“We don’t belong here”, repetía cada vez que nos veía tristes. Niños de brea, sonrisas azul melancolía tras el aparecer fortuito de la lluvia, algo corporativo y recurrente que pronto morirá. Pensar que hicimos un gran esfuerzo por evitar esta situación [el fracaso, la confusión, el sindrome de Clérambault]. Todo eso que nos hace ser tan abstractos al ver pasar desnudo al desencanto. En la mente lo opuesto se hace realidad, puede ser una opción química a seguir, una red de seguridad o una maniobra de evasión que obliga a compartir lo que nos queda con los que siempre estuvieron fuera. Sombras nada más.
Mubi dice, Mubi promete, Mubi se arrepiente. Mubi nos enseño a recrear conciertos en la soledad de nuestras habitaciones. Cada vez que se abre la puerta, estamos allí esperando que llegue a inundar todo con sus canciones, efectos especiales y risas pregrabadas. Una fiesta dentro de un vasto vacío, tres mil detalles que en algún lugar, en otro momento alguien contará. Algo tan intenso que si se ve de cerca, se destruye como la ilusión de un birthday wish excepcional. No es extraño entonces recordar que cuando le vimos caer por primera vez, ensordecimos. Un huracán entrando a tierra firme, una e-card diaria en la bandeja de apreciaciones posteriores, una presencia caótica que, paradójicamente, tranquiliza nuestros impulsos más gramscis. Mubi es así.
Lo que Mubi nos mostró fueron básicamente señuelos, ideas, deseos, verdades a medias. Una realidad tan hermosa como increíble. Ahora lo que vemos o escuchamos es un asalto cotidiano que nos ayuda a enfrentar la existencia [fragmentos de guiones, estrofas, video clips, mp3’s, lluvias de abril]. ¿Por qué inicio todo esto? ¿Por qué no vimos el alcance? ¿Por qué no regresa para decir cualquier cosa que nos haga sentir que todo estará bien? Nunca hubo una promesa ni la firma de un contrato con cláusulas en letra pequeña, pero la angustia es puro miedo a perder; la apatía sin sentido, una defensa temporal; y la crueldad de las palabras dichas en una ocasión desafortunada, eso que consume lo que nos queda de alma. Un double play que conduce a la nada.
Con Mubi al frente, todos hicimos trampa, bloqueamos esos pensamientos de pérdida e hicimos ajustes a un presente perturbador. En un momento determinado, todos necesitamos testigos de nuestra vida para poder vivir; un traductor entre el deterioro personal y el placer de hacer. Violencia adecuada como el único camino viable para llegar a ser más que los gustos propios. El aplomo de medio centro buscando los puntos débiles de selección, escudos humanos derribados por un contra letal [ser idealista es peligroso]. Al ocurrir lo que nunca encajo, ya no se pudo mantener la mirada en alto, ni siquiera percibir el desastre o tratar de evitarlo. Caímos en la trampa de la puta cotidianidad: hemos pasado los últimos instantes evocando lo vivido, intentando sentir las mismas cosas que antes. Algo cambió, ya no es posible. Algunas veces los sueños —aun los peores— son mejores que lo que uno realmente posee: una masa amorfa de coincidencias y destellos, un malentendido sentido de libertad, la sumatoria de velocidad, escenas perdidas y jingles que nos informa que lo nuestro sigue siendo lo mismo. Somos nómadas desde siempre.
La vida es lo que tú quieras que sea. Nos mantiene solos, nos mantiene unidos, nos rechaza y nos congrega. Cualquier decisión implica demasiado esfuerzo, rangos de atención que describen un proyecto ambivalente. Prófugos, en eterna búsqueda, off limits. No siempre se puede escapar de lo que se quiere olvidar. Una buena intención, la promesa, el esquivar de semáforos y coches, todo eso que nos hizo trastabillar como el vértigo por no despertar y malsoñar. Eso no basta, una buena pelea nunca será suficiente. No se puede jugar un juego que siempre es igual [no es divertido, no es justo, no es un buen juego]. Esta es una situación de emergencia, la pregunta de motivo y oportunidad, esa misión en caída libre, los objetivos que se fueron eliminando con el paso del tiempo. Somos nuestro propio refugio en riesgo de derrumbe, too smart hasta para pedir ayuda [¿qué tanta sangre puede quedarnos?]
Mubi nunca quiso aparecer en nuestras polaroids, se justificaba al decir que así todo sería más fácil. Tras los abrazos de polvo, dejamos de esperar cosas. Todo lo importante ya ocurrió antes. Si salimos perjudicados es casi una señal, una analogía de fractura y desilusión, la resaca que inevitablemente indica que estamos vivos. Esa fue nuestra elección. El riesgo forma parte de la apuesta, lo que debemos pagar o el inventario de lo que nunca quisimos / debimos dejar pasar. Nuestra vida siempre ha sido una puerta abierta, el disfrutar de la oferta telegénica, la idea romántica de ser feliz sin los efectos del mono.
Sin embargo, hay gente —¿nosotros?— que se ahoga en una posible victoria como aquel homeless nunca habituado al frío del cemento; vivimos la sensación de rompimiento que sobrevive a cualquier intento de plática, algo que no podemos dejar. Por eso, tan sólo por eso, sería mejor estar al margen, reconocer que la nostalgia es una droga que sirve únicamente para embellecer el pasado [en caso de emergencia, rompa el vidrio].
¿Alguien sabe cuál es el problema? Nuestra tristeza ya no recibe donaciones; es un lastre que no vale la pena cargar pero que responde a nuestro “Quisiera olvidar todo”. Funcionar en crisis, conocer secretos, dejar de complacer o pugnar por multiplicidad de opciones y los cambios rápidos, emprender la marcha sin decir adiós, flotando en la superficie, soportando largos silencios que promueven un nuevo sentido, el aprender a captar la esencia de las cosas y hacer algo más con ella que el simple reacomodo de viejas posiciones. No es tan fácil.
Mubi —triste pero tranquilo, impaciente pero feliz— nos acompaño en el viaje de ida. Nos puso en primera fila, en posición de arranque, con la consigna de que «Algunas cosas se van porque nunca debieron estar; otras, porque su tiempo termino» Vanish point bajo una sombra verde como fenómeno de precipitación hi fi; sin embargo, aún queda la esperanza de poner en repeat & repeat aquellas canciones favoritas de antaño, de hoy, de siempre [la música no puede engañarnos].
martes, 12 de diciembre de 2006
lunes, 11 de diciembre de 2006
come out and play
Martín Tz Tz despertó enmudecido, fuera de foco, super fuzzy, entre anfetamínico y autista. Cansado de levantarse cansado. Nervioso como caída libre de parque temático, como la brisa de televisor blanco y negro, como noticia mala a las tres de la madrugada. Y se preguntó ante el espejo del baño, viendo reflejada otra vez la pregunta en sus ojos de color vidrioso, si aquello era el efecto del Nootropil adulterado, del anuncio maligno de feroz lluvia de niño, del descuido ridículo al no poner fecha y margen en los sitios establecidos por sistema. Pero de su boca, limpia ya, oliendo a menta ya, no salió respuesta alguna. Aquel momento fue de un silencio total, sombrío y desquiciante como la presencia de aburridos parapléjicos en una fiesta marchosa que, indiscutiblemente, no era la suya.
Igual. Sí. La misma sensación.
Agua fría sobre el cuerpo, luego tibia, luego caliente. Pensando “Demonios, ¡qué cosas!”, en tarjetas bancarias con saldo rojo, en discusiones egocentristas por e-mail, en el beat rompedor del último cd single importado que llego a la caja postal, en flanes y yoghurt, en un matrimonio de riesgo cero, en cuántas cervezas se necesitan para perder la maldita conciencia en la Happy Hour del jueves, en un nuevo juego con imágenes en alta definición.
