La Tijuana di Rafa Saavedra.
L’autore di Buten smileys è forse lo scrittore più capace, fra quelli che abbiamo considerato finora, di dare una visione complessiva, multiforme e non di nicchia di Tijuana. Dai racconti di Saavedra viene fuori infatti una disamina che non vuole essere descrittiva, ma che riflette le opinioni, anche forti (“periodistas extranjeros persiguiendo una leyenda negra que sólo existe actualmente en su culo negro” ), su un ambiente che deriva la sua complessità dal duplice status di grande città e di luogo di frontiera tra due culture.
La lingua usata dall’autore merita una nota. Lo spagnolo di Saavedra è infatti contaminato, se così possiamo dire, dall’inglese. Non si tratta però di un miscuglio come lo spanglish; Saavedra conosce entrambe le lingue bene e non ne permette l’ibridazione. In compenso, questo linguaggio è capace di cogliere al meglio alcune realtà, come lo scrittore ha dimostrato in Where’s the donkey show, Mr. Mariachi?.
Saavedra, rispetto ad altri scrittori, conosce bene anche la realtà nordamericana, e questo fa sì che il suo sguardo dia un peso minore all’incontro-scontro con gli Stati Uniti. L’opposizione binaria tra le due culture è sorpassata dall’autore, che si muove a suo agio in entrambe, e che si mostra buon conoscitore anche di realtà altre, non ultima quella europea. Non ci sorprende infatti che la Tijuana del 2020 risuoni anche di voci tedesche, italiane, francesi, oltre che spagnole e inglesi.
La Tijuana di Saavedra ci si presenta infine frammentata, divisa al suo interno, percorsa da una infinità di barriere, tra le quali quella internazionale è una delle tante. Al contrario di Crosthwaite, Saavedra paradossalmente sembra sentire sulla sua pelle, molto più importanti, le divisioni tra classi sociali che tra nazioni. La Tijuana che vive è una realtà amata, ma mostrata nelle sue ferite aperte, non idealizzata. Anche da essa, l’autore, può solo mandare postcard di odio e ozio.
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* Tomado de LA REVOLUCIÓN Y LAS DEMÁS CALLES: CINQUE NARRATORI CONTEMPORANEI DI TIJUANA (TESI DI LAUREA IN LINGUE E LETTERATURE ISPANO-AMERICANE PRESENTATA DA DAVIDE MATTEI).
miércoles, 4 de abril de 2007
martes, 3 de abril de 2007
reviews: lejos del noise 03
Lejos del noise: manual de procedimientos
Gabriel Trujillo Muñoz
1.- Enfocar el yo, desenfocarlo, imprimir.
2.- Todo es noise, pero cada quien lo filtra a su manera. En el caso de Rafa Saavedra, es un “incendio de luces en una bodega sin salida”. La prosa retumba sobre la “puta realidad periférica” y es una prosa que no confía ni en sí misma porque carece de toda certidumbre para tomar partido, para delinear una verdad reconocible. Los que están inmersos en el ruido, la disfrutan. Los que están afuera de esa realidad, se quejan del escándalo. El escritor-dee-jay sólo hace su trabajo: hilvanar sonidos, traslapar ritmos, dar su toque de indiferencia al mundo que gira una y otra vez.
3.- Sólo la hibridez tiene algo que decir, sólo la impureza magnifica los sentidos. El lenguaje se mueve llenando el vacío, los vacíos. Esa gran pantalla en estática donde los mensajes de Saavedra van del pánico al éxtasis, de lo minimalista a lo barroco-pop. El inglés como frases revelatorias, como contragolpes: “Gerardo abandonó la city pensando que eso lo haría mejor; Diana regresó sin hope sintiéndose peor... todos mis amigos se preguntan: ¿Qué hacemos aquí? ¿Cuál es el sentido de todo esto?”.
4.- Y aquí llega la duda trascendentalista del hueco fin de semana a la J.D. Salinger, a la Douglas Coupland: “nuestra muerta juventud”, los días dorados. Saavedra es nuestro Great Gatsby: un soñador de una época dorada que se esfumó hace 15 segundos. Su alter-ego y su propio ego se sumergían en un “idiot savant que ve pasar los días sabiendo que todo es (ir) real y que da igual. Atrapados en una especie de confinamiento dócil y aburrido, pendido ante el close up de papel tradicional. Sedados, esperando que alguien comparta la caída”.
5.- Lejos del noise es un disco de doce pulgadas para oír de noche, una experiencia que se reduce a dos conceptos: confusión y fragmentación.
6.- Si Baudelaire estableció del dandi como figura clásica del paisaje urbano, Saavedra apuesta por el escritor como un dealer para el que la escritura es la droga del momento. Una miseria compartida. Un producto a vender.
7.- Ciertas frases, ciertos fraseos. La prosa de Rafa también tiene sus inconscientes repeticiones: What a fuck. Antything. Wathever. Another Round of beers. Pelea o finge. The living end. La química del alucine. Soy inocente I know. What a stupid life. Confío buten en mí. ¿ok?
8.- La ciudad es una carga, un escaparate, una transfiguración. La visión de Rafa Saavedra es la de un videoasta: paneos y acercamientos, corte de edición y flashbacks. “Una banda sonora para un pésimo film juvenil”. Prosa inquieta, que no para de moverse. Imágenes abigarradas. Conceptos-misiles. Primeros planos. Siempre primeros planos.
9.-Rafa, el poeta, a veces toma el mando y se apodera de su prosa:
“Sin una canción, el día no termina”./
Sin speed, el camino no tiene fin ni filosofía. /
todo se desploma, se dispersa, se difumina./
No importa lo que se diga o se practique./
Ocurre.
“Y lejos del noise practica exactamente eso: lo que ocurre en un momento, lo que sucede en un instante: “una luz que ilumina la inútil apuesta de un cerdo cerca del matadero. Una luz y ya”. 10.- Lo extremo, lo bizarro lo marginal en gustos y en sustos. Pero sin cortarte las venas, sin dejarte ir del todo. Prosa de voyeur obsesivo. Mundo sin convicciones ni creencias, donde el autor recorre “las calles con la ligera sospecha de que algo sucede bajo esa superficie de normalidad.” En deriva, sin anclajes. Flujo y trivialidad. Break up y diversión.
11.- Prosa adictiva que puedes leer sin continuación, sin sincronía, donde el “alegre pesimismo” es testigo de la realidad que se desvanece, dejando en su lugar un “malestar difuso”, unas “respuestas evasivas a una pregunta cerrada”.
12.- Lejos del noise es el tercer libro de textos (cóctel de relatos-ensayos-crónicas-bitácora-snapshots) de Rafa Saavedra. Un escritor que tiene el valor de afirmar lo que otros autores de su misma generación no admiten (desde Heriberto Yépez hasta Laura Jáuregui, desde Regina Swain hasta Jorge Ortega): “que ya sabemos que de lo que pasa no tenemos ni puta idea”. Valor de aceptarlo y lucidez reveladora frente a su propia generación literaria que todavía cree en prestigios, jerarquías y ganancias. Rafa, en cambio, sólo juega desde la indiferencia, desde la levedad, desde la melancolía cool.
13.- Y al final sólo queda una cuestión básica en la escritura de Saavedra, una interrogante rabiosa: ¿Cómo hacer para ser feliz? Mi respuesta es obvia: leyendo las ficciones ajenas, las sinceridades tribales, las frivolidades intrusas de Lejos del noise (Moho, 2002).
14.- Y, después de todo, hay esperanza, porque Rafa Saavedra ha reunido en su obra “old stories, sustancias nuevas, beat crazy, arte y vida perdiendo la cordura. La música era lo de menos, las intenciones, el rozar a los cuerpos, el poder de jugar ese game, la posibilidad de anotar”.
15.- Entre el “no hay nada por hacer” de Samuel Beckett y el “yo rara vez me pierdo de vista a mí mismo” de Paul Valery, Rafa Saavedra escribe su ruido, ensordece su prosa, sigue su camino: un pasito para adelante y otro pasito para atrás. Quizás ese es el peligro mayor: los temas repetidos, la idéntica perspectiva, el fraseo similar de una prosa que ya no da para más, que ya no aporta novedades al leerse. La fórmula de Saavedra denota un peligroso agotamiento estilístico, comienza a convertirse en una parodia de sí misma, en un engolosinamiento que deja imperturbable a su autor pero que cansa a muchos de sus lectores que le han seguido la pista desde sus Postcards, en 1995. La evolución escritural ha dado paso al pastiche. La gracia empieza a perderse. Los chistes y situaciones descritas no alcanzan a tornarse en una visión real, en una realidad autónoma, independiente de su creador.
16.- Al final sólo queda un escritor que ha hecho su propio camino hasta convertirlo en un callejón sin salida, en una tour para voyeuristas. Epica del aburrimiento como una forma de existencia comunitaria, de comuna donde el ego flota en libertad, ajeno a todos los aplausos y a todas las críticas. Utopía de la anestesia y la ataraxia.
texto aparecido en Bitácora y aquí
Gabriel Trujillo Muñoz
1.- Enfocar el yo, desenfocarlo, imprimir.
2.- Todo es noise, pero cada quien lo filtra a su manera. En el caso de Rafa Saavedra, es un “incendio de luces en una bodega sin salida”. La prosa retumba sobre la “puta realidad periférica” y es una prosa que no confía ni en sí misma porque carece de toda certidumbre para tomar partido, para delinear una verdad reconocible. Los que están inmersos en el ruido, la disfrutan. Los que están afuera de esa realidad, se quejan del escándalo. El escritor-dee-jay sólo hace su trabajo: hilvanar sonidos, traslapar ritmos, dar su toque de indiferencia al mundo que gira una y otra vez.
3.- Sólo la hibridez tiene algo que decir, sólo la impureza magnifica los sentidos. El lenguaje se mueve llenando el vacío, los vacíos. Esa gran pantalla en estática donde los mensajes de Saavedra van del pánico al éxtasis, de lo minimalista a lo barroco-pop. El inglés como frases revelatorias, como contragolpes: “Gerardo abandonó la city pensando que eso lo haría mejor; Diana regresó sin hope sintiéndose peor... todos mis amigos se preguntan: ¿Qué hacemos aquí? ¿Cuál es el sentido de todo esto?”.
