jueves, 21 de agosto de 2008
MORRISSEY CIERRA LOS OJOS
En tiempo real, recuerda el temblor y lo inusual del trayecto, el quedarse solo después de hacerle el amor a una multitud que imagina que no hay nadie en el mundo como él. Una taza de té, algo tan inglés, sobre la mesilla del último hotel intenta, sin conseguirlo, describir una escena habitual
Hay un faltante de carácter emocional en este estado de situación. Sí, lo sabe: la contabilidad nunca ha sido su fuerte; ahora mismo, sufre al darse cuenta que hay cosas que desconoce y que pervierten la sensación de ser “así”.
Otra gala más, el furor de las primeras filas, la adolescentricidad como imperativo social y su postura de viejoven atractivo y seductor carcomida; hay menos I love you que antaño, más peleas y comentarios maliciosos que intentan penetrar la piel de cocodrilo de un actor en fuga. La fiesta de hoy se convierte en un eslabón perdido entre los hooligans pendencieros y las poses sudorosas imperceptibles en aquellas películas de los 50s que veía en la televisión. Su vida como eterno re-run, un strip-tease emocional que ya, en estos tiempos cínicos, da igual. Él sabe que la sinceridad actual es como el estribillo de una canción pop: un distractor que emociona y confunde.
Confirma que sigue siendo un héroe para exiliados del mainstream, algo que ayuda a romper la anestesia y el control, la punta de lanza para lo que vino detrás. Sí, algo ha cambiado en estos años, el futuro le dio la razón (a medias). Algo preocupado, Morrisey mira a su alrededor, todo lujo y, sin embargo, sigue sintiendo la misma miseria imantada por quemar. Su tan alabada y reconocida ambigüedad intenta sacarlo de quicio. Años marcados por la diferencia entre el traje de diseñador japonés que ahora cuelga en el closet y aquel cardigan roído que llevaba sobre los tejanos deslavados. Un detalle peculiar: permanecen las gladiolas como souvenir de otra época, tan festiva como lejana, entre el destello del fan tradicional y la falsa tranquilidad que viene después de una risa fingida y el enojo por citas mal referenciadas. Apariencias.
No puede respirar, sale al balcón. Esta ciudad, cualquier ciudad, es hermosa vista desde arriba. Es tan difícil sobrevivir la distancia y el gusto refinado que lo trastoca todo. Lo merece, piensa. Ha pasado por tantas cosas: escuelas sin creatividad y una infancia sin más amigos que los libros; tiempos de arrebatos y obsesiones de adolescente tardío; las tardes sabatinas elaborando chart semanales alternativos a los reales y los paseos con chicas raras que lo único que poseían eran weirdreams para compartir; la habilidad de escribir a puntillas una suerte de manual de auto-ayuda que no respeta las leyes no escritas en los suburbios. La debilidad es, para otros, la fortaleza del espíritu.
Si pudiera salir, si quisiera salir. Si tuviera un poco de voluntad ahora que tiene una tarjeta bancaria con el crédito suficiente para pagar la borrachera a todo un contingente de chicos y chicas que asisten a sus conciertos. Pero, por alguna razón que no conviene escarbar, queda la misma patología, el asco social, el temor de que descubran aquello que marca la diferencia y volver a escuchar las burlas y los cotilleos de giallo magazine. A destiempo, las oportunidades caen y revientan.
Intelectualizar cualquier situación, a veces, está de más.
Entra al enorme baño, se desnuda poco a poco. Necesita algo más que agua caliente para mitigar el cansancio, para desconectarse de todo. De reojo, se ve en el espejo. Se detiene un poco en ello. Esto es lo que hay. Desnudo y sin antorchas que defender, reflexiona en el enorme daño que hicieron los Ochenta. La fugacidad de la amistad, el golpe bajo de una traición, el tipo de escarnio público que mermó la auto-estima de Wilde, eso que resquebraja cualquier posibilidad futura de reunión. Entre la inquietante promesa de aquel “Marry me” y el “Fake” resentido hay mucho camino recorrido.
Lo que había se quemó por ambos lados y por en medio. En estos tiempos-crucifijo, el dinero no importa nada y “nunca” se convierte en algo más que una palabra que se dice en un momento de ofuscación, cuando se convierte más en una señal de que uno ya ha perdido ese loving feeling.
Justo antes de meterse a la tina, Morrisey piensa en su barrio, en aquellas noches cuando apagaba las luces antes de que los gatos bailaran el twist habitual y sus maullidos partieran de tajo una tranquilidad de clase obrera; recuerda la mañana colegial siguiente y el double decker bus en pendiente elevada, su vida de chico pobre, opacado y mira-zapatos; su posterior refugio en el envío de cartas-reclamo a los music weeklies y un fanatismo exacerbado por las muñecas de Nueva York. Piensa en por qué nunca escribió un tema como “Holding hands & fall in love again.