Salió desnudo del baño, se tumbó en la cama para establecer, por lo menos, un vínculo con algo real, con algo conocido y aceptado. Intentó masturbarse, pero le dio risa ver en sus manos el joystick tamaño promedio. Le pareció gracioso que, a estas alturas de su vida, cayera en ello y exclamó en voz alta: “Fuck, me acabó de bañar…” y se rió de nuevo. Más fuerte, más sincera su risa, más parecida a un gruñido que a una foto de amor platónico e infantil. Eso lo asustó un poco, tan sólo un poco. Minutos después se levantó, se vistió rápidamente con ropa funcional y de un manotazo, sacó del closet una corbata azul. De diseñador boing, de estreno lucybell. Justo lo ideal para sus planes del día. Distraídamente, mientras se miraba de reojo en otro espejo, rectangular y mucho más grande, Martín anotó una a una sus convicciones en un gran pizarrón; las escribió con plumón indeleble y las recitó diez veces, con su tono hardcore y su tono sadcore, remarcando cada erre, cada ese. “Be true to your school”, agregó con la actitud típica en los veinteañeros que descubren las posibilidades del realismo neurótico o el positivismo no implícito en la ingenuidad de los sentidos. Al verse en ese espejo, se dio cuenta de algo y sólo pudo pensar, “Cambiaste Martín, no eres el mismo de ayer”. Enardecido, salió de casa con ganas de bronca, de exiliar el dolor, de maldecir todos los discos –excepto el primero de la Velvet- y con la firme, firme idea de irse a un lugar lleno de sol, quemar banderas e influencias, de beber un poquito de cielo líquido con tequila para aliviar la pena. Divertido, entre tanto ruido, se imaginó leyendo un cómic de justicieros apocalípticos, aventurándose romper el control entre diálogos absurdos y onomatopeyas.
Y, sin querer, se escuchó a sí mismo –con una vida distinta, inédita- platicar, tratando de convencer al otro yo, ese rigor azulado que dormía plácidamente la intelesiesta.
—Es cierto que no todos somos… (un tic de ojos, herencia de la abuela)
—Unos sí y otros no (un año de oportunidad)
—Yo no, de veras. (una firma al calce)
Solo, dentro del auto en camino eterno a la oficina, mientras prendía un cigarro –vicio de antaño, de hoy- se sintió agobiado por el enorme vacío en su alma gemela de treta menor, con la caspa existencial en los hombros, con la camisa rayada y el eco de aquella borrachera de emociones extrañas que emigró ilegalmente, cotillean por ahí, al inconsciente colectivo por terminar justo como empezó.
Llegar al lugar indicado es el impulso vital. No valen desvíos, ni atajos, ni trucos ni puentes peatonales de escasos recursos. Hay un momento en que todas las luces son rojas. Rojas de advertencia, rojas de pasión como los labios de PJ Harvey, rojas de rosas rojas y, aún con el viento a su favor, Martín pide otra oportunidad, se regordea en eventos pay per view que disfruta sin pagar. Toma uno, toma dos, todos ponen. Marcador cero-cero, un tiro de esquina que no llega nunca a su destino pero Martín Tz Tz no se desespera, aprovecha el tiempo de receso para cambiar de disco compacto, para pensar en tiempo corrido o un posible escape por el centro, para agitar los nudillos con el ritmo de un efecto Dolby recién adquirido. Perdiéndose por instantes en laberintos elementales, desconectado automáticamente de la realidad como ese patético maricón vestido para matar en un bar de putísima madre, como si tuviera puesta la máscara de un luchador clase Z o el disfraz de aquel payasito que abucheaban los niños más fuertes, cínicos y groseros de aquella primaria de suéter y recuerdos grises.
El claxon, el claxon, el claxon. ¿Por qué todos tocan el claxon?
De prisa. Un siga y otro Stop. Divagar. Encerrarse o salir. Make a left. Buscar otra opción, traicionar esas fotos de inocencia feliz, de olvidar ese proyecto de vida cada vez más lejano, seducir o no a una negrita de enormes tetas que igual responde al nombre de Brigitte o Waterfall, de cantar “Eu sei que vou te amar” o encender otro cigarrillo, de juntar los 3500 dólares necesarios para ponerle su nombre a una estrella dorada perdida en el piso de una calle que orinan los borrachos y escupen los iracundos adolescentes de la urbe. Tantas cosas.
Stop. Friday, siempre un viernes, con una relativa carga promosocial y una pose electro-pura, con desdicha so true y un afán oportunista por el desenfreno en potencia. Mientras aceleraba, pensó que la sonrisa vertical de Janet Swing vale por mil celibatos consolidados aunque, cosas del destino, perdiera de mala manera al jugar con un game boy que hurtó porque sí de un gran almacén. “Me doy asco” se repite a sí mismo viendo que, justo en ese momento, el auto corre a 100 kilómetros por hora. Speed garage, heroin house, two step, big beat. Recrea el encuentro y sólo recuerda esa frase con aliento stutter. “When you find out, I’m the one”. Eso dijo, confiando en toda la fe acumulada por los años que llevaba coleccionando libros de récords deportivos, pero se equivocó. Martín hundió a todo mundo con carteras vencidas y buenas maneras, con una t-shirt de eslogan brillante «My brain thinks bomb-like”, con un signo de arroba y una confesión obligada antes de dar la última vuelta: “Elévame después”.
Un día del mes en turno, Martín se llevó todo: los discos nuevos y los discos viejos, su ropa y recuerdos, las servilletas de papel, los anuncios y fetiches. Saqueó el rincón de relatos privados, cargó con la agenda electrónica y el celular de Snoopy, con el cartel de la estrella favorita y el banderín de campeones, con el hard drive de influjos techno y las ráfagas de tranquilidad que ahora no resolvían nada. Martín no dejo ni siquiera el olor de su ausencia, un puñado de basura o el humor de una mala broma.
Zero, nothing.
Cuestión de karma, cuestión de oprimir pausa en el momento correcto. Ahora todo es distinto, Martín está encerrado en el auto, con el camino por delante. Escuchando canciones para desayunar melancolía o para terminar algo que nunca empezó. Enclaustrado, enjaulado y sufriendo a distancia los escasos beneficios de invadir espacios prohibidos o el disparar copias de consejos escritos en clave; como un adicto maquinal sin receta médica ni dinero para evitar los efectos del mono corporativo o el charming de malvivir; como si quisiera aprender algo nuevo –un deporte de alto riesgo, por ejemplo- antes de empezar a morir de hastío.
Ahí , en ese paradójico contexto, Martín decide irse para siempre.
Sin embargo, cosa de genes, no puede resistirse al temor que le provocan los drasnos más puros de su intelecto. Detiene casi en seco el auto y, tras meditarlo por un momento, se quita el saco de su hermano y la corbata azul de diseñador boing. Sonríe ampliamente como si supiera una videocámara graba todos sus movimientos. La vida, el aire, los sueños le cambian en un instante: ahora esta dispuesto a salir a jugar como antes.
No hay duda, he’s the star of his Mmmovie.
Igual. Sí. La misma sensación.
Agua fría sobre el cuerpo, luego tibia, luego caliente. Pensando “Demonios, ¡qué cosas!”, en tarjetas bancarias con saldo rojo, en discusiones egocentristas por e-mail, en el beat rompedor del último cd single importado que llego a la caja postal, en flanes y yoghurt, en un matrimonio de riesgo cero, en cuántas cervezas se necesitan para perder la maldita conciencia en la Happy Hour del jueves, en un nuevo juego con imágenes en alta definición.
Salió desnudo del baño, se tumbó en la cama para establecer, por lo menos, un vínculo con algo real, con algo conocido y aceptado. Intentó masturbarse, pero le dio risa ver en sus manos el joystick tamaño promedio. Le pareció gracioso que, a estas alturas de su vida, cayera en ello y exclamó en voz alta: “Fuck, me acabó de bañar…” y se rió de nuevo. Más fuerte, más sincera su risa, más parecida a un gruñido que a una foto de amor platónico e infantil. Eso lo asustó un poco, tan sólo un poco. Minutos después se levantó, se vistió rápidamente con ropa funcional y de un manotazo, sacó del closet una corbata azul. De diseñador boing, de estreno lucybell. Justo lo ideal para sus planes del día. Distraídamente, mientras se miraba de reojo en otro espejo, rectangular y mucho más grande, Martín anotó una a una sus convicciones en un gran pizarrón; las escribió con plumón indeleble y las recitó diez veces, con su tono hardcore y su tono sadcore, remarcando cada erre, cada ese. “Be true to your school”, agregó con la actitud típica en los veinteañeros que descubren las posibilidades del realismo neurótico o el positivismo no implícito en la ingenuidad de los sentidos. Al verse en ese espejo, se dio cuenta de algo y sólo pudo pensar, “Cambiaste Martín, no eres el mismo de ayer”. Enardecido, salió de casa con ganas de bronca, de exiliar el dolor, de maldecir todos los discos –excepto el primero de la Velvet- y con la firme, firme idea de irse a un lugar lleno de sol, quemar banderas e influencias, de beber un poquito de cielo líquido con tequila para aliviar la pena. Divertido, entre tanto ruido, se imaginó leyendo un cómic de justicieros apocalípticos, aventurándose romper el control entre diálogos absurdos y onomatopeyas.