4.- Y aquí llega la duda trascendentalista del hueco fin de semana a la J.D. Salinger, a la Douglas Coupland: “nuestra muerta juventud”, los días dorados. Saavedra es nuestro Great Gatsby: un soñador de una época dorada que se esfumó hace 15 segundos. Su alter-ego y su propio ego se sumergían en un “idiot savant que ve pasar los días sabiendo que todo es (ir) real y que da igual. Atrapados en una especie de confinamiento dócil y aburrido, pendido ante el close up de papel tradicional. Sedados, esperando que alguien comparta la caída”.
5.- Lejos del noise es un disco de doce pulgadas para oír de noche, una experiencia que se reduce a dos conceptos: confusión y fragmentación.
6.- Si Baudelaire estableció del dandi como figura clásica del paisaje urbano, Saavedra apuesta por el escritor como un dealer para el que la escritura es la droga del momento. Una miseria compartida. Un producto a vender.
7.- Ciertas frases, ciertos fraseos. La prosa de Rafa también tiene sus inconscientes repeticiones: What a fuck. Antything. Wathever. Another Round of beers. Pelea o finge. The living end. La química del alucine. Soy inocente I know. What a stupid life. Confío buten en mí. ¿ok?
8.- La ciudad es una carga, un escaparate, una transfiguración. La visión de Rafa Saavedra es la de un videoasta: paneos y acercamientos, corte de edición y flashbacks. “Una banda sonora para un pésimo film juvenil”. Prosa inquieta, que no para de moverse. Imágenes abigarradas. Conceptos-misiles. Primeros planos. Siempre primeros planos.
9.-Rafa, el poeta, a veces toma el mando y se apodera de su prosa:
“Sin una canción, el día no termina”./
Sin speed, el camino no tiene fin ni filosofía. /
todo se desploma, se dispersa, se difumina./
No importa lo que se diga o se practique./
Ocurre.
“Y lejos del noise practica exactamente eso: lo que ocurre en un momento, lo que sucede en un instante: “una luz que ilumina la inútil apuesta de un cerdo cerca del matadero. Una luz y ya”. 10.- Lo extremo, lo bizarro lo marginal en gustos y en sustos. Pero sin cortarte las venas, sin dejarte ir del todo. Prosa de voyeur obsesivo. Mundo sin convicciones ni creencias, donde el autor recorre “las calles con la ligera sospecha de que algo sucede bajo esa superficie de normalidad.” En deriva, sin anclajes. Flujo y trivialidad. Break up y diversión.
11.- Prosa adictiva que puedes leer sin continuación, sin sincronía, donde el “alegre pesimismo” es testigo de la realidad que se desvanece, dejando en su lugar un “malestar difuso”, unas “respuestas evasivas a una pregunta cerrada”.
12.- Lejos del noise es el tercer libro de textos (cóctel de relatos-ensayos-crónicas-bitácora-snapshots) de Rafa Saavedra. Un escritor que tiene el valor de afirmar lo que otros autores de su misma generación no admiten (desde Heriberto Yépez hasta Laura Jáuregui, desde Regina Swain hasta Jorge Ortega): “que ya sabemos que de lo que pasa no tenemos ni puta idea”. Valor de aceptarlo y lucidez reveladora frente a su propia generación literaria que todavía cree en prestigios, jerarquías y ganancias. Rafa, en cambio, sólo juega desde la indiferencia, desde la levedad, desde la melancolía cool.
13.- Y al final sólo queda una cuestión básica en la escritura de Saavedra, una interrogante rabiosa: ¿Cómo hacer para ser feliz? Mi respuesta es obvia: leyendo las ficciones ajenas, las sinceridades tribales, las frivolidades intrusas de Lejos del noise (Moho, 2002).
14.- Y, después de todo, hay esperanza, porque Rafa Saavedra ha reunido en su obra “old stories, sustancias nuevas, beat crazy, arte y vida perdiendo la cordura. La música era lo de menos, las intenciones, el rozar a los cuerpos, el poder de jugar ese game, la posibilidad de anotar”.
15.- Entre el “no hay nada por hacer” de Samuel Beckett y el “yo rara vez me pierdo de vista a mí mismo” de Paul Valery, Rafa Saavedra escribe su ruido, ensordece su prosa, sigue su camino: un pasito para adelante y otro pasito para atrás. Quizás ese es el peligro mayor: los temas repetidos, la idéntica perspectiva, el fraseo similar de una prosa que ya no da para más, que ya no aporta novedades al leerse. La fórmula de Saavedra denota un peligroso agotamiento estilístico, comienza a convertirse en una parodia de sí misma, en un engolosinamiento que deja imperturbable a su autor pero que cansa a muchos de sus lectores que le han seguido la pista desde sus Postcards, en 1995. La evolución escritural ha dado paso al pastiche. La gracia empieza a perderse. Los chistes y situaciones descritas no alcanzan a tornarse en una visión real, en una realidad autónoma, independiente de su creador.
16.- Al final sólo queda un escritor que ha hecho su propio camino hasta convertirlo en un callejón sin salida, en una tour para voyeuristas. Epica del aburrimiento como una forma de existencia comunitaria, de comuna donde el ego flota en libertad, ajeno a todos los aplausos y a todas las críticas. Utopía de la anestesia y la ataraxia.
texto aparecido en Bitácora y aquí
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domingo, 1 de abril de 2007
reviews: lejos del noise
Presentación de Lejos del noise,
Libro de relatos de Rafa Saavedra (Moho Editores, 2003).
Texto leído en:
* Parroquia de Santa Clara, Colonia de Maipú, Chile. Mayo 29.
* Galería Adolph Gottlieb, Estocolmo, Suecia. Junio 2.
* Centro Cultural, Tijuana, México. Junio 12.
Es cosa de volteretas. He contado, hasta el día de ayer, ventiséis reseñas de Lejos del noise publicadas en Internet, además de por lo menos cien comentarios, aproximaciones, escupitajos y urras de todos colores. Desde la malsoñada fan que pregunta al autor “¿Por qué permites que una editorial afee tanto tu trabajo?”, hasta el lector incondicional de América del Sur que se ofrece para traducirlo a cuatro idiomas —aunque sabemos que Lejos del noise está escrito en cuatro idiomas— y compara al narrador de “Got. No. Time” con los himnos breves pero musculosos de Fugazi y Minor Threat.
El tercer libro de Rafa también llamó la atención a un grupo de médicos de Nuevo León que aprovechó los recesos del XVI Congreso Nacional de Hospitales y Clínicas contra la Osteoporosis para comentar Lejos del noise, bajo seudónimos hechos con ampoyeta y gasa, como era de esperarse. Black Diafragma alega que el relato “The problem with us” es un chantaje a las autoridades a raíz de la línea “¿Cómo retomar el timón de una vida so fucked up?”
Último Bisturí opina que Rafa escribió su libro en un procesador de palabras con alto nivel de triglicéridos, y asegura haber sufrido tal estremecimiento en la lectura que envió sus condolencias a Moho Editores y mantuvo a su familia en cuarentena. El úlitmo de los doctores, Mitocondria, que escribe con el tono grisáceo de los jubilados, habló desde el naturalismo y no dudo en clasificar a Rafa Saavedra como miembro de una especie en extinción.
Y aquí detuve la búsqueda. Qué cosa más light. Lo que sabemos de la extinción de las especies ha sido suavizado hasta el melodrama. Por un lado tenemos al eslabón perdido, que por décadas confundimos con el Sasquatch que luchaba contra Lee Majors, un salvaje de peluche comportándose como niño chiquito, y hoy se nos dice, por el contrario, que el eslabón perdido era una horda con tortícolis que fue abriéndose paso por las costas europeas mediante genocidios, mutilaciones y limpiezas étnicas que hacen ver Servia-Herzegovina como un clip del Discovery Kids. Mientras tanto el panda gigante, acosado por la piedad institucional de los civilizados, es indiferente al esfuerzo de tantos zoólogos que se queman las pestañas buscándole el punto G mientras el buen oso, que ve pasar los años mascando bambú con tal pachorra, no tiene ganas de reproducirse.
Envié al doctor Mitocondria un mail con estos argumentos, obviamente sin respuesta. La vara de los principios narrativos ve con malos ojos la escritura de Rafa, a pesar del feeling intoxicante y radioactivo que se contagia. Si tomamos como ciencia exacta la obra de escritores formados y formadores como Daniel Sada o Luis Humberto Crosthwaite, lo de Rafa es pura especulación. Una especulación que deja respirando las páginas de cada uno de sus libros y que lo mantiene fiel a tres o cuatro certezas de vida que no conozco, pero que intuyo aproximadamente.
Por hablar de calificación, doy a Lejos del noise un 7 en frescura, un 6 en ósmosis inversa, un 8 en siniestralidad y un 9 en la prueba del Carbono 14, la más ruda, que va en relación a su fecha de caducidad, que no se ve muy próxima. Es un libro irregular, pero esto es lo de menos. Lejos del noise reafirma el deseo de ver un volumen antológico con los mejores textos de Rafa, entre los cuales estarán sin duda “Ultrapop”, “Rollercoaster”, “Got. No. Time” y “Pánico en Iketa”, además de anteriores como “@” y “Vómito en el freeway”. Será una bomba.
Y luego esta lo otro. La definición del género, que implica una discusión aburridísima y fuera de caso, y el rol generacional, sea que se tome en serio o no a Rafa como micrófono ambulante de los afectos colectivos. “Rollercoaster” es de una integridad apabullante, no sé qué tan conciente, de una generación fiestera pero desangelada por la que el narrador siente una cariñosa antipatía y cuyo soundtrack natural es obra de los Happy Mondays. Con una advertencia: estoy seguro que Rafa no busca suscribirse en una generación determinada, pero esa tendencia genial a mixear imágenes, siempre en plural de primera persona, hace de cada texto un manifiesto. Mitad credo, mitad fobia, mitad ganas de seguir bailando.
Sólo en “Rollercoaster” hay 93 referencias al No. Entre caídas, arrepentimientos, soledades, retornos, retadrdos, sombras, negativas, contraórdenes, cegueras y arrebatos. Rafa, cuál es la frecuencia. No estás poniendo atención: no estoy aquí. No estás poniendo atención: esto no está sucediendo. No estás poniendo atención: mátame Sara. Rafa, cuál es el método. Uno muy divertido y fértil es que no te consideras escritor sino una especie de impostor mediático con el cerebro en shuffle.
