Conozco esta calle mejor que cualquier otro. Hace mucho que termine el viaje de ida y ahora, voy de regreso al sitio de partida para completar la otra cara del Génesis. He visto a muchos tratar de hacer lo mismo y perderse en un mar de gente, de referencias, de ambiciones, de disculpas y promesas; eran los ejércitos de aquellos que preferían tirarse al suelo y abandonarse a la caridad, que luchaban inútilmente por no caer y que acababan dejándose llevar o arrodillándose ante algo poderoso sin pensar qué hacían o por qué lo hacían.
Pocos se esforzaban, algunos soñaban y muchos sufrían; yo pasaba de todo, simplemente caminaba y caminaba. Lo mío era distinto, siempre tuve una suerte de brújula en mi interior que me daba la coordenada perfecta para el inicio. Una y otra vez, la misma calle y el mismo misterio por develar, recién descubierto en un recorrido anterior; eso nunca importo, como tampoco aquello que los demás decían o dicen, que más da, de que lo mío fue el ejemplo del desenfreno que conduce a la miseria universal.
Para mí, no hubo otro camino, era algo que debía hacer. Cosa de la selección natural, algo fría y distante pero increíblemente humana; cosa de la ley de la selva, algo cruel y despiadada pero fácil de explicar; cosa del destino, algo desigual e injusto pero siempre puntualmente impredecible. Era como si la inercia me empujara a hacerlo, como si aquello fuera un control remoto en disposición automática que no se rigiera por las normas y estándares habituales.
No importaba quién, ni cómo, ni por qué ni para qué; una vez que llegaba el momento todo se resumía al acto liberador en sí mismo. Libres para amar a alguien que les sería infiel, de pasarse una vida monótona viendo televisión, de escribir cartas suicidas, de convertirse en una caricatura de lo que habrían llegado a ser, de padecer enfermedades incurables, de pagar impuestos, de ver a sus hijos drogadictos, de sufrir stress por el éxito o fracaso, de bailar desnudos en bares perdidos, de sonreír, de aprender a manejar, de subirse a los aviones, de hacer fila en los mercados, de romper cosas en casas ajenas, de escuchar jazz, de vestirse a la moda, de ser políglota, de beber en cantidad, de soñar despierto, de robar, de ser un mezquino patrón, de ser un buen padre o una madre abusiva, de ir al parque, de rentar un departamento, de ir a funerales, de justificar la existencia indigna.
En ocasiones, cuando recuerdo, pienso un poco en aquel cúmulo de historias llenas de esperanza que nunca leí y que, creo, nunca me apeteció conocer. Historias que pudieron ser breves y extensas, viles y santas, duras o afortunadas, sabias o idiotas, bellas u horribles, sanas y enfermas; historias en las que yo fui cuchillo y fui pistola, fui piel y ropa ensangrentada, fui el suceso que paro de tajo el tiempo con nulo remordimiento. Ellos, los que creen que saben, me preguntan el por qué y, realmente, eso quisiera conocer pero no encuentro una razón válida que sea sincera; yo quisiera volver a la calle, revivir la aventura y sentir el deleite de gozar una experiencia más aunque sé que, por ahora, no tengo la mínima posibilidad.
En esta calle de muerte, algo bello santifica mis acciones y me hermana a ellos, los que están escondidos y los que son perseguidos por culpa de sus instintos. En esta calle, yo no soy el único enfermo, el único demente, el único asesino que se enfrenta a la vida con la voluntad de jugar a ser Dios.
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revisión 2004: Pat Bateman, desnudo en un Pabellón Psiquiatrico. De luxe, btw. A veces piensa en los programas de tv cable que se pierde, como se acumularán las llamadas en su contestadora, que el Dorcia pasará de moda y nunca consiguió la mesa que quería, que su cuerpo se ablanda sin ejercitarlo, que le hace falta una buena crema y unos lentes con armazón de plata. Bateman piensa, piensa cada vez más en eso. Hay una nueva versión (bueno, sólo cambié dos párrafos) en el último ejemplar de la revista Generación, especial asesinos seriales.
* Ojo, el Pat Bateman a que me refiero es el protagonista de American Psycho (Bret Easton Ellis, 1991) y no el jugador de hockey. Y con este, inicie la pequeña tradición personal de escribir un relato basado en un personaje o situación de cada libro editado de Easton Ellis (btw, recomiendo visitar esta página y esta).
martes, 15 de junio de 2004
lunes, 14 de junio de 2004
9. NO SUPÉ CUANDO EL DESTINO MATÓ AL ÚLTIMO SUEÑO QUE DURMIÓ CONMIGO.
ESTOY ENFERMO [sic].
De antemano sabía que no siempre existe una puerta que cerrar para escapar de la realidad. Estaba solo, agitando mis recuerdos y creando, de manera rápida, un cierto pánico existencial asfixiante. "Cuanto tiempo más vas a esperar? Todo tiene un límite, ¡no bailes aquí!", grito enojado el psiquiatra cuando observó lo que yo hacía. Claro, puede que tuviera razón pero ¿en dónde diablos le enseñan a uno a no ser un imbécil? Para mí, él era un asshole que, como todos esos terapistas de salón, únicamente buscaba dinero. Cincuenta dólares por consulta, yo todavía me estoy riendo; me quería tratar como si fuera un pobre Superman rescatando ilusiones abandonadas por la falta de love. Yo era un caso perdido, enganchado a una siniestra imaginación que volcaba en experiencias todavía peores y que, afortunadamente, no necesitaba métodos sofisticados para entender una decisión lógica. Lo mío no era un sueño.
LA INOCENCIA O EL MUNDO.
Había detectado una esencia rara en el aire, que lo hacia sucio y pesado. Era un olor tan fuerte que me hacia fruncir un poco la nariz pero, en la city, todos parecían aceptarlo. Yo me preguntaba a cada instante: ¿De dónde viene ese espantoso olor? ¿Es el drenaje, las fritangas o el sexo de las prostitutas juveniles que se apostaban en las calles? No lo sé, casi siempre fallo y casi nunca puedo asir este intento de realidad. Estoy permanentemente distraído y fuera de lugar. La gente hace cosas, se divierte y yo no podía ni siquiera descifrar ese maldito olor.
Tras no sé cuantos días sin dormir, decidí que todo se debía a un mal corte de cabello. Cuando resolví el misterio estaba frenético, delirante, como sí, por el momento, debiera darle gracias al señor por... ya olvide por qué.
SE MUEREN LAS ESTRELLAS.
Me pongo de rodillas y rezo por aquellos que soñaron con llegar a esta fecha, aquellos que se vieron sobrepasados en imaginación; esos que creyeron haber alcanzado la gloria mañanera y descubrieron, trágicamente, que era falsa la historia. Nos deslizamos en unos años dorados de viento salvaje y la mayoría de la gente, inclusive yo, se acerca a Dios con un miedo finisicular. Otros, mucho más listos, echan a andar la maquinaria y sonríen autosuficientes, sabiéndose poseedores de una multipublicitada sinergía divina que utilizan como la necesaria interface entre plegarias poderosas y pecados latentes. Son profetas de carisma y fotogenia, los que nos venden vía electrónica pedacitos de cielo y que fingen escuchar nuestras voces clamando ayuda, atención o el close-up de un protagonismo en gracia. Somos tan estúpidos que ahora confesamos nuestras cuitas en televisión, nos quejamos por no ser excelentes y todavía creemos que ése, dinero y curso de por medio, es el camino que nos librará del Infierno.
AVAILABLE NOW!
Incapaz de concentrarme pienso en el cielo, la lluvia y lo difícil que es vivir; en relojes digitales, calculadoras científicas y postales del Japón. Cansado, utilizo mi última moneda para llamar por teléfono a mi mejor amigo: ya no está, ya no existe; murió antier por sobredosis y, según me cuenta su hermano, en su funeral hubo muchas flores y condolencias. Fuera de un bar, una vieja loca me grita que yo nunca seré feliz porque las ruedas de hierro mantienen el party en vilo. ¿Cuál party? ¿Cuáles ruedas? No obstante la advertencia sigo caminando y al llegar a una esquina observo el letrero de neón que dice: "Bienvenido al planeta ruido" y me digo a mí mismo: "Yo lo sabía, todo es un placer sintético". Esa revelación me hizó, a pesar de que no comprender por que la mayoría de mi tiempo libre estaba tan aburrido, aferrarme a un estado de conciencia más alto. Ya era muy tarde cuando descubrí que soy yo mismo, nostalgia e incertidumbre.
-----
revisión 2004: Mmm, el texto inicia un juego de palabras (una canción del grupo hispano Golpes Bajos y un trabajo de un escritor neoyorquino que no recuerdo ya el nombre). Búsqueda religiosa meets pop culture. Un (falso) nuevo orden? Pues eso.
De antemano sabía que no siempre existe una puerta que cerrar para escapar de la realidad. Estaba solo, agitando mis recuerdos y creando, de manera rápida, un cierto pánico existencial asfixiante. "Cuanto tiempo más vas a esperar? Todo tiene un límite, ¡no bailes aquí!", grito enojado el psiquiatra cuando observó lo que yo hacía. Claro, puede que tuviera razón pero ¿en dónde diablos le enseñan a uno a no ser un imbécil? Para mí, él era un asshole que, como todos esos terapistas de salón, únicamente buscaba dinero. Cincuenta dólares por consulta, yo todavía me estoy riendo; me quería tratar como si fuera un pobre Superman rescatando ilusiones abandonadas por la falta de love. Yo era un caso perdido, enganchado a una siniestra imaginación que volcaba en experiencias todavía peores y que, afortunadamente, no necesitaba métodos sofisticados para entender una decisión lógica. Lo mío no era un sueño.
LA INOCENCIA O EL MUNDO.
Había detectado una esencia rara en el aire, que lo hacia sucio y pesado. Era un olor tan fuerte que me hacia fruncir un poco la nariz pero, en la city, todos parecían aceptarlo. Yo me preguntaba a cada instante: ¿De dónde viene ese espantoso olor? ¿Es el drenaje, las fritangas o el sexo de las prostitutas juveniles que se apostaban en las calles? No lo sé, casi siempre fallo y casi nunca puedo asir este intento de realidad. Estoy permanentemente distraído y fuera de lugar. La gente hace cosas, se divierte y yo no podía ni siquiera descifrar ese maldito olor.