Y, sin querer, se escuchó a sí mismo –con una vida distinta, inédita- platicar, tratando de convencer al otro yo, ese rigor azulado que dormía plácidamente la intelesiesta.
—Es cierto que no todos somos… (un tic de ojos, herencia de la abuela)
—Unos sí y otros no (un año de oportunidad)
—Yo no, de veras. (una firma al calce)
Solo, dentro del auto en camino eterno a la oficina, mientras prendía un cigarro –vicio de antaño, de hoy- se sintió agobiado por el enorme vacío en su alma gemela de treta menor, con la caspa existencial en los hombros, con la camisa rayada y el eco de aquella borrachera de emociones extrañas que emigró ilegalmente, cotillean por ahí, al inconsciente colectivo por terminar justo como empezó.
Llegar al lugar indicado es el impulso vital. No valen desvíos, ni atajos, ni trucos ni puentes peatonales de escasos recursos. Hay un momento en que todas las luces son rojas. Rojas de advertencia, rojas de pasión como los labios de PJ Harvey, rojas de rosas rojas y, aún con el viento a su favor, Martín pide otra oportunidad, se regordea en eventos pay per view que disfruta sin pagar. Toma uno, toma dos, todos ponen. Marcador cero-cero, un tiro de esquina que no llega nunca a su destino pero Martín Tz Tz no se desespera, aprovecha el tiempo de receso para cambiar de disco compacto, para pensar en tiempo corrido o un posible escape por el centro, para agitar los nudillos con el ritmo de un efecto Dolby recién adquirido. Perdiéndose por instantes en laberintos elementales, desconectado automáticamente de la realidad como ese patético maricón vestido para matar en un bar de putísima madre, como si tuviera puesta la máscara de un luchador clase Z o el disfraz de aquel payasito que abucheaban los niños más fuertes, cínicos y groseros de aquella primaria de suéter y recuerdos grises.
El claxon, el claxon, el claxon. ¿Por qué todos tocan el claxon?
De prisa. Un siga y otro Stop. Divagar. Encerrarse o salir. Make a left. Buscar otra opción, traicionar esas fotos de inocencia feliz, de olvidar ese proyecto de vida cada vez más lejano, seducir o no a una negrita de enormes tetas que igual responde al nombre de Brigitte o Waterfall, de cantar “Eu sei que vou te amar” o encender otro cigarrillo, de juntar los 3500 dólares necesarios para ponerle su nombre a una estrella dorada perdida en el piso de una calle que orinan los borrachos y escupen los iracundos adolescentes de la urbe. Tantas cosas.
Stop. Friday, siempre un viernes, con una relativa carga promosocial y una pose electro-pura, con desdicha so true y un afán oportunista por el desenfreno en potencia. Mientras aceleraba, pensó que la sonrisa vertical de Janet Swing vale por mil celibatos consolidados aunque, cosas del destino, perdiera de mala manera al jugar con un game boy que hurtó porque sí de un gran almacén. “Me doy asco” se repite a sí mismo viendo que, justo en ese momento, el auto corre a 100 kilómetros por hora. Speed garage, heroin house, two step, big beat. Recrea el encuentro y sólo recuerda esa frase con aliento stutter. “When you find out, I’m the one”. Eso dijo, confiando en toda la fe acumulada por los años que llevaba coleccionando libros de récords deportivos, pero se equivocó. Martín hundió a todo mundo con carteras vencidas y buenas maneras, con una t-shirt de eslogan brillante «My brain thinks bomb-like”, con un signo de arroba y una confesión obligada antes de dar la última vuelta: “Elévame después”.
Un día del mes en turno, Martín se llevó todo: los discos nuevos y los discos viejos, su ropa y recuerdos, las servilletas de papel, los anuncios y fetiches. Saqueó el rincón de relatos privados, cargó con la agenda electrónica y el celular de Snoopy, con el cartel de la estrella favorita y el banderín de campeones, con el hard drive de influjos techno y las ráfagas de tranquilidad que ahora no resolvían nada. Martín no dejo ni siquiera el olor de su ausencia, un puñado de basura o el humor de una mala broma.
Zero, nothing.
Cuestión de karma, cuestión de oprimir pausa en el momento correcto. Ahora todo es distinto, Martín está encerrado en el auto, con el camino por delante. Escuchando canciones para desayunar melancolía o para terminar algo que nunca empezó. Enclaustrado, enjaulado y sufriendo a distancia los escasos beneficios de invadir espacios prohibidos o el disparar copias de consejos escritos en clave; como un adicto maquinal sin receta médica ni dinero para evitar los efectos del mono corporativo o el charming de malvivir; como si quisiera aprender algo nuevo –un deporte de alto riesgo, por ejemplo- antes de empezar a morir de hastío.
Ahí , en ese paradójico contexto, Martín decide irse para siempre.
Sin embargo, cosa de genes, no puede resistirse al temor que le provocan los drasnos más puros de su intelecto. Detiene casi en seco el auto y, tras meditarlo por un momento, se quita el saco de su hermano y la corbata azul de diseñador boing. Sonríe ampliamente como si supiera una videocámara graba todos sus movimientos. La vida, el aire, los sueños le cambian en un instante: ahora esta dispuesto a salir a jugar como antes.
No hay duda, he’s the star of his Mmmovie.
domingo, 10 de diciembre de 2006
Cierre de temporada
Ayer. Tanto caminar, dilucidando una historia en común, preguntando a veces si y a veces no el porque de todo esto que nos hace tan cercanos, esa oportunidad cualquiera para celebrar lo distinto que marca un punto de encuentro, la filosofía malsoñante que nos indica ciertos caminos y que nos descubre algunas claves para entender lo que sabíamos de antemano. Cambio de dirección, una vuelta al camino de la felicidad como colapso total, descubrir casi tardíamente que la vida es algo más que un deseo de adquirir y que eso nada importa. Lo difícil es aceptar lo inevitable, largas diatribas que no llegan a conclusión alguna, el no poder eludir aquello que es tan cierto, contradecir lo que se afirma cuando se mira de reojo y nos gana la risa al momento de registrar todo lo que fuimos, somos y seremos.
Todo queda grabado: nuestra primera vez, el dolor de crecer, el verano en que fuimos estrellas en el derrumbe de nuestros miedos, nuestras risas y ese recurso de emergencia para utilizarse «cuando todo vaya mal», la búsqueda de un empleo que pudiera enlazar nuestras inquietudes más inmediatas, la lectura de la lista de las 100 cosas favoritas, el recuento una infancia terriblemente dichosa, debatiendo entre el deber ser y el placer de lo banal, reencontrándose en cada recorrido por la city, compartiendo el mal y el bien en una taza de café mocha.
Todo estuvo presente: las esperanzas de llegar a ser algo más que sólo una fugaz aparición, una sobremesa bienaventurada, la incapacidad de atrapar lo que ahí sucedía, una demente complicidad y la city como testigo, las pláticas que adivinaban un futuro con distancia de por medio, los anhelos que se guardan para aquel reencuentro de ocasión festiva.
Ahí estuvimos. Imaginando un centro de gravedad permanente que permita romper una que otra regla y quitar los signos de interrogación, que ayude a encontrar las posibilidades de una tendencia natural al error y sonreír al superar el malestar. Improvisando lo que se tiene que hacer, lo que hay que decir, lo que hay que pensar, dándose cuenta que la modernidad es tan frágil y que en los nuevos tiempos no hay porque resentir el vacío. Bebiendo a grandes sorbos la puta idea de bienestar confesional al reactivar un proyecto de comunicación alternativa que no esperamos que se desbordara tan pronto. Inventando personajes que eran iguales a nosotros, escudándonos en palabras y sonrisas zen, diseñando las claves de acceso a un sueño de codependencia que duro más de lo que pensamos debió durar.
Quizá el mejor momento de todo es cuando no ha pasado nada y no se tiene ni siquiera el presentimiento de perder lo que está y lo que se intuye vendrá entre el clima inestable y las noches divertidas cuando las cosas sólo pasan porque sí y porque no y porque tal vez.