A la literatura se le quiere, pero puede ir a chingar a su madre. Alguien pide a Rafa su colaboración para equis revista cultural, de sociales o fanzine de pasillo, y él despacha en minutos como se despachan tacos (él mismo lo define así). Todo nace con un detonador, que suele ser una pregunta:
a) Y tú qué prefieres, ¿una pluma húmeda o una lengua líquida?
b) ¿Qué harías con un metro cuadrado de velcro?
c) ¿Cuál es tu serial-killer favorito?
d) ¿Cómo metes dos hipócritas en un gabinete chino?
La respuesta se concatena bien o mal, pero llega después de un recorrido a toda velocidad, un zig-zag que te invita a bajar en la primera estación o a sostenerte con fuerza para esos espirales y esos loops. En el mejor de los casos. Porque en vez del paseo, puede venir una confrontación acerca de tu posición ante la vida, la fiesa y la ciudad, sus tres grandes carabelas.
La escritura de Rafa Saavedra fija los parámetros de latitud y longitud para muchos que estamos ahí, como satélites. Puede que sus textos estén (cómo decirlo) subproducidos, con ruido intencional pero también ruido que debilita y confunde, pero al escribir Rafa dirige su lámpara alrededor y entonces ve a los demás, en uno u otro cuadrante, mirándolo de reojo como referencia, y en algunos casos, como verdadero eje. Rafa es el Ecuador. Si deja de escribir, nos descoloca a todos.
Como sucede a Rafa con “Hearth of glass” de Blondie, Lejos del noise me hace sentir feliz. Aunque al llegar al final del libro haya olvidado la mitad de las imágenes y una hora después el 90%. Aunque de 16 relatos sólo 2 sean inmortales, 2 sustanciosos, 3 interesantes, 3 mejorables y 6 en la semana yo te marco. Pero aún en los relatos más débiles como “You can´t win” y “Fade in, Fade out”, hay una línea que inquieta.
Porque hay mucho de actitud en esto. Un buen cuento debe lograr ser leído y un mal cuento debe ser vigorosamente malo. A Rafa no le importa demasiado si Lejos del noise gustó, pero le emociona ver cómo reunió a esta gente. Lo cual es importante para él aunque no mucho más que un abrazo, una postal llegada de la Antártida o una pieza de pan dulce del AM/PM a las 3:40 de la madrugada, cosa tan común.
*Mr Phuy (aka Javier Fernandez Acevez)
posteado en: http://mr_phuy.blogspot.com/2003_06_01_mr_phuy_archive.html junio 2003
Libro de relatos de Rafa Saavedra (Moho Editores, 2003).
Texto leído en:
* Parroquia de Santa Clara, Colonia de Maipú, Chile. Mayo 29.
* Galería Adolph Gottlieb, Estocolmo, Suecia. Junio 2.
* Centro Cultural, Tijuana, México. Junio 12.
Es cosa de volteretas. He contado, hasta el día de ayer, ventiséis reseñas de Lejos del noise publicadas en Internet, además de por lo menos cien comentarios, aproximaciones, escupitajos y urras de todos colores. Desde la malsoñada fan que pregunta al autor “¿Por qué permites que una editorial afee tanto tu trabajo?”, hasta el lector incondicional de América del Sur que se ofrece para traducirlo a cuatro idiomas —aunque sabemos que Lejos del noise está escrito en cuatro idiomas— y compara al narrador de “Got. No. Time” con los himnos breves pero musculosos de Fugazi y Minor Threat.
El tercer libro de Rafa también llamó la atención a un grupo de médicos de Nuevo León que aprovechó los recesos del XVI Congreso Nacional de Hospitales y Clínicas contra la Osteoporosis para comentar Lejos del noise, bajo seudónimos hechos con ampoyeta y gasa, como era de esperarse. Black Diafragma alega que el relato “The problem with us” es un chantaje a las autoridades a raíz de la línea “¿Cómo retomar el timón de una vida so fucked up?”
Último Bisturí opina que Rafa escribió su libro en un procesador de palabras con alto nivel de triglicéridos, y asegura haber sufrido tal estremecimiento en la lectura que envió sus condolencias a Moho Editores y mantuvo a su familia en cuarentena. El úlitmo de los doctores, Mitocondria, que escribe con el tono grisáceo de los jubilados, habló desde el naturalismo y no dudo en clasificar a Rafa Saavedra como miembro de una especie en extinción.
Y aquí detuve la búsqueda. Qué cosa más light. Lo que sabemos de la extinción de las especies ha sido suavizado hasta el melodrama. Por un lado tenemos al eslabón perdido, que por décadas confundimos con el Sasquatch que luchaba contra Lee Majors, un salvaje de peluche comportándose como niño chiquito, y hoy se nos dice, por el contrario, que el eslabón perdido era una horda con tortícolis que fue abriéndose paso por las costas europeas mediante genocidios, mutilaciones y limpiezas étnicas que hacen ver Servia-Herzegovina como un clip del Discovery Kids. Mientras tanto el panda gigante, acosado por la piedad institucional de los civilizados, es indiferente al esfuerzo de tantos zoólogos que se queman las pestañas buscándole el punto G mientras el buen oso, que ve pasar los años mascando bambú con tal pachorra, no tiene ganas de reproducirse.
Envié al doctor Mitocondria un mail con estos argumentos, obviamente sin respuesta. La vara de los principios narrativos ve con malos ojos la escritura de Rafa, a pesar del feeling intoxicante y radioactivo que se contagia. Si tomamos como ciencia exacta la obra de escritores formados y formadores como Daniel Sada o Luis Humberto Crosthwaite, lo de Rafa es pura especulación. Una especulación que deja respirando las páginas de cada uno de sus libros y que lo mantiene fiel a tres o cuatro certezas de vida que no conozco, pero que intuyo aproximadamente.
Por hablar de calificación, doy a Lejos del noise un 7 en frescura, un 6 en ósmosis inversa, un 8 en siniestralidad y un 9 en la prueba del Carbono 14, la más ruda, que va en relación a su fecha de caducidad, que no se ve muy próxima. Es un libro irregular, pero esto es lo de menos. Lejos del noise reafirma el deseo de ver un volumen antológico con los mejores textos de Rafa, entre los cuales estarán sin duda “Ultrapop”, “Rollercoaster”, “Got. No. Time” y “Pánico en Iketa”, además de anteriores como “@” y “Vómito en el freeway”. Será una bomba.
Y luego esta lo otro. La definición del género, que implica una discusión aburridísima y fuera de caso, y el rol generacional, sea que se tome en serio o no a Rafa como micrófono ambulante de los afectos colectivos. “Rollercoaster” es de una integridad apabullante, no sé qué tan conciente, de una generación fiestera pero desangelada por la que el narrador siente una cariñosa antipatía y cuyo soundtrack natural es obra de los Happy Mondays. Con una advertencia: estoy seguro que Rafa no busca suscribirse en una generación determinada, pero esa tendencia genial a mixear imágenes, siempre en plural de primera persona, hace de cada texto un manifiesto. Mitad credo, mitad fobia, mitad ganas de seguir bailando.
Sólo en “Rollercoaster” hay 93 referencias al No. Entre caídas, arrepentimientos, soledades, retornos, retadrdos, sombras, negativas, contraórdenes, cegueras y arrebatos. Rafa, cuál es la frecuencia. No estás poniendo atención: no estoy aquí. No estás poniendo atención: esto no está sucediendo. No estás poniendo atención: mátame Sara. Rafa, cuál es el método. Uno muy divertido y fértil es que no te consideras escritor sino una especie de impostor mediático con el cerebro en shuffle.
A la literatura se le quiere, pero puede ir a chingar a su madre. Alguien pide a Rafa su colaboración para equis revista cultural, de sociales o fanzine de pasillo, y él despacha en minutos como se despachan tacos (él mismo lo define así). Todo nace con un detonador, que suele ser una pregunta:
a) Y tú qué prefieres, ¿una pluma húmeda o una lengua líquida?
b) ¿Qué harías con un metro cuadrado de velcro?
c) ¿Cuál es tu serial-killer favorito?
d) ¿Cómo metes dos hipócritas en un gabinete chino?
La respuesta se concatena bien o mal, pero llega después de un recorrido a toda velocidad, un zig-zag que te invita a bajar en la primera estación o a sostenerte con fuerza para esos espirales y esos loops. En el mejor de los casos. Porque en vez del paseo, puede venir una confrontación acerca de tu posición ante la vida, la fiesa y la ciudad, sus tres grandes carabelas.
La escritura de Rafa Saavedra fija los parámetros de latitud y longitud para muchos que estamos ahí, como satélites. Puede que sus textos estén (cómo decirlo) subproducidos, con ruido intencional pero también ruido que debilita y confunde, pero al escribir Rafa dirige su lámpara alrededor y entonces ve a los demás, en uno u otro cuadrante, mirándolo de reojo como referencia, y en algunos casos, como verdadero eje. Rafa es el Ecuador. Si deja de escribir, nos descoloca a todos.
Como sucede a Rafa con “Hearth of glass” de Blondie, Lejos del noise me hace sentir feliz. Aunque al llegar al final del libro haya olvidado la mitad de las imágenes y una hora después el 90%. Aunque de 16 relatos sólo 2 sean inmortales, 2 sustanciosos, 3 interesantes, 3 mejorables y 6 en la semana yo te marco. Pero aún en los relatos más débiles como “You can´t win” y “Fade in, Fade out”, hay una línea que inquieta.
Porque hay mucho de actitud en esto. Un buen cuento debe lograr ser leído y un mal cuento debe ser vigorosamente malo. A Rafa no le importa demasiado si Lejos del noise gustó, pero le emociona ver cómo reunió a esta gente. Lo cual es importante para él aunque no mucho más que un abrazo, una postal llegada de la Antártida o una pieza de pan dulce del AM/PM a las 3:40 de la madrugada, cosa tan común.
*Mr Phuy (aka Javier Fernandez Acevez)
posteado en: http://mr_phuy.blogspot.com/2003_06_01_mr_phuy_archive.html junio 2003
viernes, 15 de diciembre de 2006
think different (just do it)
El cartel premiado, la última foto autografiada y una A de rápida e incestuosa belleza se remezclan por telepatía, recuerdo inaudito de una fiesta brillante. Todo es energía mediática, problemas de comprensión entre ordenador after punk e hiper textos de Baudrillard fuera de casa. Euforia de propaganda y noches de kickboxing cayendo en el sanatorio de pequeño rendimiento: esa fascinación, parcialmente transitoria, reflejada por máscaras y enigmas de consolación.