Tras no sé cuantos días sin dormir, decidí que todo se debía a un mal corte de cabello. Cuando resolví el misterio estaba frenético, delirante, como sí, por el momento, debiera darle gracias al señor por... ya olvide por qué.
SE MUEREN LAS ESTRELLAS.
Me pongo de rodillas y rezo por aquellos que soñaron con llegar a esta fecha, aquellos que se vieron sobrepasados en imaginación; esos que creyeron haber alcanzado la gloria mañanera y descubrieron, trágicamente, que era falsa la historia. Nos deslizamos en unos años dorados de viento salvaje y la mayoría de la gente, inclusive yo, se acerca a Dios con un miedo finisicular. Otros, mucho más listos, echan a andar la maquinaria y sonríen autosuficientes, sabiéndose poseedores de una multipublicitada sinergía divina que utilizan como la necesaria interface entre plegarias poderosas y pecados latentes. Son profetas de carisma y fotogenia, los que nos venden vía electrónica pedacitos de cielo y que fingen escuchar nuestras voces clamando ayuda, atención o el close-up de un protagonismo en gracia. Somos tan estúpidos que ahora confesamos nuestras cuitas en televisión, nos quejamos por no ser excelentes y todavía creemos que ése, dinero y curso de por medio, es el camino que nos librará del Infierno.
AVAILABLE NOW!
Incapaz de concentrarme pienso en el cielo, la lluvia y lo difícil que es vivir; en relojes digitales, calculadoras científicas y postales del Japón. Cansado, utilizo mi última moneda para llamar por teléfono a mi mejor amigo: ya no está, ya no existe; murió antier por sobredosis y, según me cuenta su hermano, en su funeral hubo muchas flores y condolencias. Fuera de un bar, una vieja loca me grita que yo nunca seré feliz porque las ruedas de hierro mantienen el party en vilo. ¿Cuál party? ¿Cuáles ruedas? No obstante la advertencia sigo caminando y al llegar a una esquina observo el letrero de neón que dice: "Bienvenido al planeta ruido" y me digo a mí mismo: "Yo lo sabía, todo es un placer sintético". Esa revelación me hizó, a pesar de que no comprender por que la mayoría de mi tiempo libre estaba tan aburrido, aferrarme a un estado de conciencia más alto. Ya era muy tarde cuando descubrí que soy yo mismo, nostalgia e incertidumbre.
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revisión 2004: Mmm, el texto inicia un juego de palabras (una canción del grupo hispano Golpes Bajos y un trabajo de un escritor neoyorquino que no recuerdo ya el nombre). Búsqueda religiosa meets pop culture. Un (falso) nuevo orden? Pues eso.
sábado, 12 de junio de 2004
10. HAN ATRAPADO A DIOS
Yo venía de una fiesta y caminaba rumbo a casa. Me detuve un poco a mirar borracho el cielo gris de las tres de la mañana cuando vi a un chico que, instalado en lo más alto del puente de la Cinco y Diez, quería dejar atrás el sueño.
“Otro pinche loco que intenta huir”, dije y sin embargo, me quede ahí, esperando morbosamente el momento del aterrizaje. Luego pensé en correr, correr sin parar hasta perder el sentido y olvidarme de ello pero no pude..., el impulso venció a la habitual indiferencia. Subí las escaleras diciéndome a mí mismo: "Tengo que evitarlo".
“No saltes”, dije, “no vale la pena. Acabas hecho una mierda o terminas siendo una grotesca manera de arruinarle el día a esos estúpidos que desayunan huevos y bacon leyendo la nota roja. El dolor no termina aquí ¿entiendes? Ésta es tu única vida”. I can't believe that: yo, el idiota del barrio, dando consejos.
No me contestó, seguía de pie en una de las esquinas, desafiando al equilibrio en un riesgoso juego que me ponía en fase alerta. Claro, soy un 100% pro-suicidio pero vamos, matarse a esas horas no es nada chic ni radical y me preguntaba si habría leído el Manual de Tsurumi Wataru y qué puntaje le habría dado el nisai a este intento de suicidio tan chafa.
—Anda, bájate de ahí que si te tuerce un chota va a pensar que eres tagger y hasta madreado vas a salir.
—Tú no entiendes nada. Es tan difícil ser Cristo, el hijo de Dios...
—A ver, compruébamelo —dije irónico—, haz algo.
—Soy Cristo, no un superhéroe.
Finalmente lo convencí. Bajo muy friquiado e inesperadamente rompió a llorar. No tenía sitio a donde llegarle ni conocía a nadie en la city. Se vino en un long ride desde La Paz y bueno, decidí llevarlo al squat que compartía con unas cuantas almas en desgracia, junkies y vírgenes adolescentes bajo un decorado de discos revueltos y un buten de artefactos pop. Él parecía ser un loser más but who cares, anyway.
Al conocer el sitio en donde vivía señalo que era un ambiente sórdido para un chico tan nice como yo. “Vivir en el peligro es mi fin. Además ¿sabes?”, le dije, “a mí no me aguanta ni mi madre”. Ya no pudo preguntar otra cosa, se quedó jetón en uno de los viejos catres. “¡Bingo!”, pensé cuando lo vi rolado. “¿En cuánto podré vender la exclusiva a Primer Impacto? Live in person, el representante de Dios en la Tierra en su primera visita en 2000 años.”
Eran las 10 a.m. cuando se levanto y mientras desayunábamos unos Fruti Lupis, me contó que estaba harto de vagar alone por segunda vez en el mundo, que todos lo mencionan y le piden cosas pero ¿qué recibía él? Pendientes, letras de agradecimiento y flores.
—¿Para qué fregados me sirve eso si no aguanto esta vida miserable que llevo? No tengo amigos, no tengo en quien confiar, a quien querer —dijo con una voz llena de rencor y angustia.
—Ay no mames —le contesté riéndome—, si aguantaste una crucifixión que no soportes un poquito a la puta soledad.
Unas horas más tarde le presente a los integrantes de la tribu: Tina, una runaway de Detroit que habla poquito español; Tavo, un chilango que nadie sabe como le hace pero todos los días nos trae algo que comer y paga nuestras cuentas; Isabel, la novia social del Tavo que un fin de semana se la pasa aquí y otro en la casa de sus padres; Rubén, un neopunkie que lo único que hace es leer comics, fumar weed o escuchar a Rancid todo el día a tope y Geraldine, una francesita pacheca que recorre el mundo como mochilera y que lleva tres meses en la city.
¡Ah, faltaba Jorge!, que se gana la vida como peluquero y que, cuando llegó del work, le cortó el cabello. Cristo quería mantener el viejo look, you know, cabello largo y barba como la de los fuckin' hippies. “No, no eso ya no se lleva”, le dijimos todos, “que te haga unos baby dread locks, déjate una piocha y ya está”. Como traía el cabello todo enmarañado no fue difícil hacerle las trencitas y como olía a madres, peor que la Charrita Espacial del downtown, lo mandamos derechito al baño. Su ropa vieja fue a parar al cubo de la basura, le presté mi camiseta favorita de Primal Scream y un jeans negro que le quedó, por lo escuálido que estaba, como baggy. Al verlo bañado y cambiado, una emocionada Geraldine le empezó a chiflar.
Las siguientes semanas me la pasé instruyendo a Cristo sobre política, deportes, moda, sexualidad, cultura, sueños, carteles, videos, guerras y deberes. Por un mes, le tocó lavar el baño y sacar la basura en bolsas del súper, una especie de ritual de iniciación a nuestra tribu. Jorge, que era el Mr. Clean de la casa, se encargó de decirle cómo y cuándo tenía que hacerlo y hasta eso, Cristo no era huevón.
Al convivir con él todos los días pude apreciar que sus gustos eran muy especiales. Por un lado, le gustaban las comedias americanas del tipo Seinfeld o Friends (aunque no tenía muy en claro el humor gringo) y por el otro, evitaba cualquier show de cops, investigadores privados o películas violentas de artes marciales. ¿Alguna particularidad? Lloró con ET, era una bestia para jugar Nintendo y decía picsa en vez de pizza; le fascinaba el mole dulce, las galletas de animalitos y la cerveza dos equis. ¿Qué más? Oh sí, se agüitaba cada vez que me ponía mi T-shirt del tour europeo del Hitler, no entendía los albures de Tavo e insistía en darnos un sermón cada domingo.
Yo, en cambio, insistí en ponerlo al tanto de lo que había pasado desde su última visita, el pobre no se había enterado de nada. Le hable de la bomba atómica, la guerra fría, el divorcio, los Jesus Freaks, la parabólica y el fax machine, la crisis de civilización, la leucemia y QVC, la caída del comunismo, el ecocidio y la clave lada para hablar gratis, la corrupción generalizada y las smarts drugs, del punk y los raves, de películas de arte y el lado fringe de las revistas, de la democracia bipartidista y la narcocultura, de los modem molesters y los psycho killers americanos... En fin, él era muy listo y aprendía tan rápido que al mes ya se sabía de memoria los eventos más importantes del siglo XX y hasta diseñaba nuestra página en Internet. Ah, Tavo le consiguió quién sabe cómo una fake id y paso a llamarse Jesús Alvarez; Chuyín, de cariño.
En cuanto a la música no le gustaba el techno o el house y para mi horror, le apetecía más el folk primerizo de Dylan y el soul norteño inglés que escuchaba con Geraldine cada vez que Rubén salía o descuidaba el estéreo. Para remediar su incipiente mal gusto, le grabé una cinta con algo de Consolidated, Le Mans, El Aviador Dro, Pavement, Galaxie 500, France Gall, Mouse on Mars, Luis Arcaraz y Pulp, entre otras cosas que yo no paraba de escuchar en mi walk man Sony. Le cayó en gracia el ‘Dear God’ de los XTC y dijo: "Le comentaré a mi padre".