Eso no sucederá más. Hoy el «Tú y yo» es un «Nosotros» imposible, cuando todo mensaje enviado es un fracaso que hemos aceptamos de antemano, cuando se extrañan las pláticas y pleitos pero sobre todo las bromas hechas en el perímetro permitido que marcamos una tarde de lluvia. No es tan fácil cuando la cabeza da vueltas persiguiendo a lo de ayer, cuando hablamos en otro idioma que sólo se hace entendible cuando nos quedamos solos y razonamos que la suerte nos abandonó al salir del karaoke, cuando el único camino viable es entrar en la pelea con el riesgo de que en ella acaben contigo tantos momentos y tantas palabras y tantas cosas que no pueden quedarse en un simple recuerdo para traer aquí donde nada existe en esos días en que la nostalgia nos atora con su anzuelo de tristeza o alegre melancolía. Lo demás, aquello que sólo nosotros sabemos que si ocurrió, es comentario para no dormir, una pausa llamada ilusión que puede durar horas, días o meses. Tenemos que ir hacia algo distinto y evitar seguir jugando un juego en el cual nunca supimos inventar las reglas y por eso vamos caminando sobre nuestra historia en común una y otra vez al no entender que quedarse es, cuando esto y aquello no da más, dejar de vivir.
Fue un placer pero ahora, lo sentimos, todos deben irse.
Todo queda grabado: nuestra primera vez, el dolor de crecer, el verano en que fuimos estrellas en el derrumbe de nuestros miedos, nuestras risas y ese recurso de emergencia para utilizarse «cuando todo vaya mal», la búsqueda de un empleo que pudiera enlazar nuestras inquietudes más inmediatas, la lectura de la lista de las 100 cosas favoritas, el recuento una infancia terriblemente dichosa, debatiendo entre el deber ser y el placer de lo banal, reencontrándose en cada recorrido por la city, compartiendo el mal y el bien en una taza de café mocha.
Todo estuvo presente: las esperanzas de llegar a ser algo más que sólo una fugaz aparición, una sobremesa bienaventurada, la incapacidad de atrapar lo que ahí sucedía, una demente complicidad y la city como testigo, las pláticas que adivinaban un futuro con distancia de por medio, los anhelos que se guardan para aquel reencuentro de ocasión festiva.
Ahí estuvimos. Imaginando un centro de gravedad permanente que permita romper una que otra regla y quitar los signos de interrogación, que ayude a encontrar las posibilidades de una tendencia natural al error y sonreír al superar el malestar. Improvisando lo que se tiene que hacer, lo que hay que decir, lo que hay que pensar, dándose cuenta que la modernidad es tan frágil y que en los nuevos tiempos no hay porque resentir el vacío. Bebiendo a grandes sorbos la puta idea de bienestar confesional al reactivar un proyecto de comunicación alternativa que no esperamos que se desbordara tan pronto. Inventando personajes que eran iguales a nosotros, escudándonos en palabras y sonrisas zen, diseñando las claves de acceso a un sueño de codependencia que duro más de lo que pensamos debió durar.
Quizá el mejor momento de todo es cuando no ha pasado nada y no se tiene ni siquiera el presentimiento de perder lo que está y lo que se intuye vendrá entre el clima inestable y las noches divertidas cuando las cosas sólo pasan porque sí y porque no y porque tal vez.
Eso no sucederá más. Hoy el «Tú y yo» es un «Nosotros» imposible, cuando todo mensaje enviado es un fracaso que hemos aceptamos de antemano, cuando se extrañan las pláticas y pleitos pero sobre todo las bromas hechas en el perímetro permitido que marcamos una tarde de lluvia. No es tan fácil cuando la cabeza da vueltas persiguiendo a lo de ayer, cuando hablamos en otro idioma que sólo se hace entendible cuando nos quedamos solos y razonamos que la suerte nos abandonó al salir del karaoke, cuando el único camino viable es entrar en la pelea con el riesgo de que en ella acaben contigo tantos momentos y tantas palabras y tantas cosas que no pueden quedarse en un simple recuerdo para traer aquí donde nada existe en esos días en que la nostalgia nos atora con su anzuelo de tristeza o alegre melancolía. Lo demás, aquello que sólo nosotros sabemos que si ocurrió, es comentario para no dormir, una pausa llamada ilusión que puede durar horas, días o meses. Tenemos que ir hacia algo distinto y evitar seguir jugando un juego en el cual nunca supimos inventar las reglas y por eso vamos caminando sobre nuestra historia en común una y otra vez al no entender que quedarse es, cuando esto y aquello no da más, dejar de vivir.
Fue un placer pero ahora, lo sentimos, todos deben irse.
viernes, 8 de diciembre de 2006
INSTANTANEAS DEL DESCONCIERTO no. 8
(Tales from the Generation TJ) publicada en Bitácora el 03/04/95
"Yo no quiero ir, ese antro está bien heavy", nos dijo Joel cuando lo invitamos al Kinklé para agregar un "aquí les espero, si quieren yo les cuido su cartera". No sé, le digo, ¿a poco te da miedo? Gabo, Rodolfo y el Borges están decididos a correr el riesgo nuevamente aunque ellos, nada tontos, le encargan sus respectivas backpacks a Joel para evitar repetir malas experiencias.
Con el valor que dan unos cuantos tragos —ni tantos, pienso—, marcamos nuestra ruta hacia la calle Primera; mientras esperamos nuestro turno para cruzar la acera, en la esquina escuchó a un policía decirle a otro: "Ya vienen los niños bonitos a echar desmadre", pero lo admito, nosotros no tenemos la culpa de su IQ ni que tengan que desempeñar un trabajo así, por lo que mi sonrisa burlona lo dice todo con un "Get Lost". Vuelta a la izquierda, calle abajo, otra vuelta y llegamos al bar del que todo mundo habla marranillas. Rápidamente nos sentamos en unas de esas incómodas bancas de metal para pedir la primera caguama de la noche con el fondo musical de las canciones maquila de Rocío Dúrcal que, dicho sea de paso, odio a mogollón.
Rodolfo parece que sigue un juego de tenis: mira hacia un lado, voltea al otro para luego decir un inútil "Este lugar merece una crónica". Gabo mata su ingenuidad diciendo "No seas mamón" y agrega que el lugar es una crónica viva y palpable. Yo les digo que no es para tanto, conozco peores lugares pero, de repente, sin querer mi vista se queda fija observando un match amoroso entre una fornida lesbiana y un travestí. Oh my God! eso si que es gender-bender le digo a Rodolfo que no sale de su asombro. La reacción de Gabo es decir "Qué bárbaro, qué bárbaro" y pedir otra caguama.
Pago los ocho pesos, le doy un largo trago y decido bailar "The sign" y una de Abba en la dizque pista, sin importarme que sucede a mi alrededor: un borracho vomita al lado, un cholo amenaza a una lesbi con una navaja y una puta senil avanza decidida hacia mí, paso de ellos y vuelvo a la mesa. Pinche vieja que fea esta, te la encuentras en la oscuridad y te mata de un pinche susto. Al preguntarles si querían otra caguama obtengo un sí unánime y riéndome les digo "pues ustedes pagan, mientras voy al maloliente baño".
I'm back. ¿Te lo puedo creer? inquiere Gabo con una ironía casi imperceptible cuando le digo la experiencia que tuvo Tomás, un amigo de ambos, esta tarde con el Grupo Táctico al bajar del taxi. ¿Eres mexicano, a ver saca una identificación? Si, aquí esta ¿No traes droga, en que trabajas? No, soy maestro y toco en un grupo ¿Qué tal que si te reviso? No tienen derecho. En pleno centro y ante decenas de personas que, chismosas como siempre, se le quedaban viendo como si fuera el peor criminal; al final lo dejan ir no sin antes advertirle que se corte el cabello y se vista bien si no quiere tener problemas. Todo encabronado Tomas me dijo "Ahora resulta que los del Táctico deciden que te puedes poner y que no, lo que hace una credencial en el poder de unos assholes". Aja, le conteste, es que te vistes bien gacho y con ese look que te cargas hasta yo te mandaba a bañar. Después de reirnos, coreamos el "Para que no me olvides" de Lorenzo Santamaría y una de Leo Dan que no me acuerdo como se llama. Monedas o algo así.
La noche disuelve los sentidos y no son pocos los machitos que caen bajo el encanto ficticio de los travestís y el Borges, inexperto en estos malabares de silicón y pelucas, cae absorto ante la mirada provocativa de uno de ellos. "Cuando se te quitará lo pendejo, mirale las manotas es vato" le dice Gabo riéndose a tope; el Borges empieza a dudar si le están diciendo o no la verdad y decide ir a la mesa de la chica a averiguarlo por cuenta propia. Yo iba a pedir otra cagua pero Rodolfo quería conocer el Zaca así que me acerco a la mesa en donde estaba el Borges y la chica maravilla (es un chiste viejo) para avisarle que nos marchábamos ya.