Cansado, Morrissey cierra los ojos e intenta soñar con un millón de posibilidades.
domingo, 13 de julio de 2008
Twitter relato
–SEE YOU LATER–
Hay algo que se transforma en decisiones de corto alcance, desmañanado, sin mañas ni dueño. Eso que soltamos sin perder el toque. Sweet emoción. Lo que sigue es evitar esa falsedad que nos obliga a hablar de ciertas cosas en esas reuniones que todo mundo olvida en cuanto las abandona. La espiral de melodramas y citas de buen cuño de las que nadie (re)conoce el origen. Así, medio drunkies, sentimos el spotlight sobre nuestras conciencias.
Decir esto y no aquello, el brindar y no aclarar aquellos pequeños disgustos, el juego hipodérmico de nuestros pecados ligeros. El driblar de experto por confines de la memoria: El chico cobarde de las gafas de pasta; la chica de las bromas gordas. Y ése? el marica que terminó feliz con el mejor puesto en el gobierno.
Las risas acostumbradas, la palmada hipócrita en la espalda, el murmullo sin cuidado que merecen los ausentes. Otro brindis, algunas fotos, muchas poses. Dar un paseíto por la fiesta. Escuchar de aventuras en horas peligrosas, triunfos de cirquero finisecular y derrotas mal explicadas. Muchas diatribas, cotilleo y carrilla.
Náusea. El sentimiento de fuga puesto en primera. Presa de una generación que se come a sí misma. Con la vista fija puesta en la gran puerta. Sin entender el porqué estamos aquí. Tú y yo, juntos, de nuevo. Algo tenemos que hacer, algo tiene que pasar (un referendo, la síntesis, una pelea final).
Ambos, perdidos y desinfectados por la ocasión, terminamos juntos en una pista inexistente. Nuestro baile repasa en cinco minutos toda esa historia a la que nunca pudimos darle un buen final. Los demás desaparecen al instante. Ninguno de los dos le hace justicia a nuestra canción favorita. Ya cansados y un poco hastiados pasamos de todo.
Estamos solos en la zona de desesperados.
Esto está a punto de convertirse en otra cosa. Agonizamos. El vino derramado, los traumas a la vista de todos, la difícil cercanía; lo que nunca nos unió ahora nos separa aún más. Crecer duele, dicen. Sin embargo, superar situaciones así es tan fácil (si uno se aplica, afirman).
Recuerdo tantas cosas: mis planes de verano, los emails sin contestar, la muerte que nos sacudió en aquellos años, el exilio por ese gesto considerado, en ese entonces, tan poco sensible y contrario a lo políticamente incorrecto. Con una ligera sonrisa popsike, sin despedirme de nadie, camino rápidamente hacia la salida. Tú no te decides (again).
C-U later, friends.
domingo, 6 de julio de 2008
twitter relato
Chicos automáticos recorren la ciudad. El ruido los pone a cien. Bailan en las aceras con sus tenis Lemon Vocoder. Ríen eufóricos en Adelt!
Caminan en grupos de cinco o seis. No bajan la mirada cuando los policías se acercan. Vuelven a reír. Su autoestima es una caja de sorpresas.
Sobre la avenida principal, su lugar preferido. Coast to Coast, el mejor juke-box de la city. No necesitan beber, no necesitan nada. Bailan.
Alzan los brazos, hacen el ´Unit´y el ´Microwave´ (pasos aprendidos en la fuga a L.A.) Las chicas FAC se mueve más. Un deleite espídico, sí.
Un crew extraño e inquieto mueve la fiesta. La cabina del DJ está justo en el centro. Atrás, la pequeña barra y sus broches. Relaxin´ night.
El DJ suelta ´Erde 80´ y el Coast to Coast estalla. En China esto causaría grandes problemas, pero aquí es sólo motivo de euforia y sudores.
Con la pista descentralizada desde el siglo pasado, el no-lugar es lo habitual para el baile de hoy. Los chicos automáticos en pleno colocón.
La música es líquida; las emociones, algo que dejo de ser religioso; la neo-noche, un refugio o un artilugio a consumir en miles micro-ritmos. La única posibilidad es bailar como estrategia.
No hay ligue, no es necesario. Con sus tarjetas asignadas, el amor ya no es revolucionario.
Sin embargo, el sonido del metal urbano los desquicia, borra bits de información, violando esa seguridad tan protegida en bleeps de contacto.
Sí, los chicos automáticos se han convertido en un problema social. Lo verá aquí, después de nuestros compromisos comerciales. No le cambie.
jueves, 5 de junio de 2008
del quinto aniversario de Laberinto
LA NOCHE SOY
I.
Articulamos la noche como una fiesta a partir de algo tan sencillo como nuestras ganas de salir, la representación del juego de atracciones opuestas y la mera resistencia a finalizar el día con algo tan conservador como el sueño. A veces buscamos significado a ese devenir gozoso que nos sitúa en las coordenadas de la evasión y la euforia (la fiesta nocturna como resistencia, como primer asomo de actitudes y posturas que más tarde llegarán al mainstream, como un ejercicio ético de sensibilización que conlleva el cuestionamiento de la estructura social y sus dinámicas permisivas/restrictivas). Otras, simplemente nos dejamos llevar por el frenesí o la presión que hacen de este asunto algo tangencial en la vida contemporánea (sí, ese mal entendido “quitar el freno” nihilista que tanto les preocupa a los nuevos puritanos).