En las tardes, sentados en el suelo nos poníamos a charlar sobre diferentes asuntos. Que si los malosos son ellos y no nosotros; que si ya no había casi nada decente que ver en la tele salvo los cartoons; que si ahora bastaba con tener una buena colección de discos para querer ser DJ y a veces, ni eso; que si las drogas sintéticas ya no ejercían el mismo poder de atracción que antes; que si Kostabi era un pintor sobrevalorado y por qué ya nadie recordaba al genial Basquiat; que no era cierto que el hip hop fuera sólo para malandros que van a las malls y otras cosas más o menos estúpidas. Otras tardes jugábamos Escrúpulos, Monopolio, cartas o al Mortal Kombat. Yo siempre ganaba y Cristo, insisto, era una bestia para los juegos, inclusive, peor que la mongola de Tina.
En un momento de confusión le hicimos confesar que era virgen. Sure, the last american virgin. Yo tenía mis dudas respecto a sus preferencias sexuales, pero cuando lo vi con Geraldine liado en un heavy match, deseché la idea de que fuese homo. Y aunque Geraldine era de fiar, por si las dudas, le regalé al Chuyín un paquetito de condoms.
En otras ocasiones, cuando estaba stoned, se ponía melancólico y nos recetaba su discurso. Ya saben, la ideología pacifista, el compartir tus bienes con la gente pobre y ese rollo del amor al prójimo. Y nos decía: "Ustedes vinieron a este mundo a sufrir por los pecados que no han cometido. Yo soy el bálsamo para sus lágrimas y la cura a sus lamentos." Yeah, el skunk que conseguía Tavo siempre era de lo mejor.
Para hacerlo encabronar le decía: "Chuyín, Chuyito, ¿por qué no me haces un milagrito?" mientras Isabel y Rubén lo abrumaban con preguntas del tipo: “¿Tienen TV cable en el cielo? ¿Es cierto que los Testigos de Jehová ya tienen reservado todo el cupo allá arriba? ¿Los ángeles son de Charlie, de California o de todo el mundo? ¿Está ahí Andy Warhol? ¿Qué pedo con Ian Curtis?”
Una desafortunada tarde de verano le dije: "Te invito a la noche más killer que hay en la city. Imagínate, cinco dólares y barra libre. All you can fuckin' drink, man." Se apuntó de inmediato. Llegamos temprano, casi no había gente y aprovechamos para empezar el conteo. Chuy pidió un tequila, al principio se sintió un poco raro pero le gustó el sabor; con el segundo tequila encima se puso horny, echándole el ojo a una gringa buenona que lo miraba insistentemente. Se fue a platicar con ella a la terraza y, desde mi lugar, apenas si alcanzaba a escuchar lo que la chica le contaba: "Tantas veces te he buscado, he sentido la necesidad de encontrarte pero siempre escucho una voz interior que me dice ‘¡NO!’ y vuelvo a mi infierno. Esta bien, soy una bitch que le encanta polear pero tengo sentimientos y hasta un poquito de fe". Y él contestó: "It's okey, baby", mientras le agarraba los scharros.
Cuando regrese con otra ronda de tequilas, se tomó de un sólo trago el suyo y me gritó al oído: "¡Es tan divertido. I want to dance!". Gritaba tan eufórico que parecía que se le había metido el pinche chamuco y apenas era el tercer tequila. Entró corriendo a la pista cuando pusieron una de los Offspring.
—¿Cómo se llama esto?
—S-L-A-M. Y cálmate, que eso ya paso de moda.
No supe cómo ni quién armó la bronca pero cuando salimos del club lo estaban esperando unos niggers del tipo dimensional 4x4. Ni chance le dieron de poner la otra mejilla o de defenderse, se lo surtieron de volada. Él sólo decía: "Padre, perdónalos no saben lo que hacen". Pensé en hacerle el paro pero luego dije: "Ni madres" al ver llegar a los piratas del Grupo Táctico; no más me acercaba tantito y ya estaban con la macana lista para soltar los madrazos. Los negros corrieron como si fueran Ben Johnson pero Chuyín no pudo. Uno del Táctico lo alcanzó a agarrar de las trenzitas y vas pa'rriba del pick up en viaje sin escala a la Cárcel Municipal.
De un teléfono público le hablé a Tavo pidiéndole que consiguiera el money suficiente para pagar la multa. Me senté a esperarlo y a las dos horas llegaron Tavo, Geraldine y otro tipo que no conocía; el tipo habló con el que atendía el changarro y pago la multa por faltas al bando de policía y buen gobierno. Nos lo entregaron madreadísimo y descalzo; al pendejo le habían volado las Dr. Martens de Rubén pero eso, por las circunstancias, no lo consideramos importante.
Pasamos primero a la Cruz Roja para que le hicieran algunas curaciones. Tenía el rostro lleno de moretones y cortadas; ahí lo vi, por primera vez, como lo vemos representado en la iglesia: una silueta deplorable y magullada de un hombre sangrante con el rostro apagado y los ojos cerrados.
En el camino a casa, sólo abrió la boca para decir: “¿Por qué Teléfonos no tiene una línea directa para hablar al cielo?”
próximo capítulo: Christo Phone Home
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revisión 2004: ¿Un clásico en el repertorio? Yeah, kind of. Gracias a que buten amigos dan clases en prepas y universidades es uno de mis relatos más leídos. Esta es una versión corregida del texto que apareció en el libro (hay otra, más extensa y actualizada que no encuentro por ninguna parte). ¿De qué se trata? Mmm, bueno, si tomamos en cuenta que Bukowski tiene un relato llamado «Cristo en patines» pensé ¿por qué no puedo imaginarme a Cristo de joven confundido y suicida en TJ? Indie pop + tv shows + revistas underground + noches de farra + violencia + citas de la Biblia + a twisted sense of humour + referencias from de 70´s a los primeros 90´s + la city. A pesar del anuncio, nunco hubo la idea de continuar el relato (era una broma, geddit?).
“Otro pinche loco que intenta huir”, dije y sin embargo, me quede ahí, esperando morbosamente el momento del aterrizaje. Luego pensé en correr, correr sin parar hasta perder el sentido y olvidarme de ello pero no pude..., el impulso venció a la habitual indiferencia. Subí las escaleras diciéndome a mí mismo: "Tengo que evitarlo".
“No saltes”, dije, “no vale la pena. Acabas hecho una mierda o terminas siendo una grotesca manera de arruinarle el día a esos estúpidos que desayunan huevos y bacon leyendo la nota roja. El dolor no termina aquí ¿entiendes? Ésta es tu única vida”. I can't believe that: yo, el idiota del barrio, dando consejos.
No me contestó, seguía de pie en una de las esquinas, desafiando al equilibrio en un riesgoso juego que me ponía en fase alerta. Claro, soy un 100% pro-suicidio pero vamos, matarse a esas horas no es nada chic ni radical y me preguntaba si habría leído el Manual de Tsurumi Wataru y qué puntaje le habría dado el nisai a este intento de suicidio tan chafa.
—Anda, bájate de ahí que si te tuerce un chota va a pensar que eres tagger y hasta madreado vas a salir.
—Tú no entiendes nada. Es tan difícil ser Cristo, el hijo de Dios...
—A ver, compruébamelo —dije irónico—, haz algo.
—Soy Cristo, no un superhéroe.
Finalmente lo convencí. Bajo muy friquiado e inesperadamente rompió a llorar. No tenía sitio a donde llegarle ni conocía a nadie en la city. Se vino en un long ride desde La Paz y bueno, decidí llevarlo al squat que compartía con unas cuantas almas en desgracia, junkies y vírgenes adolescentes bajo un decorado de discos revueltos y un buten de artefactos pop. Él parecía ser un loser más but who cares, anyway.
Al conocer el sitio en donde vivía señalo que era un ambiente sórdido para un chico tan nice como yo. “Vivir en el peligro es mi fin. Además ¿sabes?”, le dije, “a mí no me aguanta ni mi madre”. Ya no pudo preguntar otra cosa, se quedó jetón en uno de los viejos catres. “¡Bingo!”, pensé cuando lo vi rolado. “¿En cuánto podré vender la exclusiva a Primer Impacto? Live in person, el representante de Dios en la Tierra en su primera visita en 2000 años.”
Eran las 10 a.m. cuando se levanto y mientras desayunábamos unos Fruti Lupis, me contó que estaba harto de vagar alone por segunda vez en el mundo, que todos lo mencionan y le piden cosas pero ¿qué recibía él? Pendientes, letras de agradecimiento y flores.
—¿Para qué fregados me sirve eso si no aguanto esta vida miserable que llevo? No tengo amigos, no tengo en quien confiar, a quien querer —dijo con una voz llena de rencor y angustia.
—Ay no mames —le contesté riéndome—, si aguantaste una crucifixión que no soportes un poquito a la puta soledad.
Unas horas más tarde le presente a los integrantes de la tribu: Tina, una runaway de Detroit que habla poquito español; Tavo, un chilango que nadie sabe como le hace pero todos los días nos trae algo que comer y paga nuestras cuentas; Isabel, la novia social del Tavo que un fin de semana se la pasa aquí y otro en la casa de sus padres; Rubén, un neopunkie que lo único que hace es leer comics, fumar weed o escuchar a Rancid todo el día a tope y Geraldine, una francesita pacheca que recorre el mundo como mochilera y que lleva tres meses en la city.
¡Ah, faltaba Jorge!, que se gana la vida como peluquero y que, cuando llegó del work, le cortó el cabello. Cristo quería mantener el viejo look, you know, cabello largo y barba como la de los fuckin' hippies. “No, no eso ya no se lleva”, le dijimos todos, “que te haga unos baby dread locks, déjate una piocha y ya está”. Como traía el cabello todo enmarañado no fue difícil hacerle las trencitas y como olía a madres, peor que la Charrita Espacial del downtown, lo mandamos derechito al baño. Su ropa vieja fue a parar al cubo de la basura, le presté mi camiseta favorita de Primal Scream y un jeans negro que le quedó, por lo escuálido que estaba, como baggy. Al verlo bañado y cambiado, una emocionada Geraldine le empezó a chiflar.