Oye Javi te presento a Susana- me dice él- y ella extiende muy femeninamente la mano para saludarme y al momento de tocar la mía me hace un gesto lascivo en la palma. Ya saben ustedes cual y como dicen en la tele "a mí eso no me gusta nadita", por lo que le pregunto rapidamente al Borges si se va ir con nosotros o se va a quedar; para mi sorpresa decide quedarse a platicar con la chamaca. Abandonamos el lugar pero a Rodolfo, siempre tan buena gente, le remuerde la conciencia y va por el chico, lo rescata de las manos de Susana y salen los dos corriendo del bar. El Borges nos pide que no le contemos nada a nadie. Ok! I don't care about your sex life anyway, le digo mientras cruzamos calles en dirección al Zaca.; ya estábamos a punto de entrar cuando recuerdo como flash back las peleas que vi la semana anterior y les digo a los tres "son apenas las dos de la mañana, si nos apuramos podemos ir al club A a ver el concurso de las mejores tetas de California".
En menos de cinco minutos llegamos....
"Yo no quiero ir, ese antro está bien heavy", nos dijo Joel cuando lo invitamos al Kinklé para agregar un "aquí les espero, si quieren yo les cuido su cartera". No sé, le digo, ¿a poco te da miedo? Gabo, Rodolfo y el Borges están decididos a correr el riesgo nuevamente aunque ellos, nada tontos, le encargan sus respectivas backpacks a Joel para evitar repetir malas experiencias.
Con el valor que dan unos cuantos tragos —ni tantos, pienso—, marcamos nuestra ruta hacia la calle Primera; mientras esperamos nuestro turno para cruzar la acera, en la esquina escuchó a un policía decirle a otro: "Ya vienen los niños bonitos a echar desmadre", pero lo admito, nosotros no tenemos la culpa de su IQ ni que tengan que desempeñar un trabajo así, por lo que mi sonrisa burlona lo dice todo con un "Get Lost". Vuelta a la izquierda, calle abajo, otra vuelta y llegamos al bar del que todo mundo habla marranillas. Rápidamente nos sentamos en unas de esas incómodas bancas de metal para pedir la primera caguama de la noche con el fondo musical de las canciones maquila de Rocío Dúrcal que, dicho sea de paso, odio a mogollón.
Rodolfo parece que sigue un juego de tenis: mira hacia un lado, voltea al otro para luego decir un inútil "Este lugar merece una crónica". Gabo mata su ingenuidad diciendo "No seas mamón" y agrega que el lugar es una crónica viva y palpable. Yo les digo que no es para tanto, conozco peores lugares pero, de repente, sin querer mi vista se queda fija observando un match amoroso entre una fornida lesbiana y un travestí. Oh my God! eso si que es gender-bender le digo a Rodolfo que no sale de su asombro. La reacción de Gabo es decir "Qué bárbaro, qué bárbaro" y pedir otra caguama.
Pago los ocho pesos, le doy un largo trago y decido bailar "The sign" y una de Abba en la dizque pista, sin importarme que sucede a mi alrededor: un borracho vomita al lado, un cholo amenaza a una lesbi con una navaja y una puta senil avanza decidida hacia mí, paso de ellos y vuelvo a la mesa. Pinche vieja que fea esta, te la encuentras en la oscuridad y te mata de un pinche susto. Al preguntarles si querían otra caguama obtengo un sí unánime y riéndome les digo "pues ustedes pagan, mientras voy al maloliente baño".
I'm back. ¿Te lo puedo creer? inquiere Gabo con una ironía casi imperceptible cuando le digo la experiencia que tuvo Tomás, un amigo de ambos, esta tarde con el Grupo Táctico al bajar del taxi. ¿Eres mexicano, a ver saca una identificación? Si, aquí esta ¿No traes droga, en que trabajas? No, soy maestro y toco en un grupo ¿Qué tal que si te reviso? No tienen derecho. En pleno centro y ante decenas de personas que, chismosas como siempre, se le quedaban viendo como si fuera el peor criminal; al final lo dejan ir no sin antes advertirle que se corte el cabello y se vista bien si no quiere tener problemas. Todo encabronado Tomas me dijo "Ahora resulta que los del Táctico deciden que te puedes poner y que no, lo que hace una credencial en el poder de unos assholes". Aja, le conteste, es que te vistes bien gacho y con ese look que te cargas hasta yo te mandaba a bañar. Después de reirnos, coreamos el "Para que no me olvides" de Lorenzo Santamaría y una de Leo Dan que no me acuerdo como se llama. Monedas o algo así.
La noche disuelve los sentidos y no son pocos los machitos que caen bajo el encanto ficticio de los travestís y el Borges, inexperto en estos malabares de silicón y pelucas, cae absorto ante la mirada provocativa de uno de ellos. "Cuando se te quitará lo pendejo, mirale las manotas es vato" le dice Gabo riéndose a tope; el Borges empieza a dudar si le están diciendo o no la verdad y decide ir a la mesa de la chica a averiguarlo por cuenta propia. Yo iba a pedir otra cagua pero Rodolfo quería conocer el Zaca así que me acerco a la mesa en donde estaba el Borges y la chica maravilla (es un chiste viejo) para avisarle que nos marchábamos ya.
Oye Javi te presento a Susana- me dice él- y ella extiende muy femeninamente la mano para saludarme y al momento de tocar la mía me hace un gesto lascivo en la palma. Ya saben ustedes cual y como dicen en la tele "a mí eso no me gusta nadita", por lo que le pregunto rapidamente al Borges si se va ir con nosotros o se va a quedar; para mi sorpresa decide quedarse a platicar con la chamaca. Abandonamos el lugar pero a Rodolfo, siempre tan buena gente, le remuerde la conciencia y va por el chico, lo rescata de las manos de Susana y salen los dos corriendo del bar. El Borges nos pide que no le contemos nada a nadie. Ok! I don't care about your sex life anyway, le digo mientras cruzamos calles en dirección al Zaca.; ya estábamos a punto de entrar cuando recuerdo como flash back las peleas que vi la semana anterior y les digo a los tres "son apenas las dos de la mañana, si nos apuramos podemos ir al club A a ver el concurso de las mejores tetas de California".
En menos de cinco minutos llegamos....
jueves, 7 de diciembre de 2006
INSTANTANEAS DEL DESCONCIERTO no.07
(Tales from the Generation TJ) publicada en Bitácora el 13/03/95
No hay nada peor que no saber lo que le ocurrió uno el día anterior en el party o el fin de semana. A veces la resaca es brutal pero la situación empeora cuando intentas recordar que la provoco y dices, "Chin, ¿qué diablos paso ayer? Empiezan los remordimientos y las penurias ¿habré dicho eso o aquello, qué hice?. La incertidumbre es voraz.
A Miki le habían dicho que el ecstasy, esa pastilla blanca que compró en 15 dólares, era el pasaporte ansiado para conocer la euforia rave de la que tanto le habían hablado Fidel y Javi.
Los tres bajaron del auto justo a las diez pm tras haber bebido un par de cervezas King Cobra y apenas habían entrado al club, un bodegón abandonado en pleno downtown sandieguino, cuando se le acercó un chico con gorrito estrafalario y vestuario posmo a ofrecerles un hit de E bajo la cantaleta "Happy, you know what I mean?". Esa fue la contraseña, Miki pagó y por vez primera, tuvo en sus manos la dichosa pastilla.
"Es afrodisíaca, los cursis la llaman la droga del amor", le dijo Fidel, veterano en esas lides mientras que tragaba «rueditas azules» para entrar en trance. Miki hizó lo propio. De momento no sintió nada. "No te preocupes, tarda unos veinte minutos en hacer efecto", escuchó decir a Javi a punto de tragarse la pastilla. El tiempo transcurrió lentamente mientras bailaba dosis de house demencialmente progresivo, ondas rítmicas enviadas por el discjockey de turno. Sin darse cuenta, Miki empezó a agitar los brazos, estirando el cuerpo como intentando atrapar alguna sensación; cuando creía que lo había logrado, caminaba de un lado a otro con aquellos pies que a cada momento le pertenecían menos. ¿Can you feel it?, repetía en voz alta y los gringos, veloces players en roles anfetaminicos, solo reían y se volvían a reír.