Ayer girasoles perturbados, Angélica flotando en su interior. Sin adeudos comprobados, con la mirada de grandes éxitos. Puesta de largo, toda de negro, morbosamente anoréxica; con su inseparable bolso de diseñador italiano y las uñas pintadas de rojo. Hoy es una pésima escena de USA como campo de juego; mi amiga, sin perder nunca el estilo, murió ahorcada justo al momento de emprender una nueva trayectoria. Aún se movían tristemente sus pies desnudos —rocío, diana centrada, festivalitos— cuando el policía, émulo del peor Elvis, fingiendo velocidad y distracción se dispuso a llenar el reporte mientras le daba traguitos a su botella afterhours. Super freak.
Afuera, cuellos blancos esquivan la futilidad intermitente y denotan poderío de ser maravillas, sus risas pudriéndose groovy histeria verde moho. El éxito es un camino personal que odia a letárgicos y libertarios en network. Aquí dentro, rotas las banderas de futuro por construir —al arder todo sin esquemas de triunfo— se paga excesivo peaje por el crujir de tontas ilusiones en pasarela. Es sangre lo que llueve, una realidad en la cual las cosas hasta que se caen tres veces son comestibles, puro hype, agridulces sinfonías para adolescentes, racha de soledad escogida, desventajas de la (e)lección que se intuye en la consigna «The seconds are losers». Ganar no es lo más importante, es lo único. ¿Quién quiere lanzar un website de pésimo diseño, sin pauta doctrinal y un motivo real para empezar a sentir? Fuck, ¿a esto se le llama democracia o perder el toque? Sin duda, algún día reiremos al preguntar en una de esas tontas reuniones de generación si son tan felices entre tanto integralismo y Ak-47. Olvidaba recalcar, esto es la guerra del ajo.
>La campaña de hoy es una jugada sucia.
>No hay escape
>La fiesta es tomorrow, no faltes
>¿Te conté lo de ayer?
>Las mentiras son como navajas
>Dios es un cobarde solicitando ayuda
Mi más entrañable amigo estudiaba economía de la imagen, abraxas como símbolo, ruido nocturno. Un aliado post www, intensidad acid house y pánico lingüístico por el tono misógino empleado por supuestos Nmigos. Sus ojos abiertos como temporal de roída esperanza y saltos al vacío, la sonrisa enfundada con la culpa de santa Biblia. El adiós, entre el sol y nuestro corazón, fue tan sólo una página compartida en aquel diario de juventud Panasonic. Todos los momentos, toda la zozobra, todo eso por fin terminó. Ahora la memoria es como aquella primera corbata colegial que usamos, aquella que siempre termina por asfixiarnos como extraña modalidad autoerótica y bizarra extensión curricular que impide encontrar las palabras exactas que describir nuestro sentir.
—¿Qué se puede hacer voyeur?
—Think different.
Cerca de aquí ocurre otro suicidio con imaginativo pie de foto [Dispara trombón, kraut al instante]. It’s my birthday, córtame el pelo que nunca más podremos rescatar las imágenes almacenadas en nuestro dañado hard drive. Yo, de kid, tocaba botones patchinko cuando se facturó la conspiración que por años padecimos. Smurfs, surf, turf. ¿Quién siente el dolor? Mi amiga ahorcada, mi más entrañable amigo Demonio de Tasmania, el error de noviembre. Un sticker post-desencanto proclama —como última salida— a cualquier intención nuestra una lógica psi de grandes letras negras: “I’ll be your mirror”. Debo ser el único que está esperando que ocurra algo nuevo.
Quizá un día de estos sucede y explota todo.
Los fragmentos que encontraremos por casualidad serán sólo eso: ego resquebrajado, recortes de vida y artistas. Beber es un negocio piadoso, notas inconclusas y llamadas de tres minutos por no molestar a los folks. El resultado son mil idiotas en reportes pinza, babosos aspirantes a la estética skywalker, rudos ancianos en autobuses, música selecta para sadomadiscoshows, honorables lavaplatos en período de negación, pizzas y putas, flú, movies y relajitos, la libertad de mercado equiparada con la violación tumultaria, el hogar que naufragó entre programas de discusión y penitencias, un revival de anuncios de Corn Flakes. Lo mejor y lo peor. Una cortina de humo para historias verdaderas, vertedero para complejos vitamínicos y situacionistas, himnos de amplificación pansexual y choques en grandes avenidas, jingles para soluciones adversas. Pendejaditas como esas.
Please, ¡esto es un simulacro! Una guerra casual, una engañosa sit-com de vida amable y muégano, una colección de postales y sonrisas, top models en desfiles de carnicería. De la letra A descrita al inicio sobran los adjetivos y faltan los instintos globalizadores del «Just do it». Una parodia de anuncio para evitar el trabajo cruz de volar de nuevo o darse cuenta que la muerte, como la lluvia, tiene versatilidad RAM extendida a 128 MB, una lista secreta de deudas y misantropía demóniga de folclor surrealista. Ya nunca sentiremos lo mismo que ayer: nuestro ascendente high school no soporta el verano emblema ni slackpies de eterna sonrisa y t-shirts que informan “You are here”, ese feedback químico que implica una pequeña delgadez y la idea de que todo pensamiento es una brigada de sensaciones. Nevermind, es el tiempo de v-chips y formas acabadas, destronar héroes sin suerte y mantener la promesa.
¿Un consejo? Run, run, run.
Ayer girasoles perturbados, Angélica flotando en su interior. Sin adeudos comprobados, con la mirada de grandes éxitos. Puesta de largo, toda de negro, morbosamente anoréxica; con su inseparable bolso de diseñador italiano y las uñas pintadas de rojo. Hoy es una pésima escena de USA como campo de juego; mi amiga, sin perder nunca el estilo, murió ahorcada justo al momento de emprender una nueva trayectoria. Aún se movían tristemente sus pies desnudos —rocío, diana centrada, festivalitos— cuando el policía, émulo del peor Elvis, fingiendo velocidad y distracción se dispuso a llenar el reporte mientras le daba traguitos a su botella afterhours. Super freak.
Afuera, cuellos blancos esquivan la futilidad intermitente y denotan poderío de ser maravillas, sus risas pudriéndose groovy histeria verde moho. El éxito es un camino personal que odia a letárgicos y libertarios en network. Aquí dentro, rotas las banderas de futuro por construir —al arder todo sin esquemas de triunfo— se paga excesivo peaje por el crujir de tontas ilusiones en pasarela. Es sangre lo que llueve, una realidad en la cual las cosas hasta que se caen tres veces son comestibles, puro hype, agridulces sinfonías para adolescentes, racha de soledad escogida, desventajas de la (e)lección que se intuye en la consigna «The seconds are losers». Ganar no es lo más importante, es lo único. ¿Quién quiere lanzar un website de pésimo diseño, sin pauta doctrinal y un motivo real para empezar a sentir? Fuck, ¿a esto se le llama democracia o perder el toque? Sin duda, algún día reiremos al preguntar en una de esas tontas reuniones de generación si son tan felices entre tanto integralismo y Ak-47. Olvidaba recalcar, esto es la guerra del ajo.
>La campaña de hoy es una jugada sucia.
>No hay escape
>La fiesta es tomorrow, no faltes
>¿Te conté lo de ayer?
>Las mentiras son como navajas
>Dios es un cobarde solicitando ayuda
Mi más entrañable amigo estudiaba economía de la imagen, abraxas como símbolo, ruido nocturno. Un aliado post www, intensidad acid house y pánico lingüístico por el tono misógino empleado por supuestos Nmigos. Sus ojos abiertos como temporal de roída esperanza y saltos al vacío, la sonrisa enfundada con la culpa de santa Biblia. El adiós, entre el sol y nuestro corazón, fue tan sólo una página compartida en aquel diario de juventud Panasonic. Todos los momentos, toda la zozobra, todo eso por fin terminó. Ahora la memoria es como aquella primera corbata colegial que usamos, aquella que siempre termina por asfixiarnos como extraña modalidad autoerótica y bizarra extensión curricular que impide encontrar las palabras exactas que describir nuestro sentir.
—¿Qué se puede hacer voyeur?
—Think different.
Cerca de aquí ocurre otro suicidio con imaginativo pie de foto [Dispara trombón, kraut al instante]. It’s my birthday, córtame el pelo que nunca más podremos rescatar las imágenes almacenadas en nuestro dañado hard drive. Yo, de kid, tocaba botones patchinko cuando se facturó la conspiración que por años padecimos. Smurfs, surf, turf. ¿Quién siente el dolor? Mi amiga ahorcada, mi más entrañable amigo Demonio de Tasmania, el error de noviembre. Un sticker post-desencanto proclama —como última salida— a cualquier intención nuestra una lógica psi de grandes letras negras: “I’ll be your mirror”. Debo ser el único que está esperando que ocurra algo nuevo.
Quizá un día de estos sucede y explota todo.
Los fragmentos que encontraremos por casualidad serán sólo eso: ego resquebrajado, recortes de vida y artistas. Beber es un negocio piadoso, notas inconclusas y llamadas de tres minutos por no molestar a los folks. El resultado son mil idiotas en reportes pinza, babosos aspirantes a la estética skywalker, rudos ancianos en autobuses, música selecta para sadomadiscoshows, honorables lavaplatos en período de negación, pizzas y putas, flú, movies y relajitos, la libertad de mercado equiparada con la violación tumultaria, el hogar que naufragó entre programas de discusión y penitencias, un revival de anuncios de Corn Flakes. Lo mejor y lo peor. Una cortina de humo para historias verdaderas, vertedero para complejos vitamínicos y situacionistas, himnos de amplificación pansexual y choques en grandes avenidas, jingles para soluciones adversas. Pendejaditas como esas.
Please, ¡esto es un simulacro! Una guerra casual, una engañosa sit-com de vida amable y muégano, una colección de postales y sonrisas, top models en desfiles de carnicería. De la letra A descrita al inicio sobran los adjetivos y faltan los instintos globalizadores del «Just do it». Una parodia de anuncio para evitar el trabajo cruz de volar de nuevo o darse cuenta que la muerte, como la lluvia, tiene versatilidad RAM extendida a 128 MB, una lista secreta de deudas y misantropía demóniga de folclor surrealista. Ya nunca sentiremos lo mismo que ayer: nuestro ascendente high school no soporta el verano emblema ni slackpies de eterna sonrisa y t-shirts que informan “You are here”, ese feedback químico que implica una pequeña delgadez y la idea de que todo pensamiento es una brigada de sensaciones. Nevermind, es el tiempo de v-chips y formas acabadas, destronar héroes sin suerte y mantener la promesa.