Las siguientes semanas me la pasé instruyendo a Cristo sobre política, deportes, moda, sexualidad, cultura, sueños, carteles, videos, guerras y deberes. Por un mes, le tocó lavar el baño y sacar la basura en bolsas del súper, una especie de ritual de iniciación a nuestra tribu. Jorge, que era el Mr. Clean de la casa, se encargó de decirle cómo y cuándo tenía que hacerlo y hasta eso, Cristo no era huevón.
Al convivir con él todos los días pude apreciar que sus gustos eran muy especiales. Por un lado, le gustaban las comedias americanas del tipo Seinfeld o Friends (aunque no tenía muy en claro el humor gringo) y por el otro, evitaba cualquier show de cops, investigadores privados o películas violentas de artes marciales. ¿Alguna particularidad? Lloró con ET, era una bestia para jugar Nintendo y decía picsa en vez de pizza; le fascinaba el mole dulce, las galletas de animalitos y la cerveza dos equis. ¿Qué más? Oh sí, se agüitaba cada vez que me ponía mi T-shirt del tour europeo del Hitler, no entendía los albures de Tavo e insistía en darnos un sermón cada domingo.
Yo, en cambio, insistí en ponerlo al tanto de lo que había pasado desde su última visita, el pobre no se había enterado de nada. Le hable de la bomba atómica, la guerra fría, el divorcio, los Jesus Freaks, la parabólica y el fax machine, la crisis de civilización, la leucemia y QVC, la caída del comunismo, el ecocidio y la clave lada para hablar gratis, la corrupción generalizada y las smarts drugs, del punk y los raves, de películas de arte y el lado fringe de las revistas, de la democracia bipartidista y la narcocultura, de los modem molesters y los psycho killers americanos... En fin, él era muy listo y aprendía tan rápido que al mes ya se sabía de memoria los eventos más importantes del siglo XX y hasta diseñaba nuestra página en Internet. Ah, Tavo le consiguió quién sabe cómo una fake id y paso a llamarse Jesús Alvarez; Chuyín, de cariño.
En cuanto a la música no le gustaba el techno o el house y para mi horror, le apetecía más el folk primerizo de Dylan y el soul norteño inglés que escuchaba con Geraldine cada vez que Rubén salía o descuidaba el estéreo. Para remediar su incipiente mal gusto, le grabé una cinta con algo de Consolidated, Le Mans, El Aviador Dro, Pavement, Galaxie 500, France Gall, Mouse on Mars, Luis Arcaraz y Pulp, entre otras cosas que yo no paraba de escuchar en mi walk man Sony. Le cayó en gracia el ‘Dear God’ de los XTC y dijo: "Le comentaré a mi padre".
En las tardes, sentados en el suelo nos poníamos a charlar sobre diferentes asuntos. Que si los malosos son ellos y no nosotros; que si ya no había casi nada decente que ver en la tele salvo los cartoons; que si ahora bastaba con tener una buena colección de discos para querer ser DJ y a veces, ni eso; que si las drogas sintéticas ya no ejercían el mismo poder de atracción que antes; que si Kostabi era un pintor sobrevalorado y por qué ya nadie recordaba al genial Basquiat; que no era cierto que el hip hop fuera sólo para malandros que van a las malls y otras cosas más o menos estúpidas. Otras tardes jugábamos Escrúpulos, Monopolio, cartas o al Mortal Kombat. Yo siempre ganaba y Cristo, insisto, era una bestia para los juegos, inclusive, peor que la mongola de Tina.
En un momento de confusión le hicimos confesar que era virgen. Sure, the last american virgin. Yo tenía mis dudas respecto a sus preferencias sexuales, pero cuando lo vi con Geraldine liado en un heavy match, deseché la idea de que fuese homo. Y aunque Geraldine era de fiar, por si las dudas, le regalé al Chuyín un paquetito de condoms.
En otras ocasiones, cuando estaba stoned, se ponía melancólico y nos recetaba su discurso. Ya saben, la ideología pacifista, el compartir tus bienes con la gente pobre y ese rollo del amor al prójimo. Y nos decía: "Ustedes vinieron a este mundo a sufrir por los pecados que no han cometido. Yo soy el bálsamo para sus lágrimas y la cura a sus lamentos." Yeah, el skunk que conseguía Tavo siempre era de lo mejor.
Para hacerlo encabronar le decía: "Chuyín, Chuyito, ¿por qué no me haces un milagrito?" mientras Isabel y Rubén lo abrumaban con preguntas del tipo: “¿Tienen TV cable en el cielo? ¿Es cierto que los Testigos de Jehová ya tienen reservado todo el cupo allá arriba? ¿Los ángeles son de Charlie, de California o de todo el mundo? ¿Está ahí Andy Warhol? ¿Qué pedo con Ian Curtis?”
Una desafortunada tarde de verano le dije: "Te invito a la noche más killer que hay en la city. Imagínate, cinco dólares y barra libre. All you can fuckin' drink, man." Se apuntó de inmediato. Llegamos temprano, casi no había gente y aprovechamos para empezar el conteo. Chuy pidió un tequila, al principio se sintió un poco raro pero le gustó el sabor; con el segundo tequila encima se puso horny, echándole el ojo a una gringa buenona que lo miraba insistentemente. Se fue a platicar con ella a la terraza y, desde mi lugar, apenas si alcanzaba a escuchar lo que la chica le contaba: "Tantas veces te he buscado, he sentido la necesidad de encontrarte pero siempre escucho una voz interior que me dice ‘¡NO!’ y vuelvo a mi infierno. Esta bien, soy una bitch que le encanta polear pero tengo sentimientos y hasta un poquito de fe". Y él contestó: "It's okey, baby", mientras le agarraba los scharros.
Cuando regrese con otra ronda de tequilas, se tomó de un sólo trago el suyo y me gritó al oído: "¡Es tan divertido. I want to dance!". Gritaba tan eufórico que parecía que se le había metido el pinche chamuco y apenas era el tercer tequila. Entró corriendo a la pista cuando pusieron una de los Offspring.
—¿Cómo se llama esto?
—S-L-A-M. Y cálmate, que eso ya paso de moda.
No supe cómo ni quién armó la bronca pero cuando salimos del club lo estaban esperando unos niggers del tipo dimensional 4x4. Ni chance le dieron de poner la otra mejilla o de defenderse, se lo surtieron de volada. Él sólo decía: "Padre, perdónalos no saben lo que hacen". Pensé en hacerle el paro pero luego dije: "Ni madres" al ver llegar a los piratas del Grupo Táctico; no más me acercaba tantito y ya estaban con la macana lista para soltar los madrazos. Los negros corrieron como si fueran Ben Johnson pero Chuyín no pudo. Uno del Táctico lo alcanzó a agarrar de las trenzitas y vas pa'rriba del pick up en viaje sin escala a la Cárcel Municipal.
De un teléfono público le hablé a Tavo pidiéndole que consiguiera el money suficiente para pagar la multa. Me senté a esperarlo y a las dos horas llegaron Tavo, Geraldine y otro tipo que no conocía; el tipo habló con el que atendía el changarro y pago la multa por faltas al bando de policía y buen gobierno. Nos lo entregaron madreadísimo y descalzo; al pendejo le habían volado las Dr. Martens de Rubén pero eso, por las circunstancias, no lo consideramos importante.
Pasamos primero a la Cruz Roja para que le hicieran algunas curaciones. Tenía el rostro lleno de moretones y cortadas; ahí lo vi, por primera vez, como lo vemos representado en la iglesia: una silueta deplorable y magullada de un hombre sangrante con el rostro apagado y los ojos cerrados.
En el camino a casa, sólo abrió la boca para decir: “¿Por qué Teléfonos no tiene una línea directa para hablar al cielo?”
próximo capítulo: Christo Phone Home
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revisión 2004: ¿Un clásico en el repertorio? Yeah, kind of. Gracias a que buten amigos dan clases en prepas y universidades es uno de mis relatos más leídos. Esta es una versión corregida del texto que apareció en el libro (hay otra, más extensa y actualizada que no encuentro por ninguna parte). ¿De qué se trata? Mmm, bueno, si tomamos en cuenta que Bukowski tiene un relato llamado «Cristo en patines» pensé ¿por qué no puedo imaginarme a Cristo de joven confundido y suicida en TJ? Indie pop + tv shows + revistas underground + noches de farra + violencia + citas de la Biblia + a twisted sense of humour + referencias from de 70´s a los primeros 90´s + la city. A pesar del anuncio, nunco hubo la idea de continuar el relato (era una broma, geddit?).
jueves, 10 de junio de 2004
11. AUN BEBO SOLO
"Lo siento", fue lo único que evité decirle. Vino hacia mí, muerta de miedo y con el alma en la mano pero ¿por qué tuve que ser yo? Tenía unos meses que no la veía, yo viajaba a cada rato y ella, mientras tanto, se entretenía coleccionando chicos de veinte años. "Es que son tan lindos", me decía, y claro, yo intentaba comprender esa extraña afición, sin embargo, la muy puerca empezó a contarme cuantas veces se la había mamado a un tal René, si le metían el puño o no sé qué cosas en el culo; harto de su falta de estilo, la mandé al demonio por puta.
No soy celoso, es más nunca lo he sido. Soy tan desapasionado con las cosas que quiero, que no me importa realmente si las pierdo o las conservo. Por ejemplo, mi primer novia era una idiota que quiso darme celos acostándose con mi mejor amigo. Discutiendo, tanto él como yo, coincidimos en que era muy mojigata y una hortera en la cama; después, bebiendo una botella de Scotch que le birle a my old man, nos reímos de ella al recordar el tamaño desigual de sus tetas y cómo insistía en que usáramos condoms.
Esto era más difícil, estaba bebiendo y estaba en este bar tan tiki, hiper atormentado a mis 23 años, con un título universitario desechable y un brillante porvenir (al menos eso fue lo que me dijieron en una ridícula ceremonia de fin de cursos). Me gradúe con honores y ¿para qué? Yo nunca dije que deseaba solamente triunfos y días felices pero esto, chingados, ya es un abuso.