Javi se entretenía mirando las transparencias, imágenes líquidas de sueños difusos, cuando lo vió trastabillar en la escaler y aunque batallo un poco, logró asirlo por el brazo y detener la inminente caída. ¿Are you ok?, retumbó en su cabeza, penetro los sentidos e hizo eco ahí, en el epicentro neuroemocional de Miki a los diecinueve años. Casi cargándolo, Javi lo sentó en un sillón, -las ventajas del chill out room, pensó-, fue por una botella de Evian que Miki se bebió en cuestión de segundos. Y empezó a divagar bajo los efectos: "No necesito una decisión lógica para crear pánico de manera rápida, distraerse en tiempo es fuera de lugar. ¿Verdad que Dios es un sueño privado de esperanza?". Nadie podía contestar, el instante de escapismo les pertenecía a todos.
Fidel seguía bailando con la conciencia expandida y el furor interno manifestado en unos movimientos hipnóticos, minimales y repetitivos que seguían hábilmente la secuencia sónico-ambiental impuesta por el chamán de las tornamesas. Javi, olvidándose del pasón de Miki por un momento, se puso a ligar con una chica japonesa que bailaba como poseída el insinuante fraseo de una cálida voz extranjera. Es un bootleg de Portishead, le dijo ella. Dáme tu número de fax I want a date with you, proponía Javi en acción. Claro, a fuck is a fuck, so what? Cuando volvió al sillón, Miki estaba tan pálido que sólo alcanzaba a decir un "me siento mal, me siento mal" hasta que se quedó dormido en medio de aquel bullicio. Javi en pleno bajón también se quedo dormido, sentado en aquel sillón, hasta que Fidel les echó agua en la cara y les dijo: "Órale, son las seis am. Ya nos vamos". Ni Miki ni Javi supieron como llegaron a su casa.
Suena el teléfono. Es Javi quien pregunta: Oye Fidel, ¿fuimos anoche a un rave o quién diablos paro mi reloj a las diez?
No hay nada peor que no saber lo que le ocurrió uno el día anterior en el party o el fin de semana. A veces la resaca es brutal pero la situación empeora cuando intentas recordar que la provoco y dices, "Chin, ¿qué diablos paso ayer? Empiezan los remordimientos y las penurias ¿habré dicho eso o aquello, qué hice?. La incertidumbre es voraz.
A Miki le habían dicho que el ecstasy, esa pastilla blanca que compró en 15 dólares, era el pasaporte ansiado para conocer la euforia rave de la que tanto le habían hablado Fidel y Javi.
Los tres bajaron del auto justo a las diez pm tras haber bebido un par de cervezas King Cobra y apenas habían entrado al club, un bodegón abandonado en pleno downtown sandieguino, cuando se le acercó un chico con gorrito estrafalario y vestuario posmo a ofrecerles un hit de E bajo la cantaleta "Happy, you know what I mean?". Esa fue la contraseña, Miki pagó y por vez primera, tuvo en sus manos la dichosa pastilla.
"Es afrodisíaca, los cursis la llaman la droga del amor", le dijo Fidel, veterano en esas lides mientras que tragaba «rueditas azules» para entrar en trance. Miki hizó lo propio. De momento no sintió nada. "No te preocupes, tarda unos veinte minutos en hacer efecto", escuchó decir a Javi a punto de tragarse la pastilla. El tiempo transcurrió lentamente mientras bailaba dosis de house demencialmente progresivo, ondas rítmicas enviadas por el discjockey de turno. Sin darse cuenta, Miki empezó a agitar los brazos, estirando el cuerpo como intentando atrapar alguna sensación; cuando creía que lo había logrado, caminaba de un lado a otro con aquellos pies que a cada momento le pertenecían menos. ¿Can you feel it?, repetía en voz alta y los gringos, veloces players en roles anfetaminicos, solo reían y se volvían a reír.
Javi se entretenía mirando las transparencias, imágenes líquidas de sueños difusos, cuando lo vió trastabillar en la escaler y aunque batallo un poco, logró asirlo por el brazo y detener la inminente caída. ¿Are you ok?, retumbó en su cabeza, penetro los sentidos e hizo eco ahí, en el epicentro neuroemocional de Miki a los diecinueve años. Casi cargándolo, Javi lo sentó en un sillón, -las ventajas del chill out room, pensó-, fue por una botella de Evian que Miki se bebió en cuestión de segundos. Y empezó a divagar bajo los efectos: "No necesito una decisión lógica para crear pánico de manera rápida, distraerse en tiempo es fuera de lugar. ¿Verdad que Dios es un sueño privado de esperanza?". Nadie podía contestar, el instante de escapismo les pertenecía a todos.
Fidel seguía bailando con la conciencia expandida y el furor interno manifestado en unos movimientos hipnóticos, minimales y repetitivos que seguían hábilmente la secuencia sónico-ambiental impuesta por el chamán de las tornamesas. Javi, olvidándose del pasón de Miki por un momento, se puso a ligar con una chica japonesa que bailaba como poseída el insinuante fraseo de una cálida voz extranjera. Es un bootleg de Portishead, le dijo ella. Dáme tu número de fax I want a date with you, proponía Javi en acción. Claro, a fuck is a fuck, so what? Cuando volvió al sillón, Miki estaba tan pálido que sólo alcanzaba a decir un "me siento mal, me siento mal" hasta que se quedó dormido en medio de aquel bullicio. Javi en pleno bajón también se quedo dormido, sentado en aquel sillón, hasta que Fidel les echó agua en la cara y les dijo: "Órale, son las seis am. Ya nos vamos". Ni Miki ni Javi supieron como llegaron a su casa.
Suena el teléfono. Es Javi quien pregunta: Oye Fidel, ¿fuimos anoche a un rave o quién diablos paro mi reloj a las diez?
miércoles, 6 de diciembre de 2006
INSTANTANEAS DEL DESCONCIERTO no. 6
(Tales from the Generation TJ) publicada en Bitácoa el 27/02/95
I.
Cruce la calle. La luz verde del semáforo se mezclaba con el olor de la alcantarilla, el puesto de hot-dogs y el uniforme negro del Grupo Táctico descontrolándome sin saber porque; estoy más que ebrio, pasmado en una nube de juegos peligrosos. La voz de Gladys, "Hey Javi ¿qué haces?", provoca la vuelta momentánea a la realidad. La veo, sentada en una banca de madera en la calle Constitución, vestida de blanco y negro y me veo, con mis ojos de bujías, dándole un beso en la mejilla. Voy a..., le digo, no sé ¿tú que haces? que frío tengo, me voy a sentar.
Ella me mira con aquellos ojos repletos de curiosidad como pensando ¿qué le pasa a este? Es muy extraño, le comento, hace unos diez años vine por primera vez a esta..., me rió ¿sabes a qué? Queríamos autógrafos de David Haro, el que cantaba ¿cómo se llamaba la canción? No me acuerdo. Gladys inquiere de manera casual ¿no era ese el esposo de una conductora de tele bien fea? Oh no, le digo, ese es Álvaro Dávila y su esposa Paty Chapoy. Es tan estúpido que sepamos esas cosas Gladys pero ella no atiende, está escuchando la conversación telefónica de un maricón vestido completamente de rojo. "Te odio, Toña, te odio. Ve por tus cosas cuando yo no este, cabrona", dice el susodicho y cuelga furibundo el auricular, se da una media vuelta y vemos por fin su cara, trinando de coraje.
Ah, la vida de la otra gente es siempre más divertida que la propia o, al menos, eso parece. Unos cuantos minutos después pasa por ahí Gerapunk, amigazo de prepa y prototipo '89 del look pre-grunge; recuerdo que él me invito mi primera cerveza -una Coors- que nos tomamos afuera del Iguanas antes de entrar a un concierto. Las preguntas de rigor: ¿Cómo te ha ido? Bien. ¿Qué haces? Nada ¿Estás trabajando? No.
Esta última respuesta nos liga en la plática a Gerapunk, Gladys y a mí: ninguno trabaja y ninguno tiene la mínima intención de hacerlo. ¿Cómo le haces?, pregunta interesado Gerapunk y yo, le digo desvergonzadamente, I’m a profesional blagger. Nos enfrascamos en una discusión sobre lo que se necesita para ser uno de ellos: primero, les digo, no juntarse con gente de menos recursos económicos que uno;"Si", asienta Gladys con una sonrisa casi matutina; "pedir dinero prestado pero nunca prestar y conseguirse alguien con coche para eso de los rides", agrega Gerapunk. Claro, digo, tener buena apariencia personal, una que otra vez pagar algo (lo más barato), contar con amigos que te presten la ropa adecuada y no dar el mínimo indicio de tu ausencia de fondos.