En la noche brillamos (casi) todos. No hay dioses, sino caóticas relaciones casi familiares que nos revelan lo incestuoso de su origen. Interactuamos bajo normas no establecidas, seguimos ciertas jerarquías y políticas de la convivencia no siempre (pre)visibles, participamos sin ser, a veces, sujetos activos. Nos enredamos en ella y tratamos de sobrevivir con el menor daño posible. La noche es, entonces, un peligro.
Sin embargo, la noche también es posibilidad (otra vez, las matemáticas no mienten). Dónde algunos sólo ven displicencia y la oferta tentadora del neón de los anuncios luminosos o el embate de los paraísos artificiales, otros vemos algo más que un ejercicio etnográfico o material para escribir esa crónica que nadie leerá. La noche nos llama y, como aquel feligrés de antaño, acudimos sabiendo de antemano que en ella no hay sermones, ni saludos forzados en la mitad de un ritual ya rebasado, ni siquiera el feliz alivio de marcharse con la bendición en el rostro. Transfiguración poética.
II.
Aún en este momento de homogenización disimulada como opciones a la carta para complacer el imperativo individualista o ante la irrupción de la violencia e impunidad y el miedo infundido por los mass-media, elaboramos nuestra vida más allá de los 10 kms mencionados en la última encuesta leída. Tan sólo por eso, salir sigue siendo una experiencia única. La noche abre sus piernas y penetramos en ella. Suave y directo como una estrella porno experimental, haciendo rodeos mientras somos empujados por nuestros instintos más básicos, poniendo pretextos de lo cansado que estamos y de que hoy no tenemos ganas. La noche nos seduce y (casi) siempre caemos ante sus encantos.
¿Por qué vivirla a tope? ¿Por qué dejarse llevar, entrar en su espiral, perderse en ella? La rutina, el trabajo y las fricciones familiares son la excusa perfecta pero no es la nuestra. La noche es, lo subrayamos, algo más que un alegre festejo o una salida de emergencia, el scratch societal que funciona como el panegírico para nuestro estado de bienestar en estos años tan violentos. Sí, la diferencia es sólo la lealtad que no mira al espejo de la incertidumbre.
III.
Nuestra noche puede iniciar ahora mismo o dentro de 23 minutos. No importa, todo llega sin prisa, sin reparos. ¿Un trago que se bebe a solas, el revuelo por entrar a los clubes con pretensiones híper modernas, el cara a cara pendenciero en una atestada cantina del centro histórico de todos y cada uno de nuestros pueblos? Lo que importa es empezar, lo que sigue es el teje-teje de nuestra historia cotidiana.
Soy un corredor de fondo. He visto caer a verdaderos ídolos y figuras de la noche, he atestiguado como el fulgor y la miseria de la city se mezclan en un momento en el que todo concepto de diferencia y distinción, en apariencia, se difumina. Con nosotros, Bourdieu fracasó irremediablemente.
Me gustan lo expansivo y confuso de algunas noches, esas en las que no sabe si uno está malsoñando o vive sin darse cuenta el trip de su vida. Me entusiasman los sitios imposibles de clasificar, la revocación momentánea de los desniveles sociales, las charlas intelectuales atípicas, el desfile de fashion victims que nunca se enteran que esto no es NYC o Mocorito, la gente con cierto retardo feliz o el paseo inmoral que asusta tanto a turistas como a los de casa.
Si el enemigo potencial es el aburrimiento, ante eso soy uno más que gira en la noche y es consumido por el fuego (Debord dixit).
IV.
En mi club ideal, Rodney Bingenheimer & Juan de Pablos ponen la música. Hay buten amigos y chicas delirantes con olor a vodka y licor de mandarina, una terraza con sillones-diván para ver las estrellas, la tecnología disponible para actualizar al momento nuestra red social favorita (estar interconectado es una necesidad, soy parte de una generación que sabe que la fiesta está en cualquier parte y que ésta se mueve.)
Ahí encuentro la fiebre yiyiyi que contaminó la obra de La Lupe, veo en directo las heridas emocionales del Cristo que todos cargamos, pruebo la nueva sensación que capturará nuestro interés los próximos tres meses; bailo crunk desaforado, establezco la conexión con líneas de euforia legales, intento seguir disfrutando la misma libertad que siento al recorrer las calles a las 3 am.
A pesar de la calidez de los estímulos percibidos, sigo atento a la realidad que me rodea: un chasquido prepotente, el sonido de la naifa acercándose peligrosamente al rostro, las voces que celebran un cumpleaños o el aumento conseguido, el pum pum que indica una inevitable pelea. Sé, de antemano, que cuando escriba de ello, todo se mirará mejor: la nostalgia es un arma que embellece nuestros recuerdos.
V.