¿Qué ya no hay tiempo? Eso lo sé pero no me importa, al final la vida es sólo un momento trágico que no me interesa vivir. ¿Decepcionado? I don't know, a veces pienso que sí pero, para qué repetir lo mismo que han dicho otros: esto es la histeria y el mundo una mierda. Aquí cabe la pregunta: ¿pero de quién?
Fui al baño a mear el octavo especial y al regresar Paul, mi mejor amigo, me decía: "Escúchame mano, yo también tengo problemas y no me ahogo en ellos". Como loco repliqué con un “¿De qué hablas pendejo, quién tiene problemas?” Él se quedó callado, lo que aproveché para decirle: "Mira Paul, a mí no importa si te drogas, si te inyectas, si revientas. Tan sólo deja de joder con esa cantaleta de ‘¡Uy sí, yo te comprendo!’". Se levantó de su silla, tembloroso apuró el último trago de su whiskie y casi llorando, lo juro, espetó un "¿Por qué eres así de mamón conmigo?".
I hate all the drunkies, really. Un instante después, lo vi salir tambaleante del bar; cuando le di el primer trago al siguiente especial, me di cuenta que estaba bebiendo solo.
Eso me gustaba, sí que me gustaba.
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revisión 2004: Un texto pre-alcoholímetro, too much burlón (el primer párrafo se refiere a X chica que conocí) e irónico (el segundo, a otra más indeseable aún). El quinto párrafo va dedicado a todos aquellos amigos que han intentado Psicología 101 punto drunkies. Creo tener idea de por qué es uno de mis relatos con más éxito entre en lectores masculinos.
Este texto fue publicado por primera vez en el zine El olor del silencio.
No soy celoso, es más nunca lo he sido. Soy tan desapasionado con las cosas que quiero, que no me importa realmente si las pierdo o las conservo. Por ejemplo, mi primer novia era una idiota que quiso darme celos acostándose con mi mejor amigo. Discutiendo, tanto él como yo, coincidimos en que era muy mojigata y una hortera en la cama; después, bebiendo una botella de Scotch que le birle a my old man, nos reímos de ella al recordar el tamaño desigual de sus tetas y cómo insistía en que usáramos condoms.
Esto era más difícil, estaba bebiendo y estaba en este bar tan tiki, hiper atormentado a mis 23 años, con un título universitario desechable y un brillante porvenir (al menos eso fue lo que me dijieron en una ridícula ceremonia de fin de cursos). Me gradúe con honores y ¿para qué? Yo nunca dije que deseaba solamente triunfos y días felices pero esto, chingados, ya es un abuso.
¿Qué ya no hay tiempo? Eso lo sé pero no me importa, al final la vida es sólo un momento trágico que no me interesa vivir. ¿Decepcionado? I don't know, a veces pienso que sí pero, para qué repetir lo mismo que han dicho otros: esto es la histeria y el mundo una mierda. Aquí cabe la pregunta: ¿pero de quién?
Fui al baño a mear el octavo especial y al regresar Paul, mi mejor amigo, me decía: "Escúchame mano, yo también tengo problemas y no me ahogo en ellos". Como loco repliqué con un “¿De qué hablas pendejo, quién tiene problemas?” Él se quedó callado, lo que aproveché para decirle: "Mira Paul, a mí no importa si te drogas, si te inyectas, si revientas. Tan sólo deja de joder con esa cantaleta de ‘¡Uy sí, yo te comprendo!’". Se levantó de su silla, tembloroso apuró el último trago de su whiskie y casi llorando, lo juro, espetó un "¿Por qué eres así de mamón conmigo?".
I hate all the drunkies, really. Un instante después, lo vi salir tambaleante del bar; cuando le di el primer trago al siguiente especial, me di cuenta que estaba bebiendo solo.
Eso me gustaba, sí que me gustaba.
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revisión 2004: Un texto pre-alcoholímetro, too much burlón (el primer párrafo se refiere a X chica que conocí) e irónico (el segundo, a otra más indeseable aún). El quinto párrafo va dedicado a todos aquellos amigos que han intentado Psicología 101 punto drunkies. Creo tener idea de por qué es uno de mis relatos con más éxito entre en lectores masculinos.
Este texto fue publicado por primera vez en el zine El olor del silencio.
miércoles, 9 de junio de 2004
12. ANGELICA SAYS
Angélica cree en mi destino, anhelos y mentiras. Angélica vive emocionada la alegría de mi felicidad y consternada vive la agonía de mi constante depresión; Angélica es mi prozac, mi ecstasy, mi botella de licor. Angélica cura todo mi dolor con su mirada, con sus llamadas o sus faxes. Angélica es la palabra afectuosa de una amiga, el sueño romántico de una novia perenne y la caricia ardiente de un corazón en plena armonía. Angélica dice que no hay nadie como yo, que el mejor día de su vida lo paso conmigo y yo le creo porque es cierto.
Angélica nunca se queja, nunca me reprime. Angélica no cuestiona mis gustos ni crítica a mis ídolos. Angélica me regala libros y sonrisas en amenas charlas de café, entre poemas malditos y cigarrillos mentolados. Angélica comprende mi negro sentido de humor y lo disfruta. Angélica vive encantada con mis historias, me da su tiempo y su compañía sin pensar en el reloj o en otro compromiso.
Angélica sabe escuchar y nunca me interrumpe. Angélica me da consejos cuando yo se los pido, no antes ni después. Angélica sabe que, al final, siempre hago lo que me apetece. Angélica me deja solo cuando lo necesito y esta junto a mí cuando la necesito. Angélica dice que tiembla nerviosamente cuando le platico las locuras que cometo en cada weekend. Angélica realmente se preocupa y eso me hace sentir bien. Angélica se enternece cuando le confieso que ella es la base de mi equilibrio y me anima con sus besos, palabras y caricias.
Angélica es mi punto de control y mi contacto con la realidad. Angélica me salva de mis ataques de rabia y me consuela y me mima como si fuera un niño. Angélica me pide a veces, que no viaje tanto, que baje la velocidad y yo me rió: Angélica sabe que nunca he podido decir que no. Angélica trata de entenderme y eso lo agradezco. Angélica tiene miedo que llegue el día en que acabe todo y me marche. Angélica sabe que eso es imposible, que me puedo alejar pero que siempre volveré para encontrarnos en el mismo sitio.
Angélica ya debería saber que, ahora y siempre, ella ha sido la otra parte de mi vida.
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revisión 2004: ¿Una declaración de amor? ¿Una carta suicida? ¿Una defensa puntual y escrita? Ya no me acuerdo. Algunas veces, antes de leer el texto, decía almost joking que era como si Lou Reed hubiera reescrito ¨La incondicional¨ para Magneto. Sí, pero no. Conozco un par de tipos que se han ligado a chicas llamadas Angélica con este relato (uno nunca sabe para quien trabaja, no?). El compita Roberto Castillo mencionó en la presentación del libro en el CECUT que este era uno de los textos que más le habían gustado (ojo, su esposa se llama Angélica). Mmm, puedo decir que está dedicado única y exclusivamente a Logovo? Pues eso.
Olvide comentar que este texto está inspirado en "Cuando regrese Roberto" de mr ejival, que escuche live and direct en aquel intento alter llamado Cafeína.
Angélica nunca se queja, nunca me reprime. Angélica no cuestiona mis gustos ni crítica a mis ídolos. Angélica me regala libros y sonrisas en amenas charlas de café, entre poemas malditos y cigarrillos mentolados. Angélica comprende mi negro sentido de humor y lo disfruta. Angélica vive encantada con mis historias, me da su tiempo y su compañía sin pensar en el reloj o en otro compromiso.
Angélica sabe escuchar y nunca me interrumpe. Angélica me da consejos cuando yo se los pido, no antes ni después. Angélica sabe que, al final, siempre hago lo que me apetece. Angélica me deja solo cuando lo necesito y esta junto a mí cuando la necesito. Angélica dice que tiembla nerviosamente cuando le platico las locuras que cometo en cada weekend. Angélica realmente se preocupa y eso me hace sentir bien. Angélica se enternece cuando le confieso que ella es la base de mi equilibrio y me anima con sus besos, palabras y caricias.
Angélica es mi punto de control y mi contacto con la realidad. Angélica me salva de mis ataques de rabia y me consuela y me mima como si fuera un niño. Angélica me pide a veces, que no viaje tanto, que baje la velocidad y yo me rió: Angélica sabe que nunca he podido decir que no. Angélica trata de entenderme y eso lo agradezco. Angélica tiene miedo que llegue el día en que acabe todo y me marche. Angélica sabe que eso es imposible, que me puedo alejar pero que siempre volveré para encontrarnos en el mismo sitio.
Angélica ya debería saber que, ahora y siempre, ella ha sido la otra parte de mi vida.
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revisión 2004: ¿Una declaración de amor? ¿Una carta suicida? ¿Una defensa puntual y escrita? Ya no me acuerdo. Algunas veces, antes de leer el texto, decía almost joking que era como si Lou Reed hubiera reescrito ¨La incondicional¨ para Magneto. Sí, pero no. Conozco un par de tipos que se han ligado a chicas llamadas Angélica con este relato (uno nunca sabe para quien trabaja, no?). El compita Roberto Castillo mencionó en la presentación del libro en el CECUT que este era uno de los textos que más le habían gustado (ojo, su esposa se llama Angélica). Mmm, puedo decir que está dedicado única y exclusivamente a Logovo? Pues eso.
Olvide comentar que este texto está inspirado en "Cuando regrese Roberto" de mr ejival, que escuche live and direct en aquel intento alter llamado Cafeína.
lunes, 7 de junio de 2004
13. U.P.C.
Los conocía de años y puedo asegurar que siempre habían sido modositos y algo cursis. Eran de esas parejitas que, en todo lugar, se la pasan abrazados, besándose y diciéndose mutuamente pendejadas como "¿Quién te quiere, darling?" o "Conejito, conejito". La mayoría de nuestros conocidos afirman que son un par de mamones.