La risa nos gana y atrae el interés de una señora regordeta en sus sixties, que me mira tratando de reconocerme. Desde la banca, jugando al payaso, alzó el brazo derecho y con los dedos le lanzo un peace & love. Ella lo toma como contraseña, se acerca a saludarnos presentándose como Gloria e interviene un poco en la conversación. Después me enteraría que es un big personaje en el submundo de la Zona Norte.
Empieza a llover, Gerapunk se marcha a su casa y yo camino con Gladys casi a la una y media de la madrugada por el callejón, contándole mi último desatino amoroso. ¿Gloria? se aleja risueña esperando otra ocasión para conocerme mejor.
I.
Cruce la calle. La luz verde del semáforo se mezclaba con el olor de la alcantarilla, el puesto de hot-dogs y el uniforme negro del Grupo Táctico descontrolándome sin saber porque; estoy más que ebrio, pasmado en una nube de juegos peligrosos. La voz de Gladys, "Hey Javi ¿qué haces?", provoca la vuelta momentánea a la realidad. La veo, sentada en una banca de madera en la calle Constitución, vestida de blanco y negro y me veo, con mis ojos de bujías, dándole un beso en la mejilla. Voy a..., le digo, no sé ¿tú que haces? que frío tengo, me voy a sentar.
Ella me mira con aquellos ojos repletos de curiosidad como pensando ¿qué le pasa a este? Es muy extraño, le comento, hace unos diez años vine por primera vez a esta..., me rió ¿sabes a qué? Queríamos autógrafos de David Haro, el que cantaba ¿cómo se llamaba la canción? No me acuerdo. Gladys inquiere de manera casual ¿no era ese el esposo de una conductora de tele bien fea? Oh no, le digo, ese es Álvaro Dávila y su esposa Paty Chapoy. Es tan estúpido que sepamos esas cosas Gladys pero ella no atiende, está escuchando la conversación telefónica de un maricón vestido completamente de rojo. "Te odio, Toña, te odio. Ve por tus cosas cuando yo no este, cabrona", dice el susodicho y cuelga furibundo el auricular, se da una media vuelta y vemos por fin su cara, trinando de coraje.
Ah, la vida de la otra gente es siempre más divertida que la propia o, al menos, eso parece. Unos cuantos minutos después pasa por ahí Gerapunk, amigazo de prepa y prototipo '89 del look pre-grunge; recuerdo que él me invito mi primera cerveza -una Coors- que nos tomamos afuera del Iguanas antes de entrar a un concierto. Las preguntas de rigor: ¿Cómo te ha ido? Bien. ¿Qué haces? Nada ¿Estás trabajando? No.
Esta última respuesta nos liga en la plática a Gerapunk, Gladys y a mí: ninguno trabaja y ninguno tiene la mínima intención de hacerlo. ¿Cómo le haces?, pregunta interesado Gerapunk y yo, le digo desvergonzadamente, I’m a profesional blagger. Nos enfrascamos en una discusión sobre lo que se necesita para ser uno de ellos: primero, les digo, no juntarse con gente de menos recursos económicos que uno;"Si", asienta Gladys con una sonrisa casi matutina; "pedir dinero prestado pero nunca prestar y conseguirse alguien con coche para eso de los rides", agrega Gerapunk. Claro, digo, tener buena apariencia personal, una que otra vez pagar algo (lo más barato), contar con amigos que te presten la ropa adecuada y no dar el mínimo indicio de tu ausencia de fondos.
La risa nos gana y atrae el interés de una señora regordeta en sus sixties, que me mira tratando de reconocerme. Desde la banca, jugando al payaso, alzó el brazo derecho y con los dedos le lanzo un peace & love. Ella lo toma como contraseña, se acerca a saludarnos presentándose como Gloria e interviene un poco en la conversación. Después me enteraría que es un big personaje en el submundo de la Zona Norte.
Empieza a llover, Gerapunk se marcha a su casa y yo camino con Gladys casi a la una y media de la madrugada por el callejón, contándole mi último desatino amoroso. ¿Gloria? se aleja risueña esperando otra ocasión para conocerme mejor.
martes, 5 de diciembre de 2006
INSTANTANEAS DEL DESCONCIERTO no. 5
¿qué sabes tú de la vida si nunca haz besado a un burro?
(publicada en Bitácora el 20/02/95)
Mayté es una incrédula, todo lo que digo le parece exagerado o una mentira virtual. Los fines de semana delirantes, cargados de sucesos inexplicables y gente weird le parecían invenciones del típico chico clase media, g-exer's para ser exacto, con mucha imaginación y poco seso en el cajón cerebral. Ay Mayté, le dije una noche por teléfono, ¿qué sabes tú de la vida si nunca haz besado a un burro? Ok!, lo admito, esa es una de las frases malditas que cualquiera de mis amigos evita que diga; realmente no sé porque si mal no recuerdo la leí en La Regla Rota, una revista chilanga entre el porno soft y la literatura pacheca, muy divertida.
Voy por ti y me explicas ese rollo, dijo y colgó el phone. Chin, yo ya había quedado de salir con Fidel & Co. a un werehouse rave en San Diego. Llamo a Fidel a su buzón de voz para escuchar el mensaje que dejo: "Agarrénse de Dios que el mundo se acaba, Cristo viene...". Qué mamón, pienso, otra vez grabó a ese radioevangelista que me cae tan mal. Espero el tono y digo: "Ya cambia de mensaje stupid, le cancelaron su pasaje a Cristo y siempre no viene. A'i me cuentas que tal el rave, salgo con...., bueno que te importa a ti con quien salga. ¿Vale? adiós".
Asunto solucionado, entre el baño, unos videos y una copita me dan la hora y cuando me asomo por la ventana, veo a una Mayte con cabellos húmedos y una sonrisa de oreja a oreja gritando mi nombre. Salgo de inmediato, primero pasamos a los tacos ("es que no he tragado nada", explica mientras se estaciona frente a un puesto callejero) y luego a la plaza.
I don't care, le digo sin saber a que me refiero, mientras bebo una sangría en el Huesitos, uno de los últimos refugios de la tribu alterna tijuanera. Garcon, combien vous dois-je?, empieza a decir Mayte y le tengo que recordar en donde estamos. Diablos, esa sangría es una mezcla killer o si no hay que preguntarle a esa chica regordeta que le confiesa a su amiga, flaquita ella, "ay, me siento bien pendeja" que se toma para andar en el mismo tren. Mayte habla y habla, me dice "Te cotizas caro" cuando le paga al mesero y agrega un "Tenez et gardez le reste".
Salimos del bar, recorremos la plaza buscando a alguien conocido y bueno, nos encontramos a El Greñas, un amigo nuestro rockero heavy aferrado como pocos, y decidimos entrar al Sótano. Uy, comento, hace un año que no venía desde que Fidel y yo hicimos un pisa y corre. Los Cranberries son coreados en todas las mesas, todos padecemos del mismo mal "in your head". No me siento a gusto ahí y salimos a buscar otro sitio, a las dos de la mañana parece que nuestra única opción es ese lugar a donde dije que nunca más volvería a entrar, ya saben una pelea con los changos que tienen como seguridad.
Entro como bólido al baño. Hola Javier ¿qué onda contigo, sigues igual?. Por Dios, por eso odio este lugar. Esquivo cuerpos y caras hasta llegar a la barra, en donde está Mayte y El Greñas pidiendo unas caguas. Me sirvo y escucho sorprendido a Love and Rockets, una chica al lado pregunta estúpidamente ¿te gustan?. No, mis favoritos son Willie Nelson, Grace Jones, Parchís y los Beach Boys, Idon'tcarecomotellamas. A El Greñas le ofrecen cristal pero creo que un mesero escucha la proposición porque se fue tras el dealer y entre medio de toda la gente veo como un par de policías ponen al chico contra la pared y lo empiezan a registrar bien canijo. Mayté me presenta a una amiga suya, bonitilla y de lentes, diciéndome que sabe que ella y yo nos vamos a llevar muy bien y yo, en plan mamón, le pregunto a la chica: "Eres chismosa" y ella contesta que si, "te gusta criticar a la gente" y un sí, "eres mentirosa" y otro sí. Ah, creo que sí nos vamos a llevar muy bien, adoro a la gente superficial.