Si me divierto más es porque vivo/viajo por la noche sin miedo y sin tener una ruta predeterminada (el azar es mi amigo), porque tengo una mejor banda sonora (en mi mente), porque la gente que conozco es interesante (en todos los sentidos). Si otros buscan la noche por su oscuridad y presunta decadencia, prefiero el lado radiante y vitalista como respuesta afirmativa de vida. Mi noche se disloca como aquel verso de Pizarnik. Sí, la noche soy.
domingo, 20 de enero de 2008
nuevo relato
Nunca antes había tenido una mascota. Sí, lo reconozco: soy demasiado egoísta para ello. A través de los años de irresistible euforia y depresiones profundas apenas he podido aprender a cuidar de mí mismo y a tratar de ser lo más independiente posible. La opción de tener que batallar con alguien más, de alimentarlo y de preocuparme por levantar sus heces no era, digamos, algo que tuviera contemplado. Por otra parte, esa gente que habla de sus mascotas como si fueran sus hijos, que le pone nombre de persona y que insiste en vestirlos como si fueran muñecos con pelo, carne y huesos siempre me ha parecido algo frívola y hasta cierto punto estúpida.
Sin embargo, hay cosas intangibles y algo irracionales que se apoderan de nosotros. Xiufree es una de ellas. La primera vez que lo vi fue en un catálogo de animalitos raros. Pase por la galería virtual como quien recibe una aplicación y decide probar, no tanto por el deseo de adquirir la última novedad sino por matar el tiempo una madrugada cualquiera.
Ahí fue cuando percibí que Xiufree era un sobreviviente del ecocidio cada día más evidente, a brown sushi tecno lecoon, un migrante de la economía post global y el desasosiego que acompaña a la gente que dejó atrás la primera juventud y que encuentra refugio entre las nuevas redes sociales. Alguien como yo.
No fue difícil caer bajo su encantadora figura rolliza, su imaginario andar a tropezones, su sonrisa desafiante y contemporánea, su aire cute y algo japonés. Lo incorporé de inmediato a mi vida on-line como mi fluffy pet. Las ventajas: No tengo que preocuparme si Xiufree arruinará o no mis muebles comprados en Ikea, ni por levantarme temprano ante sonidos de pequeñas molestias o miedos inoportunos; tampoco por sorprenderme a mí mismo tomándole fotos por todos los rincones de la casa y enseñarlas, entre apenado y orgulloso, en la próxima reunión de egresados.
Xiufree ama el bosque y los free gifts que anuncian en las revistas, me confiesa con un leve sonrojo su filia por las teen-angst movies y el german electro pop mientras predice la inminente caída del imperio americano y el orden mundial tal y como lo conocemos. Xiufree se ha convertido en la sombra de mi identidad. O, al menos, eso pienso mientras actualizo su profile.
¿Los detalles? Xiufree sueña con comida gourmet, aunque también le encantan las zanahorias, la madera, el queso francés y la leche con pequeños trozos de fresas. Cuando intuye que estoy aburrido, baila pogo como punkie en días de fiesta y cerveza para que, al ver lo ridículo de su propuesta, sonría otra vez. Sus lugares favoritos son un club en Los Ángeles que cambia de programación cada semana, el puente que cruza la bahía de San Francisco, las calles de la colonia Roma en el DF, la mesa del rincón en el Dandy del Sur. Xiufree es feliz en el hábitat que le regaló Nororu y ahí prepara, en secreto, una tesis acerca de la obra prosística de Alejandra Pizarnik que discutirá posteriormente a través de los foros dedicados a ello.
Al verlo, en la pantalla, comprendo cada día más el placer de sentarnos juntos a criticar y tratar de entender los aspectos más trascendentales de la geopolítica que nos obsesiona, de la pasión compartida por fotografiar cualquier nimiedad y nuestra preocupación por la narco-impunidad que inhibe nuestro libre fluir por la city. En momentos como esos, le doy como premio una galleta mordisqueada o un par de cerezas.
Hace unos días decidí que quiero mandar a imprimir una t-shirt con la imagen de Xiufree. ¿Qué me he vuelto cursi? Dejemos que eso lo decida el personal más trendy en el próximo afterhours.
Xiufree is so cool.
viernes, 7 de diciembre de 2007
relatos: «aquello»
Cuando Burgalat despertó, ni siquiera se inmutó por la presencia absurda de una banda sueca de death metal en su recámara. El ruido es la venganza más dulce, había escuchado decir a alguien. Por eso, nadaba con cierta delicia de jugador primerizo en lo absoluto cuando todo era, a vista de los demás, multifactorial.Situaciones así le perseguían desde hace tres meses. Poco a poco se fue acostumbrando a los miasmas de exclusión dorada a la hora del desayuno, a las genialidades que salían del grifo cuando tomaba la ducha que siempre se tornaba en baño exprés para huir de esos consejos en esperanto. Por fin, ese día creyó haber ganado.
Hace tres meses Burgalat era un sujeto normal. Triste, algo aburrido, con un mal empleo que no daría -he knows it- una pensión para vivir decorosamente en su vejez (quizá por esa preocupación se hizo presente «aquello» que devino en todo lo que enfrentaría a diario); buen compañero, dirían poco tiempo después sus compañeros al saber de su desaparición antes de volver a lo suyo y perderse en reducidos cubículos provistos con la luz suficiente que aconsejaba el manual de operaciones; mal amante, exteriorizó con sorna una ex, resentida por el cambio repentino. Una zorra, había escrito Burgalat en su bitácora, ¨que nunca entendió esa incomodidad que trae el vivir junto con alguien se conoció en la sala de espera de un dentista¨.
