viernes, 17 de septiembre de 2004

16. rollercoaster

las cosas no iban bien.
A veces sucede así, otras no. Cansados de esperar a que algo pase, dispuestos a todo sin saber a que, pensando cuando fue que nos equivocamos de dirección, en que esquina de la city perdimos todo eso —metas, ideales, sonrisas, ejercicios de amabilidad, viejos amigos— que guardábamos para un día de paz. Los acontecimientos ocurren a cierta velocidad, son cosa del azar o infortunios del deseo de agitar y provocar a cinco tipos de cuidado. Subir y caer se convierte en algo habitual, como si fuera parte de un ciclo a seguir por obligación e innata convicción, la propuesta que se repite y repite ad infinitum como la nota gancho en la promoción de los infomerciales que tanto nos aburren de madrugada. Una sensación que nos divide y explora sin cesar.

¿por qué cuesta tanto tomar una decisión?
En un instante de claridad todos queremos respuestas justas para preguntas mal planteadas. Sin importar lo que hagamos o a donde vayamos, la idea de estar en un atasco emocional nos persigue, la maldición de la que hablaba Chomsky se vuelve contra nosotros. Buscando un núcleo de esperanza, conocer que un loft no es la ampliación de vida genuina, constatar que todo es apariencia: miseria urbana, cambio de look, llamadas en espera, libros de auto-ayuda, portales de antagonismo progresivo, listas de popularidad, tardes de encuentros fortuitos, balas de conformidad para cinco tipos de cuidado. Antes tuvimos la sospecha que nunca nada valió la pena, ahora lo sabemos de primera fuente. Whatever.

¿qué le pasó a los finales felices?
Hay cosas que nos hacen sentir culpables sin saber por qué; hay otras que, tras perderlas, se empeñan en recordarnos, no sin cierta timidez y a veces con algo de inútil gedogen, que tan importantes fueron para nosotros. El juego es simplemente hacer lo nuestro, dominar el rebote de los actos espontáneos y el driblar de las horas, cuestionar las estrategias determinadas por una temporada atroz, hacer las transferencias adecuadas y acercarnos cada momento a la mejor ocasión, llegar a ella sin retardos ni excusas. Es difícil hacerlo sin aceptar esos pequeños errores de cálculo que acortan las ventajas antes logradas, sin tomar nunca en cuenta las ocasiones en que nos deslizamos en el borde del perímetro, cuando se buscaba una salida de emergencia para cinco tipos de cuidado porque sí y porque qué más da buscar el impacto —lo inesperado suele ser mejor—, una posible colisión que acabe con todo y con todos. El fracaso, a veces, nos deja algo positivo.

¿alguna vez te has sentido atrapado?
Una caída con los ojos cerrados. El grito es un pretexto, tan sólo eso. Una fiesta, apoyos o fondos de retiro, una grieta por donde escapar. Días y noches enteras pensando que se puede encontrar la forma de decir las cosas que debemos decir, eso que realmente nos importa, sin lastimar ni implicar a nadie más. Algo inútil: nos olvidamos que lo que uno dice puede, en determinado momento, ser el arma con la cual el destino nos disparará. Conceptos elevados a los cuales no podemos corresponder, falsas esperanzas, mapas conceptuales, proyectos de vida distantes, bifurcación de caminos, cinco tipos de cuidado, deseos que sólo son eso, melancolía y frustración. Plegarias sin atender, un hueco interior, voces que no se callan como los dedos de la mano de aquel pobre tipo —gringo, veterano de alguna guerra química, paranoico y sonriente— que se acercaba éstos al rostro para implorar su silencio con un nervioso murmullo. Podemos entenderlo: en nuestra cabeza también hay demasiado ruido para intentar comprender de manera racional lo que ocurre [la desesperación no es, por lo visto, en estos casos una buena idea].

Up & down very fast
Hay quien dice, no sin justa razón, que es bueno que nos duela el cuerpo, eso indica que podemos pensar en otras cosas; quizás, pero el desconsuelo, al igual que la calma o esos cinco tipos de cuidado que nos mortifican sin cesar, es una cita a ciegas que tarde o temprano sabemos tendremos que cumplir. Sin embargo, nos equivocamos por completo al creer que iba a ser fácil cortar de tajo una historia —breve, si se quiere— en común. Se nos esfumaron las decisiones. Aquello se desperdigo sin autorización, creció sin control, sin fecha de caducidad. Desafiante e intransigente, sin escuchar palabras ni entender razones, tiro ancla y echó a rodar los dados que nos permitieron llenar de emociones intensas una vida aparentemente vacía, lidiar con el dolor de todos los días y someternos a la repentina cantidad de risas que nos hicieron sospechar que un futuro próximo ya nada sería así. Se nos esfumaron las opciones. No podemos evadir nuestra responsabilidad como tampoco creer el dogma ese de que lo que posees terminará por poseerte aunque sabemos que es una verdad tan cierta como nickel.