¿Un consejo? Run, run, run.
jueves, 14 de diciembre de 2006
La gente se droga (rough mix)
En la esquina del barrio, siendo un chaval a escondidas de sus padres, encerrado en el garage, con ellos en la sala de una casa de interés social, frente a la foto familiar, en la fiesta de aniversario, la noche de graduación, en la boda de un gran amigo, en el entierro de un familiar lejano, en el estacionamiento de la escuela, con el sueldo de otros, en el concierto que recomienda con cuatro estrellitas la guía del ocio, en un bar de rompe y rasga, yendo al guateque al que no fue invitada, empujando el sentido de diversión, en la escalinata de la vieja catedral, camino a casa, viendo pasar a la patrulla, a bordo de ella, despidiendo al último día en que se hablará de ella.
En la recámara escuchando a todo volumen a gospel o click’n’cuts, para sentirse into the groove, en una oficina del Palacio Municipal, en un cine de sesión continua, asustado en un callejón oscuro, por compromiso adquirido sin saberlo o una mala apuesta, en pleno colapso, para sentirse mejor o peor (aunque no sea así), para estropearlo todo y después corregir el rumbo, leyendo los manuales de una vida ordinaria, al seguir los doce pasos de auto ayuda, tomándose fotos, sin un asomo de remordimiento, con una tarjeta bancaria con saldo en ceros, con los nuevos billetes, viendo el promocional de una campaña condenada al fracaso, cuando todo termina y el dolor duela, para evitar sentirse solo y por no poder hacer nada, cuando el poli no ve, para adentrarse en uno mismo, para desafiar a la autoridad, para regresar a verificar aquello que nunca ocurrió, por recordar la primera vez, por los viejos tiempos y lo que ya nunca estará, en el cuarto frío de un bar alternativo, revisando recibos por pagar en el penthouse de luxe, mirando como se difumina una línea blanca.
Ante chispas de fuego, a bordo de una vespa, frente al signo de neón de un bar de postín, eufórica en el dance floor, aspirando el humo en una calle mojada, al asomarse por la ventana y sonreír al ver que es demasiado tarde para comprender, en un picadero de mala muerte, con la esperanza de que no se note tanto, porque no se tiene ni puta idea del mejor momento de las cosas, en las colonias perdidas de la periferia, a bordo del taxi, cuando se pone el sol en la playa, en los patios frontales de las zonas exclusivas, escuchando mp3’s, para seguirle el juego a un malandro y tener un pretexto por el cual escribir, para sentirse incluido en un discurso mediático que asusta a medio mundo, en un bar de putísima madre, cuando la cabeza da vueltas, en el mero corazón de la city esquivando carteristas, en cualquier lugar, a toda hora, por diversos motivos.
A la salida de una sesión de aerobics, escuchando la histeria magnificada de un born again christian en una esquina cualquiera del downtown, por desatino, para no sufrir más, antes de hacer algo, para tratar de abatir la opresión, en la exposición de arte conceptual, en el buffete de las 10 de la mañana, a bordo del auto, por subversión y por entrar en trance, para aclarar dudas y formularse nuevas preguntas, bailando soul y haciendo el ridículo en un karaoke, ante la perspectiva de entrar a ese lugar y no encajar, por razones de corte académico, por un complejo de rockstar, en el edificio del partido, al tener las otras puertas cerradas, por creer en algo, para dejarse caer, sin prisa ante tanta estafa, para reventar estereotipos y reinventarlos, porque no sabe decir «No», por angustia y desencanto, por culpa de Timothy Leary, por visitar la sala de emergencias y para disimular el peso de una semana atroz, para expresar luego las cuitas de una desintoxicación en los tv shows.
Al recuperarse de un face-lift, para soportar la maldita soledad, leyendo un libro que nunca se termina, para esquivar el desamor y fingir ese sentimiento de diversión, para celebrar el cierre de un trato excepcional y compartir el último logro, al iniciar una relación de complicidad, para asustar a los viejos al traerse a casa chicas delirantes, por no tener nada mejor que hacer, para (des)conectarse en un canal de acceso restringido, como expresión de una reckless youth, acatando las instrucciones de un email, por extender el instante de sensualidad, escuchando jazz trasnochado o viendo en vivo a Roni Size, por el sonido alterado del dúa-dúa y el repetitivo chis-pun-chis-pun, haciendo un searching en allthewev, leyendo los archivos de liberadamaria.blogspot.com, en la cabina del teléfono con la nariz sangrante, por la influencia de la moda y la permisividad social, para contrarrestar el influjo de la hipocresía y por la alegría de vivir como si siempre fuera ahora.
Por una religión y el poder y el dinero que se tiene o no se tiene, para sobrevivir los domingos aburridos y una existencia de segunda o para extender el éxito que llega de repente, alucinando con el post-rock de última generación, al cumplir una promesa y enterrar el pasado y avizorar el futuro, por culpa de Lou Reed y su caminar en el lado salvaje, debido a Burroughs y sus cientos de anécdotas, por el sentimiento de culpa impuesto por 2000 años de cultura occidental, por la falta de algo que no se sabe qué demonios es, como reacción ante tanto infomercial, para cambiar de roles, para aguantar el tipo en la junta de negocios, ante la presencia de micrófonos y cámaras televisivas, para no sentirse tan sólo cuando se deja de escuchar los aplausos, por llevarse el gato al agua, por purita rebelión, por saber que no hay nada que temer, para comprobar lo que otros han dicho ya, por fallar ante la tradición y por aspirar el sabor del fracaso o de la gloria al hacerse daño.
Para decir «lo siento» , para exclamar «lo hice y ya», con el poder de las palabras, por encontrar divertido el riesgo, dando vueltas por el boulevard en un auto recién sacado de la agencia, probando las bocinas del estereo con un cd de norteñas, para no cagarse de miedo ante una big adventure, para arrepentirse después, por el peer pleasure del contingente IN y por hedonismo aplicado, por abandonar la cobardía en una larga caminata sin destino y por encontrar cierto valor de los excesos, ante la (des)información cotidiana, porque es cool y por una situación de lenguaje, por estar en el mero borde de las cosas, por curiosidad de eso que otros pregonan por la televisión, para sentir el frenesí de la creación, para (de)construir la realidad, para que alguien tenga trabajo, para indagar la veracidad de los llamados paraísos artificiales, por saldar una cuenta pendiente, por compartir con alguien un instante que, a menos de que aparezca en un recuadro de la página policíaca, será inolvidable
Mientras se prepara para una blind date, opinando en cadena nacional, en el intermedio de la película y en el fulgor de los días, porque la ruta de destrucción y el camino de la sabiduría es el mismo, en los afterhours y en las horas de trabajo, antes de que tomen la foto que aparecerá en la página de Sociales, entre café y café, al fundirse en otra alma, en el transcurso de un rave, en el cuarto de hotel justo antes de coger, para aguantar el sermón en la misa dominical, al llegar a casa, por aburrimiento, con la fe puesta en ello, en los breaks, para asesinar un futuro no sustentable, para leer una reseña no favorable y enterarse del adiós que golpea el corazón, por la herencia de los malditos hippies, durante los comerciales del último reality show, para sentir el colocón en el coletazo del weekend, por ese falso propósito de búsqueda existencial, por hambre y por simple deseo de estimulación, en el declive de una civilización, por emular al ángel exterminador y prolongar una noche de suerte.
Por el punk, el hip hop y el acid house, por el rush, por el despertar de los sentidos, por que nunca es hoy, por tener algo que contar, para reírte hasta el infinito, para encontrar una pota emoción y escapar de una vida patética, después del ensayo sabatino, pisando el acelerador del auto hasta el fondo, escuchando death metal o esos maratones del rock de los ochenta, para llegar hasta el final y pelear la última caída, para no enamorarse de un sueño que se rompe frente a todos, como desahogo de responsabilidad, porque Candy says y los cómics lo afirman, para (di)vagar y sentir el verano entre la desolación, ante un reto difícil, para tener una promesa que cumplir, para besar a la muerte y desviar la atención, porque así se quiere y así se desea, aquí y ahora, como todos, sin saberlo, porque al final todos son sensaciones y eso es la felicidad, porque la vida es corta y se acaba y porque ¡qué más da!
En la recámara escuchando a todo volumen a gospel o click’n’cuts, para sentirse into the groove, en una oficina del Palacio Municipal, en un cine de sesión continua, asustado en un callejón oscuro, por compromiso adquirido sin saberlo o una mala apuesta, en pleno colapso, para sentirse mejor o peor (aunque no sea así), para estropearlo todo y después corregir el rumbo, leyendo los manuales de una vida ordinaria, al seguir los doce pasos de auto ayuda, tomándose fotos, sin un asomo de remordimiento, con una tarjeta bancaria con saldo en ceros, con los nuevos billetes, viendo el promocional de una campaña condenada al fracaso, cuando todo termina y el dolor duela, para evitar sentirse solo y por no poder hacer nada, cuando el poli no ve, para adentrarse en uno mismo, para desafiar a la autoridad, para regresar a verificar aquello que nunca ocurrió, por recordar la primera vez, por los viejos tiempos y lo que ya nunca estará, en el cuarto frío de un bar alternativo, revisando recibos por pagar en el penthouse de luxe, mirando como se difumina una línea blanca.
Ante chispas de fuego, a bordo de una vespa, frente al signo de neón de un bar de postín, eufórica en el dance floor, aspirando el humo en una calle mojada, al asomarse por la ventana y sonreír al ver que es demasiado tarde para comprender, en un picadero de mala muerte, con la esperanza de que no se note tanto, porque no se tiene ni puta idea del mejor momento de las cosas, en las colonias perdidas de la periferia, a bordo del taxi, cuando se pone el sol en la playa, en los patios frontales de las zonas exclusivas, escuchando mp3’s, para seguirle el juego a un malandro y tener un pretexto por el cual escribir, para sentirse incluido en un discurso mediático que asusta a medio mundo, en un bar de putísima madre, cuando la cabeza da vueltas, en el mero corazón de la city esquivando carteristas, en cualquier lugar, a toda hora, por diversos motivos.