Burgalat decidió postularse a un ascenso. Eso fue antes de que llegaran las cajas sorpresas de conductas ligeras. Nunca tuvo presente el descaro que se escondía en los entresijos de esos cubículos, la musicalidad tan contagiosa de unos saludos cordiales al punto de las 5pm, el farfulleo de un político Au revoir.
Reunió unas cuantas recomendaciones, pequeñas firmas que escondían influencias verdaderas, organizó una presentación en uno de esos paquetes informáticos de última generación, elaboró un plan de ataque que resumía en 5 puntos su propuesta. Todo era factible.
La presencia absurda de una banda sueca de death metal lo despertó justo en ese momento. Tocaron un par de minutos sin inmutarse. Ese día, cuando más seguro se sentía, se dió cuenta que lo único que podría esperar era su descomposición.
sábado, 20 de octubre de 2007
twitter microtxts
R10.
En el despacho todo parece normal. La gente trabaja en el proyecto a presentar el próximo mes. La presión es mínima. Extraño, no? 02:50 PM October 19, 2007
R9.
Chin. Si, aquí está. No, vengo bien. Un par de cervezas. Si? No... Aquí vivo, adelantito. Me quede sin lana. Nada, deveritas. Gracias. ... 02:47 AM October 19, 2007
R8.
Sus amigos se retiraron poco a poco. Uno tras otro. A veces les manda cajas sorpresas que explotan cuando las abren. Es tan sentimental. 12:09 AM October 17, 2007
R7.
Annie dice que falta algo en su bolsa. La chica del servicio se pone nerviosa mientras desvía la mirada hacia la puerta. Alguien toca. 12:26 AM October 15, 2007
R6.
En la city. Zoom, una pareja discute. Left paneo, un auto se detiene. No se dan cuenta. Voz en off anuncia un disparo. Han caído los 2. 06:59 PM October 14, 2007
R5.
¿A quién viste anoche? A Rosetta? De veras? ¿Y qué tal? ¿A poco la besaste? Oh, qué bien. ¿Y luego? Ja ja ja. Eres de lo peor, my friend ... 11:50 AM October 12, 2007
R4.
Salir de paso. Entregar algo que cumpla de alguna forma lo esperado. Oprimir la tecla SEND y sentir un poco de alivio. Nimiedades, Mr D. 01:35 PM October 11, 2007
R3.
Vive angustiado. Ni dinero ni amor ni nada. El trabajo, el mal humor y esa sensación de fracaso lo hacen trizas. Su única salida: baila. ... 01:02 AM October 10, 2007
R2.
Shelly se quita el abrigo. Afuera llueve y se alegra de estar en casa. Favio prepara la cena, se esmera en ello. Mmm, huele a felicidad 01:01 AM October 09, 2007
R1.
Rodney pone un single de Moz. En NYC, Karen sueña con alguien que morirá sin despedirse de ella. Uno más en la city. End of the song. 02:31 AM October 08, 2007
Estos microtxts aparecieron originalmente en mi twitter.
Any comments? Aquí mismo.
miércoles, 30 de mayo de 2007
JUST CAME BACK
En un instante determinado, aquello fue cercano a la transfiguración. Un torrente: lo wi fi, la inercia fiestera de las It Girls, el freno católico al progreso de la clase media, la fatalidad implícita en el underground, los asuntos no resueltos que obligaron a Kakfa a escribirle una carta a su padre, la crítica recurrente a una malograda política internacional, el ecocidio del que ya hablaba Rius en los sixties, el pragmatismo del análisis psico-histórico, una declaración de principios de corte ambivalente, los haircuts imposibles que reciclan lo mejor y lo peor de los 80, las prebendas heredadas de los años de dictadura perfecta, la falta de buen sexo sin amarres ni lástima, eso que explica la soledad sin palabras, una lista de sit-coms televisivas, las personas que nunca se abren, las perversas intenciones de un duopolio omnipresente, la envidia de hombres diminutos y el daño que le hacen a su sistema digestivo. Cosas así de vitales que discutiría en mi bar favorito una vez resuelto este pequeño impasse.
Ahí estaba yo, sedado como paciente a punto de operación, con una presencia determinada por el tiempo de otros. Sin embargo, algo en mí me obligaba a darme cuenta que había perdido el sentido de orientación, un poco de sangre, eso que llaman pomposamente «libertad». Estaba tan fuera de mi zona de confort que aun, vaya cosa, mi habitual calentura se apago en un tris. Es penoso ver como se desintegra la personalidad de alguien y que su dispersión se torna irremediable. Por eso, el no ver/sentir la tragedia propia es legítimo, algo que se agradecía. Ya no pertenecía a mi tiempo, estaba inmerso en esa extraña sensación de lejanía (de todo: el ruido, los sentidos, un ideal de tercera mano, el esfuerzo fantasmático y sus lazos familiares, las cadenas de e-mails, la brisa matinal, las campañas en pro de la honestidad,). Algo así era tan triste como la dialéctica aplicada a cuestiones baladíes que lo único que aplica es continuar y dar el tipo. La ceguera emocional evitaba que observara de frente la crueldad en su presentación más (in)humana.