Casi en bancarrota, apenas nos queda aliento.
Conversaciones interrumpidas por el ir y venir de la multitud; por la incapacidad para entender que la vida no es simplemente un espectáculo en circuito cerrado que se transmite en directo; por los gritos irritantes de un manic street preacher cuyo mensaje es un punto muerto en nuestra tormenta diaria. Algo irónico si tomamos en cuenta esas noches dedicadas a ver nuestro look de pelea en los cristales de los autos, platicando a la deriva, en camino a ninguna parte o con la esperanza de que la lluvia, fiel compañera de soledad requerida, sirviera de algo y que arreciara con furia dentro de nosotros para no tener que taparnos el rostro. Es obvio que todos encontramos algún motivo adecuado para rendirnos cuando lo creemos necesario, algo normal que puede significar la oportunidad para dar un paso atrás y volver a empezar. Podría ser lo mejor, lo que aconsejan cinco tipos de cuidado ante el peligro de inminente desastre pero, sin saber a ciencia cierta el porqué, no queremos alejarnos, no podemos hacerlo. Tenemos miedo de perder algo en el camino o simplemente, perderlo todo. ¿Es esto lo más cercano a matar nuestras ilusiones? Si tan sólo pudiéramos después recordar esto y reírnos como antes.

Advertencia: No intentes cambiar el curso de la montaña rusa.
Subimos juntos al ride, freaks de categoría especial por el simple hecho de ser quienes somos: chispazos de felicidad, preocupación eterna, melodías para noches sin sueño, el reclamo del triste payaso solisiano, cinco tipos de cuidado, un sample que nos recuerda continuamente “This is your life”, el lugar donde ocurren las cosas, personas interesantes que aparecen en la soledad y cuya proximidad es todo lo que se necesita. Las gafas que usamos son solamente un guiño, un seguir de rutas impuestas por casualidad o la forma de evitar los designios de un Dios con pésimo sentido del humor, una forma clara de decir: “Nadie supo ganar” Nuestra visión de las cosas es otra, decidimos no decidir o, al menos, eso parece.

parar es algo que ya no podemos hacer.
Las gafas sirven para aparentar que se mantiene el ideal de bienestar y orden por seguir; relativistas ad-hoc, guardamos la distancia necesaria que se indica en el manual del usuario. Lo nuestro es imperfección, un querer darse el lujo de vivir y dejar que el tiempo nos cure las heridas sin tener que hacerse la pregunta: ¿Quién diablos nos quitará las jodidas banderillas? Nuestra conciencia está en un Post it color amarillo, nuestra identidad está ligada a un juke-box personal que repite tanto los temas que cantamos en los momentos felices como aquellos otros que reflejan nuestra fase más low. Entre el futuro y la calle, la contradicción como signo: el no saber que hacer es algo muy recurrente por aquí, rechazar los cinco tipos de cuidado, una despedida que no quiere ser, un click constante a la oferta interactiva de la frivolidad o un desafortunado brincar oportunidades, recostadas en la calle, como si fueran parte de aquel juego infantil de tiza y papel mojado. Algo tan engañoso que ni la más firme voluntad puede evitar.

Sólo queremos seguir, dar vueltas y volver al espacio.
Hay que señalar que somos exactamente todo lo contrario a lo que dice la gente que somos o fuimos. Cinco tipos de cuidado. Can you understand that? En última instancia, puede que lo que ocurre no sea más un cutrieslogan para rematar, la faribolesca idea del paraíso perdido o simplemente el hecho de que esta mañana, al despertar, la tristeza nos mostró su espalda malsoñante, reflejo insólito del “Tú no hubieras podido”. Así son las cosas y no de otro modo. Nos falta tiempo, nos sobra tiempo para las interminables pláticas que acaban siempre con aquello de “ya no quiero hablar”. Al parecer se ha dicho todo y, sin embargo, no se ha dicho nada. A veces nos damos cuenta que las palabras no sirven, que éstas no logran atrapar ese einfeuhlung extraviado. ¿Hueles el peligro? We have explosive. No decepcionaremos a nadie cuando lleguen los malos tiempos. Suponemos que, después de todo lo expresado, ya no hay nada más que decir. [Lo mejor de nuestra vida aún está por ocurrir]

by the way, it’s not unusual to think about it.

---------------
revisión 2004: Demasiado personal, demasiado visceral. A good friendship yéndose al carajo. Sin poder evitarlo, casi sin darse cuenta. Me sigue pareciendo genial la cita de Chomsky. Viajes a USA, pelí­culas en VHS, largas pláticas para tratar de entender lo que ya se fue, mp3s. Uno de mis textos favoritos.

1 comentario:

Rain dijo...

Nunca es tarde dice el optimista y lo que creo es que nunca es demasiado tarde. Contar con tu blog, tenerlo cerca, que sea como un amigo, introcanción, sí.

Bukonika, splendid.