Miki, super amigo mío, es asesor bancario con apantalladores trajes Armani y Sandra, la dumb wife que siempre huele a Poison. Viven en un depa del sector clase A+ de la city, no tienen hijos ni mascotas y sus fiestas resultan siempre un enfado: bebidas y botanas raras, pláticas light y lo más cutre del rock of the 80's. Salvo sus trips anuales a Europa, llevaban una vida neo yuppie so boring que para nada me hacían envidiarlos; desafortunadamente arribo ese día en el que la comedia del matrimonio feliz llegó a su fin, y a la pobre pendeja de Sandra, je je, no le fue nada bien.
“Así son todas las viejas”, le estoy diciendo a Miki al momento de ponerle azúcar al café. “En ocasiones hay que demostrar quien manda en la casa y bueno, Sandra es una....”. No pude continuar, él me interrumpe con un sonriente "Sí, ya sé, una puta cerda".
Miki, ebrio del party anterior, se levantó de la cama dirigiéndose al baño por lo que no escuchó cuando Sandra dijo aquel "Ahora sí se acabó, cabrón". Empezó la descarga de insultos que subían de tono conforme él se reía e intentaba calmarla diciéndole: "Toma Prozac, honey". Contó hasta cien e hizó su mejor esfuerzo por no tomarla en serio pero la puta se aferró en montar una pelea.
Reclamos babosos sobre si en el party coqueteó con la novia de Paul, que si el asunto de la cancelación de la tarjeta de crédito, que si ya no podría ir a comer con sus amigas a ese bistro en San Diego que tanto le gustaba, que si ya estaba harta del disco de Modern English que ponía Miki al levantarse y etc. Ante la indiferencia de Miki, una Sandra desbocada gritó como último recurso un "¡Chinga tu puta madre, hijodelachingada!".
Al escuchar esto último, el rostro de Miki se encendió del coraje. “Tengo que darle un escarmiento”, pensó en silencio. ¿Qué será bueno? Ella estaba de espaldas, vestida únicamente con una bata azul, buscando sabe Dios que cosa en el clóset y maldiciendo el día en que se conocieron.
Lo que terminó por encabronar a Miki fue ver en el suelo su preciada chamarra Matsuda de 900 dólares, regalo de pá y má. Fue directo hacia allá, tropezando inesperadamente con una ridícula coffe table que Sandra había comprado en una tienda de antigüedades. El ruido alerto a Sandra que, al voltear, vio tal odio asesino en la mirada de Miki que corrió como despavorida por la recámara intentando ganar la carrera hacia la puerta.
—¡No te atrevas a pegarme, pendejo pues...! —gritó ella, como para darse valor, pero no le sirvió de nada. ¡Zas! Miki le asestó el primer golpe en el estómago y ella se doblo del dolor, el le tiró una patada y de las greñas la aventó a la cama.
—Que no te pegue, ya verás que chinga te espera —dijo Miki y ¡Pas! otro madrazo. Con los golpes, la bata se le subió un poco y dejo al descubierto ese pubis dorado que él tanto había gozado. Sonrió y esa sonrisa de Miki le dio la clave a Sandra, que todavía intentaba librarse, de lo que le esperaba.
A Miki le dieron ganas de cogérsela y se afano en ello. Al principio Sandra opuso resistencia, luego fingió ceder pero cuando finalmente lo tuvo encima de ella, la muy perra intentó arañarle la cara por lo que Miki le dio otro par de bofetadas. Aprovechando el instante en el que ella se llevo las manos al rostro, con la rodilla izquierda le abrió rápida y violentamente las piernas y ¡Ñacas!, clavó el lóntico de un certero golpe. No hubo caricias preliminares ni lubricantes, pura penetración bruta y salvaje. El desgarrador grito de Sandra ("¡¡Noooo!!") fue inmediato y eso excitó mogollón a Miki, que le dio más marcha al asunto sin parar en los maltratos e insultos. "Don't you like my fuckin' dick" repitió furioso dos veces; luego, mordisqueo sus pezones y le paso lascivo la lengua por la cara mientras empujaba y empujaba su cuerpo contra el suyo. Aquella maniobra dio buen resultado, su eyaculación fue potente y dolorosa como hacia años que no tenía una igual.
—Ahora si acabe todo, cabrona —dijo todavía jadeando con una mueca en los labios que parecía dibujar una sonrisa de satisfacción.
Apenas eran las siete a.m. cuando llegue al downtown, too early para caer en la oficina. Decidí ir a comer algo, para mi sorpresa encontré en una de las mesas del restaurante a Miki, con una pinta fatal, discutiendo con el gerente por el pésimo servicio de una mesera. Al momento de sentarme por el sonido ambiental se escuchó el "Young Americans" de Bowie; los dos nos miramos y al mismo tiempo exclamamos: ”¡La canción favorita de Sandra!”.
Fue entonces cuando me contó todo mientras desayunábamos huevos rancheros con café negro.
--------------------
Revisión 2004: Mi cuento kicks all yuppies. Kind of. Real y patético. Una dosis de hipocresía social, falso confort y, ehem, ansiolíticos. Paper magazine y revista Pimienta. Metropolitan homes. Nostalgia empaquetada en cd. Sushi and rough sex. Una violación descrita con el lenguaje de diccionario y comics. Slogans de hip hop y misoginia ad hoc. La violencia doméstica como plática de sobremesa. ¿Realismo sucio meets existencialismo yuppie? Pues eso.
Miki, super amigo mío, es asesor bancario con apantalladores trajes Armani y Sandra, la dumb wife que siempre huele a Poison. Viven en un depa del sector clase A+ de la city, no tienen hijos ni mascotas y sus fiestas resultan siempre un enfado: bebidas y botanas raras, pláticas light y lo más cutre del rock of the 80's. Salvo sus trips anuales a Europa, llevaban una vida neo yuppie so boring que para nada me hacían envidiarlos; desafortunadamente arribo ese día en el que la comedia del matrimonio feliz llegó a su fin, y a la pobre pendeja de Sandra, je je, no le fue nada bien.
“Así son todas las viejas”, le estoy diciendo a Miki al momento de ponerle azúcar al café. “En ocasiones hay que demostrar quien manda en la casa y bueno, Sandra es una....”. No pude continuar, él me interrumpe con un sonriente "Sí, ya sé, una puta cerda".
Miki, ebrio del party anterior, se levantó de la cama dirigiéndose al baño por lo que no escuchó cuando Sandra dijo aquel "Ahora sí se acabó, cabrón". Empezó la descarga de insultos que subían de tono conforme él se reía e intentaba calmarla diciéndole: "Toma Prozac, honey". Contó hasta cien e hizó su mejor esfuerzo por no tomarla en serio pero la puta se aferró en montar una pelea.
Reclamos babosos sobre si en el party coqueteó con la novia de Paul, que si el asunto de la cancelación de la tarjeta de crédito, que si ya no podría ir a comer con sus amigas a ese bistro en San Diego que tanto le gustaba, que si ya estaba harta del disco de Modern English que ponía Miki al levantarse y etc. Ante la indiferencia de Miki, una Sandra desbocada gritó como último recurso un "¡Chinga tu puta madre, hijodelachingada!".
Al escuchar esto último, el rostro de Miki se encendió del coraje. “Tengo que darle un escarmiento”, pensó en silencio. ¿Qué será bueno? Ella estaba de espaldas, vestida únicamente con una bata azul, buscando sabe Dios que cosa en el clóset y maldiciendo el día en que se conocieron.
Lo que terminó por encabronar a Miki fue ver en el suelo su preciada chamarra Matsuda de 900 dólares, regalo de pá y má. Fue directo hacia allá, tropezando inesperadamente con una ridícula coffe table que Sandra había comprado en una tienda de antigüedades. El ruido alerto a Sandra que, al voltear, vio tal odio asesino en la mirada de Miki que corrió como despavorida por la recámara intentando ganar la carrera hacia la puerta.
—¡No te atrevas a pegarme, pendejo pues...! —gritó ella, como para darse valor, pero no le sirvió de nada. ¡Zas! Miki le asestó el primer golpe en el estómago y ella se doblo del dolor, el le tiró una patada y de las greñas la aventó a la cama.
—Que no te pegue, ya verás que chinga te espera —dijo Miki y ¡Pas! otro madrazo. Con los golpes, la bata se le subió un poco y dejo al descubierto ese pubis dorado que él tanto había gozado. Sonrió y esa sonrisa de Miki le dio la clave a Sandra, que todavía intentaba librarse, de lo que le esperaba.
A Miki le dieron ganas de cogérsela y se afano en ello. Al principio Sandra opuso resistencia, luego fingió ceder pero cuando finalmente lo tuvo encima de ella, la muy perra intentó arañarle la cara por lo que Miki le dio otro par de bofetadas. Aprovechando el instante en el que ella se llevo las manos al rostro, con la rodilla izquierda le abrió rápida y violentamente las piernas y ¡Ñacas!, clavó el lóntico de un certero golpe. No hubo caricias preliminares ni lubricantes, pura penetración bruta y salvaje. El desgarrador grito de Sandra ("¡¡Noooo!!") fue inmediato y eso excitó mogollón a Miki, que le dio más marcha al asunto sin parar en los maltratos e insultos. "Don't you like my fuckin' dick" repitió furioso dos veces; luego, mordisqueo sus pezones y le paso lascivo la lengua por la cara mientras empujaba y empujaba su cuerpo contra el suyo. Aquella maniobra dio buen resultado, su eyaculación fue potente y dolorosa como hacia años que no tenía una igual.
—Ahora si acabe todo, cabrona —dijo todavía jadeando con una mueca en los labios que parecía dibujar una sonrisa de satisfacción.
Apenas eran las siete a.m. cuando llegue al downtown, too early para caer en la oficina. Decidí ir a comer algo, para mi sorpresa encontré en una de las mesas del restaurante a Miki, con una pinta fatal, discutiendo con el gerente por el pésimo servicio de una mesera. Al momento de sentarme por el sonido ambiental se escuchó el "Young Americans" de Bowie; los dos nos miramos y al mismo tiempo exclamamos: ”¡La canción favorita de Sandra!”.