Ante ese estado de indefensión, mi autismo actuaba como práctico salvavidas. Lidiar conmigo era too much hasta para la gente acostumbrada a hacer lo que se tiene que hacer. Con el riesgo de ser enteipado y abandonado en cualquier sitio o incrementar esa estadística sangrienta de cabezas cercenadas que incita al miedo ciudadano recordaba, cosas de la narrativa, como se fraguó el desenlace de una historia particular entretejida por el devenir nacional y la lucha de contrarios (ese eco marxista que no termina por diluirse). La posibilidad de terminar siendo el encabezado principal o una nota perdida en las páginas interiores se reducía a una cuestión de humor de aquellos que, al quebrantar de golpe toda disposición de convivencia social, trabajaban bajo un esquema de superioridad impuesta. No más lamentos, tiempo de escapar.
Yo, sin saberlo, quería desligarme de un vacío del que todos hablan, de la anomia como paradoja del mercado de valores, de una discusión apática ante lo estúpido e innecesario del espectáculo, del déficit que se intenta cubrir con una póliza de embute y fantasía, de la enorme capa de abstencionismo que sacudía un sistema que se devoraba a sí mismo. Esto, pensaba mientras corría, ha sido un fragmento de una (mala) película que, tras acabarse, sería una foot note en una historia de alcance mayor. Por eso ante la pregunta recurrente de “¿en dónde te habías metido, Higelin?”, contesto con un simple “Por ahí, ya regresé a la vida social.”
“Damn yeah!, I just came back”, agrego con mi usual desenfado y sigo de frente pensando en el ahora. El tiempo sigue siendo tan nuestro como esos minutos en los que deseamos no ser uno más en la lista de los amparos por consignar, las horas muertas en que desconocemos a donde nos dirigimos, esos tres días en los que nuestra voluntad estuvo a la deriva como en el último partido que jugamos en las canchas del Y.M.C.A. local, aquel frustrado weekend con una chica llamada La'porshe cuya risa corporal nos rejuvenecía sin motivo, el largo verano del que hablan decenas de canciones o la libertad tras un secuestro que nunca se notifico.
lunes, 30 de abril de 2007
Big In Japan
Él murmulla un "Apaga la luz, que el tiempo va de prisa", mientras se aproxima a la cama. Kinietta vuelve a sonreír al pensar que aquello fue casi una línea de esa balada ochentera omnipresente en todas y cada una de las recopilaciones musicales que hace su hermana mayor. Cierto, no tiene el tiempo del mundo para soñar en una habitación sin sorpresas, con la decoración típica de los noventa tardíos, llena de detalles neutros y colores pálidos que reflejan un lujo difícil de aspirar, tanto que casi le dan ganas de llorar pero, mejor opción, se tira a la cama.
Una débil luz roja se enciende. Él siempre ha sostenido ante quien quiera escucharlo que el sexo es acrobacia, un continuo empujar, subir y bajar; tan fácil y peligroso como el transitar por una avenida sin semáforos, llena de cámaras ocultas capaces de registrar cualquier acción ilícita; una demostración de fe y sapiencia que resiste cualquier debate ideológico. Ahí están los dos, frente a frente. Él se muestra inquieto por un récord maltrecho e intuye que es necesario pasar rápido la etapa de hugs & kisses al abandono de los instintos porque sabe el efecto de media pastilla no dura tanto y no quiere que se frustre la posibilidad de contar esa anécdota de wild sex a los amigos en la borrachera del próximo weekend.
Kinietta se deja llevar con el furor propio de sus BF´s en temporada de rebajas. Se relaja pensando, cosas de la fantasía, en licuados chinos; en aquel guitarrista de toque primitivo de los Pantano Boas; en que «esto» podría ser un segmento de "This american life", su radio show favorito; en la empatía sugerida por la profesora de Mercadotecnia que nunca usa gota alguna de maquillaje; en una felicitud que le viene, vaya bendición divina, a borbotones. Él piensa en el marido engañado y esboza una pequeña sonrisa al decir de modo casi imperceptible: "Mr Dutronc, me estoy cogiendo a tu esposa en un puto hotel de cuatro estrellas, ¿qué te parece eso, cabrón?". Lo que sea es suficiente como giro dramático para reforzar la historia cuando los protagonistas no son tan carismáticos.
Sin embargo, los amantes no están solos. Si Kinietta y él se quedaran callados podrían escuchar algunas risas vecinas, el crujir de la madera, suspiros de mujer. Las paredes son tan delgadas que nulifican cualquier sensación de intimidad. Todo en el ambiente deviene en movimientos rápidos y nerviosos, en sentir el vértigo y esquivar el remordimiento. Una fuerza viva, rota, que se atora en cualquier sitio para no saltar por la ventana. Algo tan familiar y convencional como la realidad de una pareja de extraños que no dan la talla y se atascan en las puertas del metro ante la mediocridad de lo cotidiano.
