viernes, 2 de octubre de 2009

Confesiones de un adicto a la noche

The longer the night lasts, the more our dreams will be.

Proverbio chino

Me gusta la noche. Lo digo tranquilamente desde un lugar preferencial, a punto de tomarme otra cerveza, camino al dancefloor, inmerso en una sensación radiante que hace creer al personal que está en el punto que deber estar.
Sí, soy un animal nocturno pero nunca en el sentido prosaico, aburrido y domesticado que enarbolan ciertos programas televisivos. Mi nocturnidad es de esas que hacen de cada hombre y cada mujer una estrella, que nos recuerda que la buena vida puede estar en cualquier sitio, que provoca esa necesidad urgente de convivir y fluir. Lo acepto: nunca he sido bueno para sentarme muy tranquilo y aplaudir con distancia televisiva.

Salir es una aventura, la mejor droga, el momento en que las cosas, aún las más weirdas, pueden ser posibles.
Salir es provocar el desborde, perder un poco el control, (p)resumir estrategias y tácticas de supervivencia, ponerlas en práctica, divertirse en ello.
Salir es encontrarse con otros, segregarse de los otros, unirse a éstos y aquellos.
Salir de noche es atreverse a vivir cuando los demás han claudicado.

No soporto lo homogéneo: gente de una misma clase social o edad, uniformada, con los mismos prejuicios y vicios en un área determinada. Prefiero el remix, todo aquello que derribe estereotipos o los reinterprete, que haga caducos los valores actuales y los transmute en algo mejor, más libre, menos preocupado por lo “auténtico” y ese “estar mejor” que tanto criticaba Breton. Tampoco me gustan los bares que insisten en vivir de su leyenda y sucumben ante la avalancha de oficinistas y estudiantes en día festivo ni los clubes con velvet rope y su elitismo tan demodé. La noche no debe ser vista como una comodidad o privilegio; en cualquier caso, debe asumirse como una experiencia vital.

Lo tengo claro: no es lo mismo vivir de noche que vivir la noche. Vivir de noche es lo que hacen, por ejemplo los meseros en los bares, los guardias de seguridad , los veladores, los médicos de guardia. Vivir la noche es otra cosa. Por eso, disfruto recorrer los lugares de los que nadie es, pero a los que todo mundo podría pertenecer (Antonio Melechi dixit). Así, trasnochar se opone, de algún modo, a la ética puritana, a los postulados del capitalismo feroz y, de pasada, al ejercicio de control del Estado. La noche en su faceta más subversiva cambia tantas cosas, de ahí su peligrosidad. Siempre me ha gustado la idea de la noche de farra como un corte de mangas social.

En la noche, la sociedad baila y resiste, los militantes más radicales de los partidos políticos más conservadores cogen y esnifan, los jóvenes pierden algunas neuronas o mueren en el intento. Sí, pero no sólo eso: en la noche aprendemos a (re)conocernos, a gozar(nos), a reinventar nuestro papel social. Reapasionar la vida es una intervención activa; al salir de noche hacemos planes que tal vez un día se hagan realidad. En mi noche no hay sacrificio de ideales, funciona como una posibilidad de abstraerme de la rutina que me da casi siempre, vaya fortuna, una solución lateral o angular a mis problemas más inmediatos.
Así, lo decadente, salir en las fotos, lo hip & trendy & cool, ser testigos en primera persona de lo que está pasando, señalar la ruta precisa y otros detalles menos interesantes pasan a segundo término. En la nocturnidad, nuestra aparente frivolidad se convierte casi en una postura política, en un modo de enfrentarse momentáneamente al mainstream que, como ya se sabe, terminará por engullirse todo y a todos. La noche es tan sólo una ampliación en el campo de batalla cotidiano. La noche hace (in)visible de lo que ocurre en otras esferas de la vida pública.

Por cierto, es mentira eso de que en la noche todos los gatos sean pardos. Si uno tiene buena vista y algo de educación, distingue y diferencia. El color –estilo, pose, maneras- delata. Por eso, la noche no es para los diletantes advenedizos ni para los ejecutivos con crédito ilimitado y sus antipodas (esa caravana de barflies y gentepeste). Cuando la noche se traga al día, sólo algunos pueden resistirlo, salir ilesos y contarlo lo vivido. “The weekends are for wussies” fue el eslogan de un club sandieguino por muchos años. Por eso puedo entender el going out every night con la misma urgencia de quienes fabrican bombas caseras que intentan hacer estallar algo más que el sueño de la (pos)modernidad. Sí, a veces como decía Bukowski el humo de las horas de fiesta es una meada ascendente en la cara de cierto sector social.
Los años no me han calmado. Sigo saliendo casi todos los días, casi todas las semanas. Siempre hay algo interesante que hacer en la city, algo por conocer o vivir como si fuera la primera vez: de aquellos Paseos Inmorales por los bares a la Ruta Artsy de galerías, del bajón que significó el anunciado fin de las horas extras y barras libres a la euforia descontrolada del nuevo ocio. Salir hoy es no dejar de vivir, no dejarse vencer por el crimen y la impunidad, tratar de enfrentar sonriendo a ese social disease del que hablaba Warhol, vencer la tendencia individualista y formar parte, por lo menos en algún instante, de una comunidad en llamas.
Hoy el gran reto es no aburrirse: sé que si me aburro en 2 minutos, me aburriré la siguiente media hora. Hay noches en las que no vale la pena esforzarse. Sí, a veces no conviene ser un maldito optimista. Lo que nos salva? Siempre habrá otra oportunidad para gozar alguna fiesta en otro sitio.

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Este texto apareció en el número Noctámbulos de la revista PicNic

1 comentario:

Poetiza dijo...

Un texto muy bueno. Fue un placer.