Fue entonces cuando me contó todo mientras desayunábamos huevos rancheros con café negro.
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Revisión 2004: Mi cuento kicks all yuppies. Kind of. Real y patético. Una dosis de hipocresía social, falso confort y, ehem, ansiolíticos. Paper magazine y revista Pimienta. Metropolitan homes. Nostalgia empaquetada en cd. Sushi and rough sex. Una violación descrita con el lenguaje de diccionario y comics. Slogans de hip hop y misoginia ad hoc. La violencia doméstica como plática de sobremesa. ¿Realismo sucio meets existencialismo yuppie? Pues eso.
viernes, 4 de junio de 2004
14. VOMITO EN EL FREEWAY
Estuvimos bebiendo en el bar local de costumbre. Una doble tanda de picheles de cerveza en la hora feliz. A eso de las 9 p.m., decidimos ir a un dance club en San Diego y volamos para allá; al momento de cruzar la línea fronteriza, la Oficial de Inmigración -una pinche texana racista- nos preguntó: ”¿Qué viene azer a mi país?” Un poco ebrio Paul le contestó: "Vamos a bailar".
Obvio, nos mandó a revisión secundaria, la muy puta se paseaba de un lado a otro sin hacernos caso. Ahí perdimos una media hora, hasta que llegó otra oficial que se portó buena onda y sin revisar el auto nos dejó ir.
—Uta!, ya me hacía en la County Jail, traigo a Bob Marley en la bolsa —dice Sara, la más pacheca de todos. ¿Quién viene esta noche? Adelante van Sara y Paul, Norma y yo —Robert— disfrutamos momentáneamente del backseat.
Enfilamos hacia la licorería más cercana, compramos una botella de vino barato –Zinfandell, of course- para cada uno y nos lo vamos tomando en el trayecto. Yes, we drink & drive, so fucking what? En el parking lot Sara y Paul se fuman el joint, Norma termina el contenido de su botella y, muy nerviosa, se baja del carro. Yo la sigo, cuando la alcanzó le digo, "Don't worry bitch, nothing will happen. We're near the police station" y suelto una carcajada. La convenzo y los dos volvemos al carro.
Minutos después, como diablos, entramos a la discoteca pagando five bucks. Vamos directo a la barra a comprar cervezas Corona a uno cincuenta de dólar. “¿Por qué la cerveza mexicana es más barata en Estados Unidos?” me pregunto en voz alta y el barman, un pocho fisiculturista, que intenta ligar con Paul, lanza un insinuante "No lo sé, cariño". Después de pagar le pregunto a Sara por qué les gusta venir a esta disco de faggots y ella trata inútilmente de hilvanar algunas frases pero sólo alcanza a decir: "Es que la música está bien chingona". Lo que sea de cada quien, la música es cool y bueno, ninguno de nosotros es homofóbico.
En el video wall, un loop de Agnetha y Frida —de Abba— las muestra sexytantes y en plan seductoras. La pista está llena a tope, DJ Quark trabajando al personal con sus mezclas importadas e intercalando una secuencia groovy que rebota en nuestro "californian dream". Sara y Paul bailan un rato el house progresivo y Norma insiste en que hagamos lo mismo; yo prefiero beber mi cerveza con calma y contemplar la diversidad de tribus que se dieron cita esta noche.
Más tarde, arrastro a Norma a dar una vuelta social por el club y nos besamos entre rejas y escaleras. "I want to pee", la escucho decir y, bueno, caminamos hacia el bathroom.
Entro con ella al baño de mujeres. Unisex, casi. Una enorme fila de chicas y chicos. Ahora sé por qué se tardan tanto, solamente hay dos toilets. En la espera, Norma charla con una gringa sobre maquillaje y minutos después, un travesti chino de peluca tipo Heidi anarajada y unas gigantescas plataformas se mete a la plática, dándoles unos cuantos good tips. Yo estoy escuchando a los tres sentado en el lavamanos; luego, un poco aburrido por la espera, me entretengo contando a la gente que hay en el baño. Doce. El destello luminoso del flash me toma por sorpresa, another pic for that snobish club magazine. Chin, cómo siempre, sé que voy a salir comiendo moscas entre tanto glamour.
—¿Robert, Robert? No hay papel —murmura discreta Norma tras la puerta.
—Oh sí, ya te traigo —le digo—, iré a ver si hay en el baño de hombres.
Ahí, un black kid me ofrece tripis a four bucks each; saco un billete de 10 y le pido dos; iba a darme el cambio pero le dije: "Oki-doki, bro". Sonriente, me pone los sellos y una tableta en la mano. "Happy, you know, it's groovy". Vuelvo a lo de Norma, hace lo suyo. Sale, le doy un sello, me echo a la boca el otro y la pastilla. Veinte minutos después, Sara y Paul nos encuentran flipados sobre un sillón.
—¡Hey! Funkie junkies, vénganse a bailar —nos dicen los muy cínicos. Cuando me levanto estoy moviendo mi cuerpo al ritmo de los Chemical Brothers. Giros scadelly, saltos y abrazos, sonrisas hiperdélicas. No podemos dejar de bailar: la música es el tirón que controla nuestras emociones. Energía house, speed, viento, gotas de sudor, heaven, cantos a Brian Eno. Somos un par más robotizado en el dance-floor y, a los veintitantos años, estamos en el centro de la utopía, y la vida, we try to believe, nos sonríe.
En el borde de la pista, una pareja de maricones con superacné en el rostro y atuendo sadomasoquista enseñan, sin rubor alguno, su asqueroso culo. Norma los ve y se empieza a reír, "¡Mira que aguados tienen los scharros, what a fuckin' celulitis!" Paul la alcanza a escuchar y le advierte: "Cállate xochila, que éstos sí nos madrean". Norma, pachequísima, no para de reír cuando me dice: "¿Qué crees? He descubierto, you fucking loser, que también mi vida es una porquería".
—¿De qué se ríe tu amiga? —nos pregunta irritada una drunkie pendenciera que nos amenaza con una botella de cerveza.
—She's stoned, forget it —contesto, sin tomarla muy en serio. Volteo y le digo a Paul: “¿Oye, cuál es tu cereal favorito? El mío es Trix, you know, just for cool kids. Please, pídeme un kamikaze”.
Later, estoy totalmente aturdido, el mix fue algo explosivo. En suma, la tensión causa en mi organismo un efecto como el de rewind en una VCR. No sé lo que hago o digo, hay algo que se me escapa y que no alcanzo a coordinar. Las arterias del cerebro botan, puedo sentir su movimiento cada vez más rápido.
Es un stop y siga por un camino hacia abajo, sin frenos.
“Do you need some activator? Dou you need some activator?” pregunta una y otra vez el estribillo del remix que pone el DJ en turno. Do you need some activator? Yo sé que esto no es una salida pero por el momento es lo único que tengo a mi alcance y ahora entiendo porque hay tantos anuncios brillantes detrás de esta basura.
Puedo ver como estoy cayendo.
Me recuesto sobre una bola de felpa setentera; desde ahí, miro el vaivén de la gente. Unas lipstick lesbians intercambian saliva, se abrazan apasionadamente y van a parar a la felpa setentera; la más delgada recarga su espalda en mis piernas y yo, estoy tan aturdido como para decir algo. Al levantarme, tiro sin querer una botella de cerveza; el CRASH que hace al estrellarse en el piso consigue sacarme de quicio; es el sonido de mil martillos, un clavo en el cerebro y un mendigo delfín marchando en múltiple desfile.
The trip it's over.
Agua fría, espasmos y mi rostro en el espejo. El baño es de un blanco impresionante y me pierdo en su no-color. Tan claro y tan puro. Los gritos de un pasado me devuelven a la realidad. "God, help me". Ya no hay agua fría y alguien borró mi sonrisa del espejo. Cara pálida, nariz sangrante. “¿Mala calidad?” pregunto y Dios decide bajar en la persona de un guardia de seguridad. Antes de que me interrogue, me escabulló y salgo del baño entre ohs y ahs de unos pachecos felices.
Otra vez, la luz violeta juega bruscamente con mis sentidos justo al tiempo en que casi toda mi vida está yéndose al carajo. En el video-wall me doy cuenta que los ojos de Agnetha nunca fueron tan bellos y que, por más que desee lo contrario, todo acaba en el fracaso.
Las horas son minutos. Dos a.m. y estamos fuera. Subo al carro, Paul insiste en manejar. Norma pelea con Sara y yo, para olvidarme de todo, estoy pensando en cómo hacerme rico lo más rápido posible. Apagan el radio, sólo se escucha el llanto de Norma. I can't deal with this shit, anymore.
–¡Paren, paren! –creo que grito.
Lo hacen, abro rápidamente la puerta del auto, me apoyo en ella y por vez primera, vomito en el freeway.
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Revisión 2004: Está no es la versión original que aparece en el libro. Nunca supé donde quedo el archivo. Ni modo, hace años transcribí e hice algunas correciones. Hay otra versión impresa del texto crudo, más hardcore y con los nombres reales de los protagonistas (pero, sniff sniff, tampoco sé donde se encuentra. Tendré que buscar un día de estos entre tanto archivo muerto).
Me gusta mucho este texto pero nunca he quedado conforme con algunas frases que intererrumpen un poco el flujo deseado de lectura (que siempre imagino entre frenético y aletargado). Es, como dicen, a work in progress. ¿Es un relato biográfico? Yes or not. Es una pregunta recurrente. Mmm, es un 80% tan verdadero como puede ser la memoria so wasted.
Recuerdos de aquellos tripis a los after hours sandieguinos, a los bares de noches house entresemana, de beber vino barato antes de iniciar la fiesta, de la paranoia minus B en la línea, del consumo inmoderado de sustancias no legales, los baños unisex, los videowalls, the sound from that era, los clubs kids, de las peleas al final de la noche justo frente a la Central de Policía. ¿Referencias? Un bonche, je je. A pelis juveniles (S.F.W.? , alguien se acuerda?), a los prejuicios del so called contingente in de TJ, a los comerciales de Corona, a la revista URB, a la cultura pop fronteriza setentera.
