viaje de ida. Nos puso en primera fila, en posición de arranque, con la consigna de que «Algunas cosas se van porque nunca debieron estar; otras, porque su tiempo termino» Vanish point bajo una sombra verde como fenómeno de precipitación hi fi; sin embargo, aún queda la esperanza de poner en repeat & repeat aquellas canciones favoritas de antaño, de hoy, de siempre [la música no puede engañarnos].