Él se miente a sí mismo. Kinietta no es la señora Dutronc, tan sólo una distracción momentánea para turistas y agentes de ventas en reacomodo organizacional. Mientras se coge a Kinietta, recuerda las noches eternas en las que el cuerpo le reclama alguien a su lado. Su obsesión por Jesu Dutronc –un joven político en alza y antiguo amante- no conoce límite. Su siconalista dice que debe dejar de pensar en él, que es un ciclo que ya debería cerrar, algo del pasado que le hace daño en este momento, que trate de recuperar el placer y asumir su nueva posición como ejecutivo junior en una franquicia de gran proyección internacional. Vuelve a lo suyo, reconoce que Kinietta es algo delirante para llevarse a casa, un filetito prime choice que se goza mejor a destajo, una chica negra para comerse hasta decir adiós y huir, un mete-saca de consuelo que para muchos otros sería como pegarle al premio mayor.
Concentradísima en su faena de doscientos dólares la noche, Kinietta se mueve con destreza callejera, se coloca justo al borde y al driblar, gruñe y suda como una idiota a la que el verano ha alcanzado con diez libras arriba de su peso ideal. Con sus grandes pechos, le hace una rusa perfecta; luego, Kinietta realiza el acto de la sirena con tal delicadeza que le haría ganar el título de reina absoluta en cualquier concurso que se precie y muestra diligente su profundidad más calamar ante un público minoritario. Una vez más, a pesar de los desniveles técnicos y los vaivenes metafísicos, Kinietta y él lo logran: estallan al unísono.
El último acercamiento es casi clínico y eso hace acabar al señor Yoshikawa. Tras unos segundos en los que casi se le va el aliento, aprieta la cabeza de su pequeño miembro mientras lo menea de izquierda a derecha para extraer la última gota de semen. Ya recuperado, toma el control remoto y apaga el DVD, apurado entra a ducharse. Llegar tarde al trabajo, lo sabe, nunca será una opción.
lunes, 13 de noviembre de 2006
aeim
Soy la paranoia de que la verdad exista y no sea nuestra; el que siempre reprime a todos los demás, aquel que no cuestiona nada, el ídolo del momento que canta about nothing in particular; la happy face en la camiseta de un hippie gordo; la histeria, los hornos crematorios, la ironía punk de Belsen was a gas, el olvido.
Soy el último emperador chino, Atahualpa Yupanqui, Nestor el cyborg; el bully que te perseguía en la escuela, una porrista con el trasero de acero que resume todos tus wet dreams; el policía que sostiene la señal de Stop justo al filo del vacío; un judío que quiere ser negro; el que mató a Buda cuando lo encontró en su camino.Soy un re-run que ves por tercera ocasión, una tarde de Ticket to ride, el lugar reservado que nunca se ocupa, a long Manchester overcoat, a sweet and tender hooligan, la universidad de autonomía vencida por la oferta de un banco, un ejercicio de estilo que no se decide a estirar la pata, el remanente de una relación que se desdibujo una madrugada, algo que nunca paso la etapa platónica, un plagiador en ciernes, a blind date from hell, la ira de Maradona, ese talk show que sigue y sigue y sigue, la escolástica que acompaña a la tristeza.
Soy la felicitud, una casa abierta, un espíritu ad-free, la oferta de hoy, el sonido del farfisa, la línea de jueces que no tiene ni puta idea de que es lo que ocurre aquí, la última canción que se escuchó en The Hacienda, la noche en que Franco murió, la devaluación del 82, el grito de Lager! Lager! Lager! el rostro precioso, algo que nunca tendrás, el protagonista de tus pesadillas, una voz en off que cuenta la historia oficial, el bello verano, a walking Hallelujah, un disidente que bebe champagne a deshoras, lo más casposo, una situación urgente que no atienden los partidos políticos.
Soy la anarquía, el libro de Gramsci que nunca entendiste pero que citas a cada rato para explicar el rollo de la hegemonía cultural; un ejecutivo de cuenta, alguien que se roba el servicio de Cable, un circuito cerrado que graba todas tus acciones; Osama Bin Laden, el exiliado que todo mundo hace «fuchi fuchi», el que dice I hate all the dikes & fags mientras sostiene una pancarta que dice ¨Ban the marriage"; el que te hace daño, el que habla por teléfono para ver si caes en una extorsión originada en el miedo; uno de los cortados en la lista de prioridades de un país al punto del meltdown.
Soy Joey Ramone, mantis religiosa del punk; el fascismo dulce y la izquierda trasnochada que ha vuelto ha estar en boga, un par de novios que se besan mientras piensan en otra persona; un creyente, la prudencia, la buena onda, un Raúl Velasco cualquiera impulsando la energía del universo; el murmullo de la city, un dictador sudaca que persigue el ideal bolivariano mientras se enfunda en un traje de diseñador; un junkie con las venas abiertas; the bad cop & the good cop; the minutemen, el último kiliwa, la cucaracha que sobrevivirá la explosión nuclear.