Por cierto, en este relato aparece el título del libro que me hace recordar como decía emocionarse Andy Warhol al escuchar, en el transcurso de la peli, el título de la misma. Olvidaba decir que «xochila» era un término peyorativo para decir que no tenías ni puta idea de que estabas hablando o haciendo. Texto leído un 18 de agosto de 1995 en la mesa de cultura popular denominada: Literatura Joven de México de los 90´s (donde leyeron Marco A. Samaniego, Regina Swain, Guillermo Fadanelli, Fran Illich y un servidor).
Obvio, nos mandó a revisión secundaria, la muy puta se paseaba de un lado a otro sin hacernos caso. Ahí perdimos una media hora, hasta que llegó otra oficial que se portó buena onda y sin revisar el auto nos dejó ir.
—Uta!, ya me hacía en la County Jail, traigo a Bob Marley en la bolsa —dice Sara, la más pacheca de todos. ¿Quién viene esta noche? Adelante van Sara y Paul, Norma y yo —Robert— disfrutamos momentáneamente del backseat.
Enfilamos hacia la licorería más cercana, compramos una botella de vino barato –Zinfandell, of course- para cada uno y nos lo vamos tomando en el trayecto. Yes, we drink & drive, so fucking what? En el parking lot Sara y Paul se fuman el joint, Norma termina el contenido de su botella y, muy nerviosa, se baja del carro. Yo la sigo, cuando la alcanzó le digo, "Don't worry bitch, nothing will happen. We're near the police station" y suelto una carcajada. La convenzo y los dos volvemos al carro.
Minutos después, como diablos, entramos a la discoteca pagando five bucks. Vamos directo a la barra a comprar cervezas Corona a uno cincuenta de dólar. “¿Por qué la cerveza mexicana es más barata en Estados Unidos?” me pregunto en voz alta y el barman, un pocho fisiculturista, que intenta ligar con Paul, lanza un insinuante "No lo sé, cariño". Después de pagar le pregunto a Sara por qué les gusta venir a esta disco de faggots y ella trata inútilmente de hilvanar algunas frases pero sólo alcanza a decir: "Es que la música está bien chingona". Lo que sea de cada quien, la música es cool y bueno, ninguno de nosotros es homofóbico.
En el video wall, un loop de Agnetha y Frida —de Abba— las muestra sexytantes y en plan seductoras. La pista está llena a tope, DJ Quark trabajando al personal con sus mezclas importadas e intercalando una secuencia groovy que rebota en nuestro "californian dream". Sara y Paul bailan un rato el house progresivo y Norma insiste en que hagamos lo mismo; yo prefiero beber mi cerveza con calma y contemplar la diversidad de tribus que se dieron cita esta noche.
Más tarde, arrastro a Norma a dar una vuelta social por el club y nos besamos entre rejas y escaleras. "I want to pee", la escucho decir y, bueno, caminamos hacia el bathroom.
Entro con ella al baño de mujeres. Unisex, casi. Una enorme fila de chicas y chicos. Ahora sé por qué se tardan tanto, solamente hay dos toilets. En la espera, Norma charla con una gringa sobre maquillaje y minutos después, un travesti chino de peluca tipo Heidi anarajada y unas gigantescas plataformas se mete a la plática, dándoles unos cuantos good tips. Yo estoy escuchando a los tres sentado en el lavamanos; luego, un poco aburrido por la espera, me entretengo contando a la gente que hay en el baño. Doce. El destello luminoso del flash me toma por sorpresa, another pic for that snobish club magazine. Chin, cómo siempre, sé que voy a salir comiendo moscas entre tanto glamour.
—¿Robert, Robert? No hay papel —murmura discreta Norma tras la puerta.
—Oh sí, ya te traigo —le digo—, iré a ver si hay en el baño de hombres.
Ahí, un black kid me ofrece tripis a four bucks each; saco un billete de 10 y le pido dos; iba a darme el cambio pero le dije: "Oki-doki, bro". Sonriente, me pone los sellos y una tableta en la mano. "Happy, you know, it's groovy". Vuelvo a lo de Norma, hace lo suyo. Sale, le doy un sello, me echo a la boca el otro y la pastilla. Veinte minutos después, Sara y Paul nos encuentran flipados sobre un sillón.
—¡Hey! Funkie junkies, vénganse a bailar —nos dicen los muy cínicos. Cuando me levanto estoy moviendo mi cuerpo al ritmo de los Chemical Brothers. Giros scadelly, saltos y abrazos, sonrisas hiperdélicas. No podemos dejar de bailar: la música es el tirón que controla nuestras emociones. Energía house, speed, viento, gotas de sudor, heaven, cantos a Brian Eno. Somos un par más robotizado en el dance-floor y, a los veintitantos años, estamos en el centro de la utopía, y la vida, we try to believe, nos sonríe.
En el borde de la pista, una pareja de maricones con superacné en el rostro y atuendo sadomasoquista enseñan, sin rubor alguno, su asqueroso culo. Norma los ve y se empieza a reír, "¡Mira que aguados tienen los scharros, what a fuckin' celulitis!" Paul la alcanza a escuchar y le advierte: "Cállate xochila, que éstos sí nos madrean". Norma, pachequísima, no para de reír cuando me dice: "¿Qué crees? He descubierto, you fucking loser, que también mi vida es una porquería".
—¿De qué se ríe tu amiga? —nos pregunta irritada una drunkie pendenciera que nos amenaza con una botella de cerveza.
—She's stoned, forget it —contesto, sin tomarla muy en serio. Volteo y le digo a Paul: “¿Oye, cuál es tu cereal favorito? El mío es Trix, you know, just for cool kids. Please, pídeme un kamikaze”.
Later, estoy totalmente aturdido, el mix fue algo explosivo. En suma, la tensión causa en mi organismo un efecto como el de rewind en una VCR. No sé lo que hago o digo, hay algo que se me escapa y que no alcanzo a coordinar. Las arterias del cerebro botan, puedo sentir su movimiento cada vez más rápido.
Es un stop y siga por un camino hacia abajo, sin frenos.
“Do you need some activator? Dou you need some activator?” pregunta una y otra vez el estribillo del remix que pone el DJ en turno. Do you need some activator? Yo sé que esto no es una salida pero por el momento es lo único que tengo a mi alcance y ahora entiendo porque hay tantos anuncios brillantes detrás de esta basura.
Puedo ver como estoy cayendo.
Me recuesto sobre una bola de felpa setentera; desde ahí, miro el vaivén de la gente. Unas lipstick lesbians intercambian saliva, se abrazan apasionadamente y van a parar a la felpa setentera; la más delgada recarga su espalda en mis piernas y yo, estoy tan aturdido como para decir algo. Al levantarme, tiro sin querer una botella de cerveza; el CRASH que hace al estrellarse en el piso consigue sacarme de quicio; es el sonido de mil martillos, un clavo en el cerebro y un mendigo delfín marchando en múltiple desfile.
The trip it's over.
Agua fría, espasmos y mi rostro en el espejo. El baño es de un blanco impresionante y me pierdo en su no-color. Tan claro y tan puro. Los gritos de un pasado me devuelven a la realidad. "God, help me". Ya no hay agua fría y alguien borró mi sonrisa del espejo. Cara pálida, nariz sangrante. “¿Mala calidad?” pregunto y Dios decide bajar en la persona de un guardia de seguridad. Antes de que me interrogue, me escabulló y salgo del baño entre ohs y ahs de unos pachecos felices.
Otra vez, la luz violeta juega bruscamente con mis sentidos justo al tiempo en que casi toda mi vida está yéndose al carajo. En el video-wall me doy cuenta que los ojos de Agnetha nunca fueron tan bellos y que, por más que desee lo contrario, todo acaba en el fracaso.
Las horas son minutos. Dos a.m. y estamos fuera. Subo al carro, Paul insiste en manejar. Norma pelea con Sara y yo, para olvidarme de todo, estoy pensando en cómo hacerme rico lo más rápido posible. Apagan el radio, sólo se escucha el llanto de Norma. I can't deal with this shit, anymore.
–¡Paren, paren! –creo que grito.
Lo hacen, abro rápidamente la puerta del auto, me apoyo en ella y por vez primera, vomito en el freeway.
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Revisión 2004: Está no es la versión original que aparece en el libro. Nunca supé donde quedo el archivo. Ni modo, hace años transcribí e hice algunas correciones. Hay otra versión impresa del texto crudo, más hardcore y con los nombres reales de los protagonistas (pero, sniff sniff, tampoco sé donde se encuentra. Tendré que buscar un día de estos entre tanto archivo muerto).
Me gusta mucho este texto pero nunca he quedado conforme con algunas frases que intererrumpen un poco el flujo deseado de lectura (que siempre imagino entre frenético y aletargado). Es, como dicen, a work in progress. ¿Es un relato biográfico? Yes or not. Es una pregunta recurrente. Mmm, es un 80% tan verdadero como puede ser la memoria so wasted.
Recuerdos de aquellos tripis a los after hours sandieguinos, a los bares de noches house entresemana, de beber vino barato antes de iniciar la fiesta, de la paranoia minus B en la línea, del consumo inmoderado de sustancias no legales, los baños unisex, los videowalls, the sound from that era, los clubs kids, de las peleas al final de la noche justo frente a la Central de Policía. ¿Referencias? Un bonche, je je. A pelis juveniles (S.F.W.? , alguien se acuerda?), a los prejuicios del so called contingente in de TJ, a los comerciales de Corona, a la revista URB, a la cultura pop fronteriza setentera.
Por cierto, en este relato aparece el título del libro que me hace recordar como decía emocionarse Andy Warhol al escuchar, en el transcurso de la peli, el título de la misma. Olvidaba decir que «xochila» era un término peyorativo para decir que no tenías ni puta idea de que estabas hablando o haciendo. Texto leído un 18 de agosto de 1995 en la mesa de cultura popular denominada: Literatura Joven de México de los 90´s (donde leyeron Marco A. Samaniego, Regina Swain, Guillermo Fadanelli, Fran Illich y un servidor).
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