A la salida de una sesión de aerobics, escuchando la histeria magnificada de un born again christian en una esquina cualquiera del downtown, por desatino, para no sufrir más, antes de hacer algo, para tratar de abatir la opresión, en la exposición de arte conceptual, en el buffete de las 10 de la mañana, a bordo del auto, por subversión y por entrar en trance, para aclarar dudas y formularse nuevas preguntas, bailando soul y haciendo el ridículo en un karaoke, ante la perspectiva de entrar a ese lugar y no encajar, por razones de corte académico, por un complejo de rockstar, en el edificio del partido, al tener las otras puertas cerradas, por creer en algo, para dejarse caer, sin prisa ante tanta estafa, para reventar estereotipos y reinventarlos, porque no sabe decir «No», por angustia y desencanto, por culpa de Timothy Leary, por visitar la sala de emergencias y para disimular el peso de una semana atroz, para expresar luego las cuitas de una desintoxicación en los tv shows.
Al recuperarse de un face-lift, para soportar la maldita soledad, leyendo un libro que nunca se termina, para esquivar el desamor y fingir ese sentimiento de diversión, para celebrar el cierre de un trato excepcional y compartir el último logro, al iniciar una relación de complicidad, para asustar a los viejos al traerse a casa chicas delirantes, por no tener nada mejor que hacer, para (des)conectarse en un canal de acceso restringido, como expresión de una reckless youth, acatando las instrucciones de un email, por extender el instante de sensualidad, escuchando jazz trasnochado o viendo en vivo a Roni Size, por el sonido alterado del dúa-dúa y el repetitivo chis-pun-chis-pun, haciendo un searching en allthewev, leyendo los archivos de liberadamaria.blogspot.com, en la cabina del teléfono con la nariz sangrante, por la influencia de la moda y la permisividad social, para contrarrestar el influjo de la hipocresía y por la alegría de vivir como si siempre fuera ahora.
Por una religión y el poder y el dinero que se tiene o no se tiene, para sobrevivir los domingos aburridos y una existencia de segunda o para extender el éxito que llega de repente, alucinando con el post-rock de última generación, al cumplir una promesa y enterrar el pasado y avizorar el futuro, por culpa de Lou Reed y su caminar en el lado salvaje, debido a Burroughs y sus cientos de anécdotas, por el sentimiento de culpa impuesto por 2000 años de cultura occidental, por la falta de algo que no se sabe qué demonios es, como reacción ante tanto infomercial, para cambiar de roles, para aguantar el tipo en la junta de negocios, ante la presencia de micrófonos y cámaras televisivas, para no sentirse tan sólo cuando se deja de escuchar los aplausos, por llevarse el gato al agua, por purita rebelión, por saber que no hay nada que temer, para comprobar lo que otros han dicho ya, por fallar ante la tradición y por aspirar el sabor del fracaso o de la gloria al hacerse daño.
Para decir «lo siento» , para exclamar «lo hice y ya», con el poder de las palabras, por encontrar divertido el riesgo, dando vueltas por el boulevard en un auto recién sacado de la agencia, probando las bocinas del estereo con un cd de norteñas, para no cagarse de miedo ante una big adventure, para arrepentirse después, por el peer pleasure del contingente IN y por hedonismo aplicado, por abandonar la cobardía en una larga caminata sin destino y por encontrar cierto valor de los excesos, ante la (des)información cotidiana, porque es cool y por una situación de lenguaje, por estar en el mero borde de las cosas, por curiosidad de eso que otros pregonan por la televisión, para sentir el frenesí de la creación, para (de)construir la realidad, para que alguien tenga trabajo, para indagar la veracidad de los llamados paraísos artificiales, por saldar una cuenta pendiente, por compartir con alguien un instante que, a menos de que aparezca en un recuadro de la página policíaca, será inolvidable
Mientras se prepara para una blind date, opinando en cadena nacional, en el intermedio de la película y en el fulgor de los días, porque la ruta de destrucción y el camino de la sabiduría es el mismo, en los afterhours y en las horas de trabajo, antes de que tomen la foto que aparecerá en la página de Sociales, entre café y café, al fundirse en otra alma, en el transcurso de un rave, en el cuarto de hotel justo antes de coger, para aguantar el sermón en la misa dominical, al llegar a casa, por aburrimiento, con la fe puesta en ello, en los breaks, para asesinar un futuro no sustentable, para leer una reseña no favorable y enterarse del adiós que golpea el corazón, por la herencia de los malditos hippies, durante los comerciales del último reality show, para sentir el colocón en el coletazo del weekend, por ese falso propósito de búsqueda existencial, por hambre y por simple deseo de estimulación, en el declive de una civilización, por emular al ángel exterminador y prolongar una noche de suerte.
Por el punk, el hip hop y el acid house, por el rush, por el despertar de los sentidos, por que nunca es hoy, por tener algo que contar, para reírte hasta el infinito, para encontrar una pota emoción y escapar de una vida patética, después del ensayo sabatino, pisando el acelerador del auto hasta el fondo, escuchando death metal o esos maratones del rock de los ochenta, para llegar hasta el final y pelear la última caída, para no enamorarse de un sueño que se rompe frente a todos, como desahogo de responsabilidad, porque Candy says y los cómics lo afirman, para (di)vagar y sentir el verano entre la desolación, ante un reto difícil, para tener una promesa que cumplir, para besar a la muerte y desviar la atención, porque así se quiere y así se desea, aquí y ahora, como todos, sin saberlo, porque al final todos son sensaciones y eso es la felicidad, porque la vida es corta y se acaba y porque ¡qué más da!
miércoles, 13 de diciembre de 2006
b.r.e.a.k.u.p. (scale mix)
Estamos en blanco, intentando (re)descubrir el lado menos disperso de las cosas, los vínculos que unen y atrapan, instrumentos y espacios que (r)evocan una situación de amplitud luminosa. Abstracciones intrascendentes y un poco más. La casualidad propicia encuentros, un aceptar de retos, beats melancólicos e infinitas curvas que rompen la monotonía del camino. Las coincidencias matan, aniquilan nuestra razón dejándonos a merced del “Y, ¿si eso fuera posible...?” Una ilusión que conduce al fracaso, el motivo ideal para abandonar, para romper con todo e irse lejos de aquí. [Correr siempre funciona]
TOO GOOD TO BE TRUE
Es irónico, lo bueno nunca perdura. Por eso, tratar de decir adiós nos parece un acto de salud mental. Como premisa de fado, era obvio que algo vital íbamos a perder al conocernos mejor, ya fuese el aire de seguridad que tanto nos enorgullecía, esa inocencia que no regresará jamás o la posibilidad física de continuar avanzando con apremio y firmeza en una autopista que celebra, sin saber, la inquebrantable tendencia a equivocarse. Lo nuestro se fue desgastando de modo prodigioso. La felicidad nos paso de prisa como un solo de armónica que explota justo en la memoria mientras pensamos que, efectivamente, con lo emocional a la baja, nada genial nos puede ocurrir. Rara sensación.
YOU NEED TO BE ALERT
A veces sobran las preguntas y se necesitan urgentemente respuestas que expliquen lo que gira y gira, un reactivo que rompa la narcosis entre el control remoto y las telecomedias de vida diaria, ecos de uniformidad y el feedback del psychocandy ingerido en un afterhours de lujo y miseria. Apunte crucial: Alguien dijo, sin ironía aparente, que no podemos seguir viviendo si no conocemos ni la risa de una chiva. ¿Es eso algo aprehensible? El supuesto devenir histórico que prepara y se merienda nuestros temores y grandes proyectos; ese material corrosivo, presente para los que acaban y los que no, se oculta en una banda de ruido blanco que marca el STOP en un fin de semana aparentemente interminable. Un señalamiento poco visible que impide dinamitar ese loop brutal de almas solitarias e impuestos por declarar, lo que queda cuando ya no hay marcha atrás. [Una reacción en cadena]
A BIG MISTAKE IS TO GIVE UP
Esto no es una salida, nunca lo fue. ¿Qué se puede hacer? ¿Apagar las luces, romper el escenario, cancelar la función? ¿Algo que haga menos ruido? Nuestro pasado somos nosotros. Cada elección que hacemos tiene una consecuencia. ¿Quién nos juzga? Nosotros mismos. Insatisfechos, procuramos recuperar la intensidad en las cintas que intercambiamos, las que escuchamos hundidos en un sofá de expresiones aburridas por la globalidad mediatizada que diluye nuestro interés por todo. Canciones para días espectaculares, trozos de vida, plegarias y exvotos, espinas clavadas, e-mails difusos, anarcofrases intercaladas en largas pláticas a corazón abierto, sensaciones difíciles de explicar. [La obsesión por el futuro arruina el presente]
LISTEN FIRST, NEVER ARGUE
Disfunción comunicativa. Hablando y escuchando voces que no son nuestras. Sin entender el mensaje, sin querer entenderlo. La trascendencia es una palabra dura y compleja. Nos mentimos al señalar que el cambio será el mejor camino. El único. ¿Es eso posible? Sólo eran sueños, pero los disfrutamos tanto. Ahora, al despertar e instalarnos en eso que llaman vida cotidiana, ya no hay lazos de confianza que podamos recuperar. Estamos cansados de volar, de repasar días de algoritmos y formulismos sociales, de sonreír dialécticamente o de estar en perfecta sincronía con la oferta. Todo oscila, se resume en presentimientos, un espectáculo que desafía a la gravedad, maquetas de rigurosa precisión, un quedarse quieto por la indecisión de volver o no a esos sitios a los que juntos solíamos ir.
WHERE WILL IT END?