A lo lejos diviso a Cosme, el de Café Tacuba y lo saludo con la mano en alto; viene con otros dos Tacubos, un amigo mío y con el dueño del changarro. Llega y ya borracho, yo no él, le digo que el disco nuevo me gusto mogollón y etece y etece mientras firma autógrafos. Un chico insiste en entrevistarlo para el Zeta. Lo veo y le digo "Tú no trabajas ahí"; para colmo, unos mega trolos que iban conmigo en la prepa se acercan y me saludan efusivamente pensando que vengo con los Tacubos. Ay Dios, esa gente es de pena ajena, estaba pensando decirle a Mayté cuando la veo pidiendo autógrafos. ¡Qué grupi!, le digo y voy otra cerveza.
Cosme estaba cante y cante esa de "I like to moving, moving" así que cuando me entero que quieren ir a la Baby Rock de nuevo, me ofrezco a llevarlos. ¿Tienes nave?, pregunta Cosme y en ese momento me acorde que era chilango, él no yo. Y allá vamos, Mayte, su amiga, Cosme, dos secres suyos y yo; Cosme dice que a la mejor no puede meter a todos cuando yo le digo que no tengo la intención de pagar por entrar a esa cosa. Tocamos una de las puertas laterales y esperamos un momento a que nos abran. Cuando lo hacen, Cosme dice: "Ellos dos vienen conmigo y él también" y yo agregó, "y ellas vienen conmigo" jalando a Mayte y a su amiga. Bien, ya estamos adentro pero ¿ dónde está la gente? Uta, pero si son las cuatro AM ya. Otra vez al baño, salimos para llevarlos al hotel pero no se salvaron que Mayté empezará con su ronda de preguntas tontas: ¿Quién te pinta el pelo? Mi novia. ¿Con qué te lo pinta? No recuerdo la marca. ¿Tus faldas son plisadas o lisas?
Yo no aguanto la risa y cuando se bajan le digo a Mayte, "Quelle honte! vous aves mal agi" y ella con sus cabellos secos y una sonrisa de oreja a oreja grita en un estacionamiento de Pueblo Amigo su tradicional "Pas de quoi, my friend", enciende el motor del auto y enfila hacia el highway. Otro viernes queda atrás.
(publicada en Bitácora el 20/02/95)
Mayté es una incrédula, todo lo que digo le parece exagerado o una mentira virtual. Los fines de semana delirantes, cargados de sucesos inexplicables y gente weird le parecían invenciones del típico chico clase media, g-exer's para ser exacto, con mucha imaginación y poco seso en el cajón cerebral. Ay Mayté, le dije una noche por teléfono, ¿qué sabes tú de la vida si nunca haz besado a un burro? Ok!, lo admito, esa es una de las frases malditas que cualquiera de mis amigos evita que diga; realmente no sé porque si mal no recuerdo la leí en La Regla Rota, una revista chilanga entre el porno soft y la literatura pacheca, muy divertida.
Voy por ti y me explicas ese rollo, dijo y colgó el phone. Chin, yo ya había quedado de salir con Fidel & Co. a un werehouse rave en San Diego. Llamo a Fidel a su buzón de voz para escuchar el mensaje que dejo: "Agarrénse de Dios que el mundo se acaba, Cristo viene...". Qué mamón, pienso, otra vez grabó a ese radioevangelista que me cae tan mal. Espero el tono y digo: "Ya cambia de mensaje stupid, le cancelaron su pasaje a Cristo y siempre no viene. A'i me cuentas que tal el rave, salgo con...., bueno que te importa a ti con quien salga. ¿Vale? adiós".
Asunto solucionado, entre el baño, unos videos y una copita me dan la hora y cuando me asomo por la ventana, veo a una Mayte con cabellos húmedos y una sonrisa de oreja a oreja gritando mi nombre. Salgo de inmediato, primero pasamos a los tacos ("es que no he tragado nada", explica mientras se estaciona frente a un puesto callejero) y luego a la plaza.
I don't care, le digo sin saber a que me refiero, mientras bebo una sangría en el Huesitos, uno de los últimos refugios de la tribu alterna tijuanera. Garcon, combien vous dois-je?, empieza a decir Mayte y le tengo que recordar en donde estamos. Diablos, esa sangría es una mezcla killer o si no hay que preguntarle a esa chica regordeta que le confiesa a su amiga, flaquita ella, "ay, me siento bien pendeja" que se toma para andar en el mismo tren. Mayte habla y habla, me dice "Te cotizas caro" cuando le paga al mesero y agrega un "Tenez et gardez le reste".
Salimos del bar, recorremos la plaza buscando a alguien conocido y bueno, nos encontramos a El Greñas, un amigo nuestro rockero heavy aferrado como pocos, y decidimos entrar al Sótano. Uy, comento, hace un año que no venía desde que Fidel y yo hicimos un pisa y corre. Los Cranberries son coreados en todas las mesas, todos padecemos del mismo mal "in your head". No me siento a gusto ahí y salimos a buscar otro sitio, a las dos de la mañana parece que nuestra única opción es ese lugar a donde dije que nunca más volvería a entrar, ya saben una pelea con los changos que tienen como seguridad.
Entro como bólido al baño. Hola Javier ¿qué onda contigo, sigues igual?. Por Dios, por eso odio este lugar. Esquivo cuerpos y caras hasta llegar a la barra, en donde está Mayte y El Greñas pidiendo unas caguas. Me sirvo y escucho sorprendido a Love and Rockets, una chica al lado pregunta estúpidamente ¿te gustan?. No, mis favoritos son Willie Nelson, Grace Jones, Parchís y los Beach Boys, Idon'tcarecomotellamas. A El Greñas le ofrecen cristal pero creo que un mesero escucha la proposición porque se fue tras el dealer y entre medio de toda la gente veo como un par de policías ponen al chico contra la pared y lo empiezan a registrar bien canijo. Mayté me presenta a una amiga suya, bonitilla y de lentes, diciéndome que sabe que ella y yo nos vamos a llevar muy bien y yo, en plan mamón, le pregunto a la chica: "Eres chismosa" y ella contesta que si, "te gusta criticar a la gente" y un sí, "eres mentirosa" y otro sí. Ah, creo que sí nos vamos a llevar muy bien, adoro a la gente superficial.
A lo lejos diviso a Cosme, el de Café Tacuba y lo saludo con la mano en alto; viene con otros dos Tacubos, un amigo mío y con el dueño del changarro. Llega y ya borracho, yo no él, le digo que el disco nuevo me gusto mogollón y etece y etece mientras firma autógrafos. Un chico insiste en entrevistarlo para el Zeta. Lo veo y le digo "Tú no trabajas ahí"; para colmo, unos mega trolos que iban conmigo en la prepa se acercan y me saludan efusivamente pensando que vengo con los Tacubos. Ay Dios, esa gente es de pena ajena, estaba pensando decirle a Mayté cuando la veo pidiendo autógrafos. ¡Qué grupi!, le digo y voy otra cerveza.
Cosme estaba cante y cante esa de "I like to moving, moving" así que cuando me entero que quieren ir a la Baby Rock de nuevo, me ofrezco a llevarlos. ¿Tienes nave?, pregunta Cosme y en ese momento me acorde que era chilango, él no yo. Y allá vamos, Mayte, su amiga, Cosme, dos secres suyos y yo; Cosme dice que a la mejor no puede meter a todos cuando yo le digo que no tengo la intención de pagar por entrar a esa cosa. Tocamos una de las puertas laterales y esperamos un momento a que nos abran. Cuando lo hacen, Cosme dice: "Ellos dos vienen conmigo y él también" y yo agregó, "y ellas vienen conmigo" jalando a Mayte y a su amiga. Bien, ya estamos adentro pero ¿ dónde está la gente? Uta, pero si son las cuatro AM ya. Otra vez al baño, salimos para llevarlos al hotel pero no se salvaron que Mayté empezará con su ronda de preguntas tontas: ¿Quién te pinta el pelo? Mi novia. ¿Con qué te lo pinta? No recuerdo la marca. ¿Tus faldas son plisadas o lisas?
Yo no aguanto la risa y cuando se bajan le digo a Mayte, "Quelle honte! vous aves mal agi" y ella con sus cabellos secos y una sonrisa de oreja a oreja grita en un estacionamiento de Pueblo Amigo su tradicional "Pas de quoi, my friend", enciende el motor del auto y enfila hacia el highway. Otro viernes queda atrás.
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