Soy alguien que te salvará de todo problema, el placebo, la panacea. Una raya de cristal, un aumento de sueldo, el golpe de suerte en la lotería nacional; un sujeto que pasa desapercibido en el bar de las caras tristes, una g-string diva que no escucha tu maldita opinión; el libre albedrío que puede hacer distinto lo que vemos por televisión.Soy la verdad esquiva, el más terrible de los huracanes, el terapeuta que ya dejo atrás el nihilismo; 1968, 1987, 1976, los 5 segundos antes de que explote el «cóctel molotov»; la sífilis de Nietzsche, Elvis dispuesto a vencer a la báscula, Russ Meyer haciendo casting de doble pechuga, Ray Loriga en una entrevista; el vómito del que perdió la pelea, , un conector casual e intermitente, el arrebato de rareza finisicular, un video de Coil, los beats de DFA, el estado de sitio a nuestra conciencia.
Soy un hipócrita, las declaraciones del obispo, el mesianismo de un político que lucra con la esperanza, el que no puede esperar más para denunciar un abuso sufrido años atrás; un hardcore kid, una caja de ritmos, el grito silente de las mujeres mutiladas, el testigo presencial de nuestra derrota.
Soy un producto más en el catálogo de Ikea, el árbitro en el partido, la chica buenona en el diario de la tarde, el "Sieg Heil Hitler" que te cabrea; una página en Vogue, la conciencia de Julio Scherer, los discos de Sonic Youth, la modernidad, los cojones de Deleuze, un incompetente gurú; el new negro que nunca dice «mande», la madre patria, una piñata escarlata, el ecstasy de Holanda, la caída de Oxidente, la gran tragicomedia humana.
Soy Bukowski rascándose los sobacos, la sonrisa de una curadora, el mash up de la historia; la desidia y la afasia típica de los críticos seniles; un mensaje SMS que no vale la pena leer, el que roba nicknames en Internet, un poeta de nivel intermedio, algo tan japonés; lo que sigue, la pandrogenia que se aproxima, un crucigrama para recién casados, el héroe de Mocorito, un billboard que dice ¨SOS Queremos seguridad".
Soy una fiesta de XV años para una chica embarazada por un familiar cercano, un actor que es bueno para fingir acentos, cincuenta opciones en el mercado, someone looking for the number one spot, una batucada que celebra la nada; un promosexual que juega a ganar, el llanto coreografiado de actriz televisiva, el que reta al peligro, un ente que piensa distinto, el que sólo hace las cosas cuando van por buen camino; un homeless empujando un carrito en Sunset Blvd, alguien que ha perdido la cabeza por esa cosa llamada amor, una dosis de Prozac antes de ir a trabajar; un shakedown, el trastabilleo, ese trip pacheco que recordarás por siempre; a small talk, un cuento de sicarios, the revolting stuff; el serial killer que de niño salió en la tapa de un cereal, una falla en el sistema, el que olvida las llaves en un afterhours, el hijo ilegitimo de Jesuscristo, la puta ostia.
Soy un outcast, el que juega bonito, un tatuado en la fila del paro, una pelea de perros; El Mañana después de la granada, el que trajo un arma a la escuela secundaria, , alguien que baila y resiste, the reckless youth; el desasociego adolescente, un epígono de la clase trabajadora, el rock angular; un concepto por probar, el jubileo de algo pomposo y aburrido, un regimen que artícula el cambio en concertacesiones; el hombre que cae de la Torre 2, a german joke, el ama de llaves de la decencia clasemediaera, el último expulsado en el reality show llamado LIFE.
Soy Homero Simpson rascándose el trasero, el futuro de la cocina gourmet, un chilletas; la rubia tonta en las películas de los años 50, el letrero de neón que Barry Gifford compró en Tijuana; el pronóstico de lluvia y apagones, la categoría «super freak», la fuerza armada; un grupo de voluntarios americanos haciendo labor social lejos de casa, un ex drogadicto que ofrece lollipops en los cruceros, the final score.
Soy un archipiélago de fiestas, un mito generacional, el grito de Oi Oi Oi; una campaña de publicidad, uno de los desaparecidos en la Guerra Sucia, un arma de destrucción masiva; an ageing pop star, the breaks, el primero que hizo pogo; la silla eléctrica, una iniciativa de ley, un panfleto, un parche de Crass; un ringtone que llega al tope de los charts, una argumentación repetitiva, la canción del verano.
Soy las voces que escuchas en tu mente, la noción de velocidad según Virilio, una guía azarosa, la teoría del caos, un dolor más o menos musical; Terry persiguiendo a Candy Candy, una manifestación a favor de Pinochet (y otra más numerosa, en contra); el trasero de una adicta al funk carioca, la falsa ceguera de Borges, todos los ísmos que enlista la encliclopedia Británica; una etiqueta, un logotipo, el que saqueo al país, un heredero de la crisis de valores que proclama el mismo grupo de fundamentalistas, alguien tan normal que da risa.
Soy lo que sea, lo que se me antoje hoy, mañana, el próximo weekend.
Todo menos la imagen que ves reflejada ante tu espejo.