Seguimos esperando que suceda lo que tenga que ocurrir, que alguien arroje una esperanza que evoque la lucidez de nuestro pensamiento o que pugne por el rápido disparo que aniquile lo poco que permanece vigente. Algo que evite reducir la belleza a un estereotipo de premios y citas, que detenga toda esa alegría casi despreciable, que borre el video tape de rutas y destinos que, justo en momentos como este, se activa de manera automática. Grabar historias, planos americanos de tanto sufrimiento, guiños y confusión en perspectiva lejos del noise. Es triste recordar que, flipando en la violencia, llegamos a pensar que esto sería diferente sin reconocer que aún antes de empezar, se desmoronaba ya. [Cuidado: Tramo en reparación]
YOU WILL HAVE A GREAT HAIR DAY TOMORROW
Compartir algo, aprender de ello y despedirse. Hay ocasiones en que se requiere agitar las cosas para evitar que se solidifiquen; si nada cambia, todo es tan aburrido y poco divertido. La seguridad nos produce estrías de falso confort. El futuro es un sueño a consumir; la felicidad, una mercancía con fecha de caducidad. Necesitamos un golpe para reaccionar; luego, uno más para asimilar la situación y seguir adelante. Si algo se mueve, lo demás inevitablemente se moverá. Entonces conviene esperar otro momento para tomar fotografías en las que nunca saldremos con las nubes detrás o buscar efectos que nos ayuden a crecer, explicar y detallar lo que nos llevo al olvido, o simplemente para disfrutar un encuentro fortuito. Aterrizar la vida, volver a brillar -al filo de lo irreparable- con el fulgor de billboard nocturno. [Las malas decisiones son algo de todos los días]
FORGET THE PAST AND BE HAPPY
El dolor provoca conciencia. El desapego no conduce a nada, la tristeza es un estadio vacío, el pretexto para evadir celebraciones que jamás llegan a buen término, la sensación de error, eso que nos estremece y no podemos vencer. Abstencionismo como regla, indiferencia como consuelo. Una banda sonora que, discusiones aparte, en una multiplicidad de clicks & cuts nos deja sin nada que decir. O ese no saber que hacer que obliga a tomar un sendero diferente porque las cosas al final son así. [Are we still in the game?]
THE FUTURE IS OPEN WIDE
Si nos encontramos algún día, te diré de manera convincente: “Estoy en mi mejor momento” y tú pronunciarás un seco “Me estoy perdiendo tantas cosas”. Confesaré sincero: “Todo eso me abruma” y tú, casi sin querer, musitarás un “Eso me hace sentir sin enfoque”. Al hacer las preguntas equivocadas, nos daremos cuenta que teníamos algo bueno en común. Y dirás ”Mil gracias por todo” y te diré: “Extraño esto y aquello”. Veremos con asombro, antes de sellar con una sonrisa de videoclip el inevitable rompimiento, el reflejo estúpido de nuestra trayectoria. En ese instante, nos daremos cuenta que, otra vez, estamos... huyendo... de todo... lo que pudimos ser...
TOO GOOD TO BE TRUE
Es irónico, lo bueno nunca perdura. Por eso, tratar de decir adiós nos parece un acto de salud mental. Como premisa de fado, era obvio que algo vital íbamos a perder al conocernos mejor, ya fuese el aire de seguridad que tanto nos enorgullecía, esa inocencia que no regresará jamás o la posibilidad física de continuar avanzando con apremio y firmeza en una autopista que celebra, sin saber, la inquebrantable tendencia a equivocarse. Lo nuestro se fue desgastando de modo prodigioso. La felicidad nos paso de prisa como un solo de armónica que explota justo en la memoria mientras pensamos que, efectivamente, con lo emocional a la baja, nada genial nos puede ocurrir. Rara sensación.
YOU NEED TO BE ALERT
A veces sobran las preguntas y se necesitan urgentemente respuestas que expliquen lo que gira y gira, un reactivo que rompa la narcosis entre el control remoto y las telecomedias de vida diaria, ecos de uniformidad y el feedback del psychocandy ingerido en un afterhours de lujo y miseria. Apunte crucial: Alguien dijo, sin ironía aparente, que no podemos seguir viviendo si no conocemos ni la risa de una chiva. ¿Es eso algo aprehensible? El supuesto devenir histórico que prepara y se merienda nuestros temores y grandes proyectos; ese material corrosivo, presente para los que acaban y los que no, se oculta en una banda de ruido blanco que marca el STOP en un fin de semana aparentemente interminable. Un señalamiento poco visible que impide dinamitar ese loop brutal de almas solitarias e impuestos por declarar, lo que queda cuando ya no hay marcha atrás. [Una reacción en cadena]
A BIG MISTAKE IS TO GIVE UP
Esto no es una salida, nunca lo fue. ¿Qué se puede hacer? ¿Apagar las luces, romper el escenario, cancelar la función? ¿Algo que haga menos ruido? Nuestro pasado somos nosotros. Cada elección que hacemos tiene una consecuencia. ¿Quién nos juzga? Nosotros mismos. Insatisfechos, procuramos recuperar la intensidad en las cintas que intercambiamos, las que escuchamos hundidos en un sofá de expresiones aburridas por la globalidad mediatizada que diluye nuestro interés por todo. Canciones para días espectaculares, trozos de vida, plegarias y exvotos, espinas clavadas, e-mails difusos, anarcofrases intercaladas en largas pláticas a corazón abierto, sensaciones difíciles de explicar. [La obsesión por el futuro arruina el presente]
LISTEN FIRST, NEVER ARGUE
Disfunción comunicativa. Hablando y escuchando voces que no son nuestras. Sin entender el mensaje, sin querer entenderlo. La trascendencia es una palabra dura y compleja. Nos mentimos al señalar que el cambio será el mejor camino. El único. ¿Es eso posible? Sólo eran sueños, pero los disfrutamos tanto. Ahora, al despertar e instalarnos en eso que llaman vida cotidiana, ya no hay lazos de confianza que podamos recuperar. Estamos cansados de volar, de repasar días de algoritmos y formulismos sociales, de sonreír dialécticamente o de estar en perfecta sincronía con la oferta. Todo oscila, se resume en presentimientos, un espectáculo que desafía a la gravedad, maquetas de rigurosa precisión, un quedarse quieto por la indecisión de volver o no a esos sitios a los que juntos solíamos ir.
WHERE WILL IT END?
Seguimos esperando que suceda lo que tenga que ocurrir, que alguien arroje una esperanza que evoque la lucidez de nuestro pensamiento o que pugne por el rápido disparo que aniquile lo poco que permanece vigente. Algo que evite reducir la belleza a un estereotipo de premios y citas, que detenga toda esa alegría casi despreciable, que borre el video tape de rutas y destinos que, justo en momentos como este, se activa de manera automática. Grabar historias, planos americanos de tanto sufrimiento, guiños y confusión en perspectiva lejos del noise. Es triste recordar que, flipando en la violencia, llegamos a pensar que esto sería diferente sin reconocer que aún antes de empezar, se desmoronaba ya. [Cuidado: Tramo en reparación]
YOU WILL HAVE A GREAT HAIR DAY TOMORROW
Compartir algo, aprender de ello y despedirse. Hay ocasiones en que se requiere agitar las cosas para evitar que se solidifiquen; si nada cambia, todo es tan aburrido y poco divertido. La seguridad nos produce estrías de falso confort. El futuro es un sueño a consumir; la felicidad, una mercancía con fecha de caducidad. Necesitamos un golpe para reaccionar; luego, uno más para asimilar la situación y seguir adelante. Si algo se mueve, lo demás inevitablemente se moverá. Entonces conviene esperar otro momento para tomar fotografías en las que nunca saldremos con las nubes detrás o buscar efectos que nos ayuden a crecer, explicar y detallar lo que nos llevo al olvido, o simplemente para disfrutar un encuentro fortuito. Aterrizar la vida, volver a brillar -al filo de lo irreparable- con el fulgor de billboard nocturno. [Las malas decisiones son algo de todos los días]
FORGET THE PAST AND BE HAPPY
El dolor provoca conciencia. El desapego no conduce a nada, la tristeza es un estadio vacío, el pretexto para evadir celebraciones que jamás llegan a buen término, la sensación de error, eso que nos estremece y no podemos vencer. Abstencionismo como regla, indiferencia como consuelo. Una banda sonora que, discusiones aparte, en una multiplicidad de clicks & cuts nos deja sin nada que decir. O ese no saber que hacer que obliga a tomar un sendero diferente porque las cosas al final son así. [Are we still in the game?]
THE FUTURE IS OPEN WIDE
Si nos encontramos algún día, te diré de manera convincente: “Estoy en mi mejor momento” y tú pronunciarás un seco “Me estoy perdiendo tantas cosas”. Confesaré sincero: “Todo eso me abruma” y tú, casi sin querer, musitarás un “Eso me hace sentir sin enfoque”. Al hacer las preguntas equivocadas, nos daremos cuenta que teníamos algo bueno en común. Y dirás ”Mil gracias por todo” y te diré: “Extraño esto y aquello”. Veremos con asombro, antes de sellar con una sonrisa de videoclip el inevitable rompimiento, el reflejo estúpido de nuestra trayectoria. En ese instante, nos daremos cuenta que, otra vez, estamos... huyendo... de todo... lo que pudimos ser...
martes, 12 de diciembre de 2006
Mubi
“We don’t belong here”, repetía cada vez que nos veía tristes. Niños de brea, sonrisas azul melancolía tras el aparecer fortuito de la lluvia, algo corporativo y recurrente que pronto morirá. Pensar que hicimos un gran esfuerzo por evitar esta situación [el fracaso, la confusión, el sindrome de Clérambault]. Todo eso que nos hace ser tan abstractos al ver pasar desnudo al desencanto. En la mente lo opuesto se hace realidad, puede ser una opción química a seguir, una red de seguridad o una maniobra de evasión que obliga a compartir lo que nos queda con los que siempre estuvieron fuera. Sombras nada más.
Mubi dice, Mubi promete, Mubi se arrepiente. Mubi nos enseño a recrear conciertos en la soledad de nuestras habitaciones. Cada vez que se abre la puerta, estamos allí esperando que llegue a inundar todo con sus canciones, efectos especiales y risas pregrabadas. Una fiesta dentro de un vasto vacío, tres mil detalles que en algún lugar, en otro momento alguien contará. Algo tan intenso que si se ve de cerca, se destruye como la ilusión de un birthday wish excepcional. No es extraño entonces recordar que cuando le vimos caer por primera vez, ensordecimos. Un huracán entrando a tierra firme, una e-card diaria en la bandeja de apreciaciones posteriores, una presencia caótica que, paradójicamente, tranquiliza nuestros impulsos más gramscis. Mubi es así.
Lo que Mubi nos mostró fueron básicamente señuelos, ideas, deseos, verdades a medias. Una realidad tan hermosa como increíble. Ahora lo que vemos o escuchamos es un asalto cotidiano que nos ayuda a enfrentar la existencia [fragmentos de guiones, estrofas, video clips, mp3’s, lluvias de abril]. ¿Por qué inicio todo esto? ¿Por qué no vimos el alcance? ¿Por qué no regresa para decir cualquier cosa que nos haga sentir que todo estará bien? Nunca hubo una promesa ni la firma de un contrato con cláusulas en letra pequeña, pero la angustia es puro miedo a perder; la apatía sin sentido, una defensa temporal; y la crueldad de las palabras dichas en una ocasión desafortunada, eso que consume lo que nos queda de alma. Un double play que conduce a la nada.
Con Mubi al frente, todos hicimos trampa, bloqueamos esos pensamientos de pérdida e hicimos ajustes a un presente perturbador. En un momento determinado, todos necesitamos testigos de nuestra vida para poder vivir; un traductor entre el deterioro personal y el placer de hacer. Violencia adecuada como el único camino viable para llegar a ser más que los gustos propios. El aplomo de medio centro buscando los puntos débiles de selección, escudos humanos derribados por un contra letal [ser idealista es peligroso]. Al ocurrir lo que nunca encajo, ya no se pudo mantener la mirada en alto, ni siquiera percibir el desastre o tratar de evitarlo. Caímos en la trampa de la puta cotidianidad: hemos pasado los últimos instantes evocando lo vivido, intentando sentir las mismas cosas que antes. Algo cambió, ya no es posible. Algunas veces los sueños —aun los peores— son mejores que lo que uno realmente posee: una masa amorfa de coincidencias y destellos, un malentendido sentido de libertad, la sumatoria de velocidad, escenas perdidas y jingles que nos informa que lo nuestro sigue siendo lo mismo. Somos nómadas desde siempre.
La vida es lo que tú quieras que sea. Nos mantiene solos, nos mantiene unidos, nos rechaza y nos congrega. Cualquier decisión implica demasiado esfuerzo, rangos de atención que describen un proyecto ambivalente. Prófugos, en eterna búsqueda, off limits. No siempre se puede escapar de lo que se quiere olvidar. Una buena intención, la promesa, el esquivar de semáforos y coches, todo eso que nos hizo trastabillar como el vértigo por no despertar y malsoñar. Eso no basta, una buena pelea nunca será suficiente. No se puede jugar un juego que siempre es igual [no es divertido, no es justo, no es un buen juego]. Esta es una situación de emergencia, la pregunta de motivo y oportunidad, esa misión en caída libre, los objetivos que se fueron eliminando con el paso del tiempo. Somos nuestro propio refugio en riesgo de derrumbe, too smart hasta para pedir ayuda [¿qué tanta sangre puede quedarnos?]
Mubi nunca quiso aparecer en nuestras polaroids, se justificaba al decir que así todo sería más fácil. Tras los abrazos de polvo, dejamos de esperar cosas. Todo lo importante ya ocurrió antes. Si salimos perjudicados es casi una señal, una analogía de fractura y desilusión, la resaca que inevitablemente indica que estamos vivos. Esa fue nuestra elección. El riesgo forma parte de la apuesta, lo que debemos pagar o el inventario de lo que nunca quisimos / debimos dejar pasar. Nuestra vida siempre ha sido una puerta abierta, el disfrutar de la oferta telegénica, la idea romántica de ser feliz sin los efectos del mono.
Sin embargo, hay gente —¿nosotros?— que se ahoga en una posible victoria como aquel homeless nunca habituado al frío del cemento; vivimos la sensación de rompimiento que sobrevive a cualquier intento de plática, algo que no podemos dejar. Por eso, tan sólo por eso, sería mejor estar al margen, reconocer que la nostalgia es una droga que sirve únicamente para embellecer el pasado [en caso de emergencia, rompa el vidrio].
¿Alguien sabe cuál es el problema? Nuestra tristeza ya no recibe donaciones; es un lastre que no vale la pena cargar pero que responde a nuestro “Quisiera olvidar todo”. Funcionar en crisis, conocer secretos, dejar de complacer o pugnar por multiplicidad de opciones y los cambios rápidos, emprender la marcha sin decir adiós, flotando en la superficie, soportando largos silencios que promueven un nuevo sentido, el aprender a captar la esencia de las cosas y hacer algo más con ella que el simple reacomodo de viejas posiciones. No es tan fácil.
Mubi —triste pero tranquilo, impaciente pero feliz— nos acompaño en el viaje de ida. Nos puso en primera fila, en posición de arranque, con la consigna de que «Algunas cosas se van porque nunca debieron estar; otras, porque su tiempo termino» Vanish point bajo una sombra verde como fenómeno de precipitación hi fi; sin embargo, aún queda la esperanza de poner en repeat & repeat aquellas canciones favoritas de antaño, de hoy, de siempre [la música no puede engañarnos].
Mubi dice, Mubi promete, Mubi se arrepiente. Mubi nos enseño a recrear conciertos en la soledad de nuestras habitaciones. Cada vez que se abre la puerta, estamos allí esperando que llegue a inundar todo con sus canciones, efectos especiales y risas pregrabadas. Una fiesta dentro de un vasto vacío, tres mil detalles que en algún lugar, en otro momento alguien contará. Algo tan intenso que si se ve de cerca, se destruye como la ilusión de un birthday wish excepcional. No es extraño entonces recordar que cuando le vimos caer por primera vez, ensordecimos. Un huracán entrando a tierra firme, una e-card diaria en la bandeja de apreciaciones posteriores, una presencia caótica que, paradójicamente, tranquiliza nuestros impulsos más gramscis. Mubi es así.
Lo que Mubi nos mostró fueron básicamente señuelos, ideas, deseos, verdades a medias. Una realidad tan hermosa como increíble. Ahora lo que vemos o escuchamos es un asalto cotidiano que nos ayuda a enfrentar la existencia [fragmentos de guiones, estrofas, video clips, mp3’s, lluvias de abril]. ¿Por qué inicio todo esto? ¿Por qué no vimos el alcance? ¿Por qué no regresa para decir cualquier cosa que nos haga sentir que todo estará bien? Nunca hubo una promesa ni la firma de un contrato con cláusulas en letra pequeña, pero la angustia es puro miedo a perder; la apatía sin sentido, una defensa temporal; y la crueldad de las palabras dichas en una ocasión desafortunada, eso que consume lo que nos queda de alma. Un double play que conduce a la nada.
Con Mubi al frente, todos hicimos trampa, bloqueamos esos pensamientos de pérdida e hicimos ajustes a un presente perturbador. En un momento determinado, todos necesitamos testigos de nuestra vida para poder vivir; un traductor entre el deterioro personal y el placer de hacer. Violencia adecuada como el único camino viable para llegar a ser más que los gustos propios. El aplomo de medio centro buscando los puntos débiles de selección, escudos humanos derribados por un contra letal [ser idealista es peligroso]. Al ocurrir lo que nunca encajo, ya no se pudo mantener la mirada en alto, ni siquiera percibir el desastre o tratar de evitarlo. Caímos en la trampa de la puta cotidianidad: hemos pasado los últimos instantes evocando lo vivido, intentando sentir las mismas cosas que antes. Algo cambió, ya no es posible. Algunas veces los sueños —aun los peores— son mejores que lo que uno realmente posee: una masa amorfa de coincidencias y destellos, un malentendido sentido de libertad, la sumatoria de velocidad, escenas perdidas y jingles que nos informa que lo nuestro sigue siendo lo mismo. Somos nómadas desde siempre.
La vida es lo que tú quieras que sea. Nos mantiene solos, nos mantiene unidos, nos rechaza y nos congrega. Cualquier decisión implica demasiado esfuerzo, rangos de atención que describen un proyecto ambivalente. Prófugos, en eterna búsqueda, off limits. No siempre se puede escapar de lo que se quiere olvidar. Una buena intención, la promesa, el esquivar de semáforos y coches, todo eso que nos hizo trastabillar como el vértigo por no despertar y malsoñar. Eso no basta, una buena pelea nunca será suficiente. No se puede jugar un juego que siempre es igual [no es divertido, no es justo, no es un buen juego]. Esta es una situación de emergencia, la pregunta de motivo y oportunidad, esa misión en caída libre, los objetivos que se fueron eliminando con el paso del tiempo. Somos nuestro propio refugio en riesgo de derrumbe, too smart hasta para pedir ayuda [¿qué tanta sangre puede quedarnos?]
Mubi nunca quiso aparecer en nuestras polaroids, se justificaba al decir que así todo sería más fácil. Tras los abrazos de polvo, dejamos de esperar cosas. Todo lo importante ya ocurrió antes. Si salimos perjudicados es casi una señal, una analogía de fractura y desilusión, la resaca que inevitablemente indica que estamos vivos. Esa fue nuestra elección. El riesgo forma parte de la apuesta, lo que debemos pagar o el inventario de lo que nunca quisimos / debimos dejar pasar. Nuestra vida siempre ha sido una puerta abierta, el disfrutar de la oferta telegénica, la idea romántica de ser feliz sin los efectos del mono.
Sin embargo, hay gente —¿nosotros?— que se ahoga en una posible victoria como aquel homeless nunca habituado al frío del cemento; vivimos la sensación de rompimiento que sobrevive a cualquier intento de plática, algo que no podemos dejar. Por eso, tan sólo por eso, sería mejor estar al margen, reconocer que la nostalgia es una droga que sirve únicamente para embellecer el pasado [en caso de emergencia, rompa el vidrio].
¿Alguien sabe cuál es el problema? Nuestra tristeza ya no recibe donaciones; es un lastre que no vale la pena cargar pero que responde a nuestro “Quisiera olvidar todo”. Funcionar en crisis, conocer secretos, dejar de complacer o pugnar por multiplicidad de opciones y los cambios rápidos, emprender la marcha sin decir adiós, flotando en la superficie, soportando largos silencios que promueven un nuevo sentido, el aprender a captar la esencia de las cosas y hacer algo más con ella que el simple reacomodo de viejas posiciones. No es tan fácil.
Mubi —triste pero tranquilo, impaciente pero feliz— nos acompaño en el viaje de ida. Nos puso en primera fila, en posición de arranque, con la consigna de que «Algunas cosas se van porque nunca debieron estar; otras, porque su tiempo termino» Vanish point bajo una sombra verde como fenómeno de precipitación hi fi; sin embargo, aún queda la esperanza de poner en repeat & repeat aquellas canciones favoritas de antaño, de hoy, de siempre [la música no puede engañarnos].
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